DOMINGA.– Si llegas a un Costco un domingo cualquiera, no te debe sorprender que se apodere de ti una sensación extraña: siempre hace falta comprar algo más. Eso me pasó el otro fin de semana, cuando llegué a la sucursal que está entre Irrigación y Polanco, con la única intención de tomar notas. Como no agarré uno de esos carros del supermercado en los que cabe un buey, como no tenía apetito de un pollo o ganas de llevarme un paquete de trescientos rollos de papel de baño –o un bloque de mantequilla del tamaño de un ladrillo–, me sentí un poco fuera de lugar: como entrar a un casino y no apostar una sola ficha o como ir a misa y no tomar la comunión.
Bienvenido a la catedral del consumo. Un empleado de la tienda arrastra una hilera de carros de supermercado mientras decenas de personas se arremolinan a su alrededor para arrebatar una de esas canastas gigantes con ruedas; las llenarán de cosas en este templo de techos altísimos, luces blancas y pallets como altares. Amén.
A la entrada, una señorita escanea tu credencial. No sé si esto sea muy conocido, pero el punto es que el principal negocio de Costco no es vender mercancías sino membresías. Éstas no sólo son una de las mayores fuentes de ingreso del negocio, sino que además te dan la sensación de pertenecer a un club exclusivo con acceso a precios increíbles, de cosas que se venden al por mayor. Mi credencial la sacó Gabriel, el encargado de organizar ese tipo de cosas. Un problema para nosotros es que no tenemos familia, así que las veces que hemos venido, tenemos que dejar pasar los bloques de queso como aerolitos, y pensar dos veces antes de comprar ese champú, que lo más seguro es que durará hasta el invierno de 2030.
Hablando de precios: A unos pasos de la entrada, está la joyería, que despliega un anillo de zafiro y diamantes de cerca de cuarenta mil pesos. Pienso que si tuviera que comprar un anillo de compromiso vendría aquí, aunque luego tendría que disfrazarlo con una caja de El Palacio de Hierro. Pero bueno, como hay anillos, hay refrigeradores como roperos, aspiradoras robot, drones y cajas de herramientas de casi trescientas piezas para atornillar, clavar, esmerilar y cortar, que conjuran cualquier desastre doméstico.
Junto a mí hay una familia que pondera las ventajas de comprar ese colchón. Por allá hay otros que analizan un artefacto de calor para alaciar el pelo. Me llama la atención que Costco sea también un lugar donde se puede comprobar la teoría de que las parejas terminan pareciéndose, en parte, porque se visten igual: están los que vienen de hacer deporte, con sus shorts, tenis y cachucha, o los que visten con su facha dominguera, de jeans, tenis y camisas floreadas, o los que van o vienen de misa, con sus ropas más formales. Eso sí, todos están un poco electrizados por la experiencia de haber venido a comprar la despensa de la semana.
Los mexicanos pensamos que vivimos en un país pobre, pero en realidad es un país desigual. Este sector urbano de clase media y alta tiene poder adquisitivo y gasta mucho. México es uno de los mercados más importantes de la cadena.
Esta es la primera entrega de “El Día del Señor”, una serie de relatos quincenales para DOMINGA que rinden homenaje a la escritora Elena Poniatowska y al artista Alberto Beltrán. Trabajaron juntos en los años cincuenta en un proyecto decididamente costumbrista: una crónica que salía en el suplemento dominical del Novedades.
La señora del Costco en TikTok
Para tomar el pulso de la pasión que sentimos por este supermercado no hay más que checar la cuenta de Instagram @lasenoradelcostco, con dos millones de seguidores. Nació durante la pandemia, cuando su creadora comenzó a compartir recomendaciones y hallazgos de Costco. Lo que parecía un pasatiempo se convirtió en un fenómeno cultural porque entendió que no es sólo una tienda, sino una experiencia.
Sus videos mezclan humor doméstico, consejos de consumo y recorridos por los pasillos. La autora mantiene parcialmente anónima su identidad, reforzando el personaje. En una publicación reciente anuncia la llegada a la tienda de unos aritos de piña con chamoy y chile que resultan francamente irresistibles.
Otros de los fascinantes fenómenos virales de Costco son sus galletas y pasteles de la marca Kirkland, creada por la propia tienda. Su tamaño exagerado, apariencia “americana” y precio relativamente bajo los volvieron omnipresentes en cumpleaños, oficinas y reuniones familiares. Con TikTok e Instagram, el fenómeno explotó: videos de usuarios mostrando cheese cakes gigantes, galletas de chispas de chocolate o el famoso pastel de tres leches acumulan millones de vistas. El fenómeno explotó aún más cuando comenzaron a aparecer revendedores que compran decenas de pasteles y cajas de galletas para venderlos por rebanada en puestos de la calle, cafeterías, escuelas, oficinas o aplicaciones de entrega. En TikTok circulan videos de personas llenando carritos enteros con postres mientras otros clientes los acusan de acaparar mercancía. La tensión escala particularmente durante temporadas como Día de Reyes, Navidad o San Valentín, cuando ciertos productos se agotan rápidamente.
Este domingo que visito el Costco los pollos rostizados se han acabado: la gente se acerca al mostrador para darse cuenta de la falta y se da la vuelta medio enojada. Entre la gente fresa de la ciudad circula el rumor de que la champaña de Kirkland es Moët y el whisky es en realidad un Macallan. Esas botellas tienden a desaparecer rápido. Alguien me dio en una comida una trucha salmonada de Costco que estaba deliciosa. Pero ese día también se había agotado.
Paseo sin rumbo por las montañas de ropa, los costales de papas fritas, los refrigeradores llenos de galones de leche y los anaqueles de detergentes y limpiadores de vidrios que son como para dejar reluciente un edificio de Reforma. Hay una hilera de unos veinte, veinticinco carritos formados para pagar en cada caja. Gabriel, que en todo se fija, me hace ver un rincón que le llama de los “arrepentimientos”; productos que la gente saca del carrito para que no se los cobren: los llamados centros de dona; una caja de galletas abierta y saqueada, unas almohadas.
Una pizza del Costco a buen precio
En el muro detrás de las cajas hay un cuadro con las fotos de los empleados del mes: Costco tiene fama de ofrecer unas condiciones de trabajo relativamente buenas en su categoría, pero no me puedo imaginar la tensión de trabajar allí un domingo, con esas filas interminables, y esos clientes agresivos, esas multitudes comparables a las de un aeropuerto en una temporada de vacaciones.
Esa tarde de mi visita ha estallado la lluvia. Afuera de la tienda, en el centro de la plaza, que también alberga otro supermercado, decenas de personas se forman para pedir un hot dog, una pizza o el llamado chicken bake. La historia corporativa dice que los directivos han defendido que el precio de esta comida se mantenga bajo, como un principio filosófico: demostrar que Costco protege al consumidor. Pero también adquieren el significado de recompensa después del recorrido agotador por la tienda.
Tras una hora empujando un carrito gigantesco entre multitudes dominicales, la pizza o el hot dog aparecen justo como la comida barata y reconfortante que te hacía falta.
Como he dicho, hay cosas que del Costco no son para mí. Ese día estaba a dieta y a pesar de que habría ido feliz por un hot dog y un refresco, mejor me sumerjo entre los cientos de personas que están en el centro de la plaza, subiendo y bajando por unas bandas eléctricas, de camino a un estacionamiento de varios pisos, donde está el coche que te llevará sano, salvo y satisfecho a tu casa.
GSC