En vísperas del silbatazo de arranque del Mundial, existen muchas cosas que ensombrecen la fiesta del futbol. Los precios de los boletos, por ejemplo. El Mundial que alguna vez se promocionó como una gran fiesta popular se ha convertido en un espectáculo cada vez más elitista. La FIFA implementó sistemas de precios variables que han provocado aumentos significativos en muchas localidades. En algunos partidos, las entradas han alcanzado cifras que para una familia promedio resultan inalcanzables.
Tomemos también el papel más bien secundario de México en todo esto: aunque el país se presenta como una de las sedes del torneo, su lugar resulta mucho más modesto de lo que el ruido sugiere. La mayor parte de los partidos, la atención mediática, las inversiones y los beneficios económicos se concentrarán en EU. México tendrá apenas una pequeña fracción de los encuentros y, salvo el partido inaugural en el Estadio Azteca, ocupará una posición secundaria.
También hay razones políticas. Resulta difícil ignorar el papel que Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ha desempeñado en el cortejo político a Donald Trump. Desde que EU se consolidó como la sede principal del Mundial, Infantino ha cultivado una relación particularmente cercana con el mandatario. Ha aparecido junto a Trump en diversos actos públicos, ha elogiado repetidamente su liderazgo y ha evitado confrontar temas potencialmente conflictivos, como las restricciones migratorias o el endurecimiento de los controles fronterizos.
No menos importante para los chilangos es el caos detrás de las obras de remodelación en la infraestructura. La preparación para el Mundial ha significado meses de molestias para miles de usuarios del Metro, por ejemplo. Las obras, especialmente en la Línea 2, han provocado cierres parciales, cambios de acceso, retrasos y trayectos más complicados. Muchos pasajeros se perciben como rehenes de un turismo que quién sabe si va a llegar. La inconformidad aumenta cuando, pese a las intervenciones, continúan apareciendo filtraciones y fugas de agua en estaciones. Resulta paradójico que se privilegie la imagen internacional del Metro mientras persisten problemas básicos de mantenimiento y operación cotidiana.
Y, sin embargo, habrá futbol y la euforia mundialista llegará. Llegará porque el Mundial es una de las pocas experiencias capaces de suspender, aunque sea temporalmente, las divisiones políticas, las frustraciones cotidianas y el escepticismo. Cuando comience el torneo, millones de mexicanos volverán a ponerse la camiseta de la selección nacional y a reunirse frente a una pantalla para compartir la esperanza de que esta vez supere sus límites históricos. La emoción también brotará de una razón más profunda: por primera vez en décadas, el país volverá a sentirse parte del centro de una conversación global.
Las calles se llenarán de gente, los restaurantes y las cantinas transmitirán los partidos y las oficinas se convertirán en improvisadas mesas de análisis futbolero.
Además, el Mundial representa una oportunidad para que México se mire a sí mismo. Más allá de los problemas de organización, la corrupción de la FIFA, los altos precios de los boletos o las molestias provocadas por las obras, el torneo reactiva una poderosa imaginación colectiva. Nos recuerda los Mundiales de 1970 y 1986, considerados entre los más memorables de la historia. En 1970, el país fue testigo de la consagración de la selección brasileña de Pelé, Jairzinho, Tostão y Rivelino, un equipo cuyo futbol brillante y ofensivo sigue siendo considerado por muchos como el mejor que ha existido. En 1986, México volvió a ocupar el centro de la escena mundial gracias a Maradona, quien protagonizó una de las actuaciones individuales más extraordinarias de todos los tiempos y condujo a Argentina al campeonato. Ambos torneos tuvieron como escenario principal el Estadio Azteca, donde dos de los futbolistas más grandes de la historia alcanzaron la gloria. Y esto despierta una cálida memoria para una generación de aficionados y una medalla de orgullo histórico para la siguiente.
Un capítulo que se ha vuelto cada vez más relevante en esta memoria es el Campeonato Mundial Femenil de 1971. Organizado en México antes de que la FIFA reconociera oficialmente este tipo de competencias, el torneo reunió a miles de aficionados en los estadios y demostró que existía un enorme interés por el futbol practicado por mujeres. La final entre México y Dinamarca en el Azteca congregó a más de 100 mil espectadores, cifra extraordinaria para estándares actuales.
Como ocurre cada cuatro años, el futbol volverá a ofrecer una narrativa compartida, una excusa para celebrar con desconocidos y un lenguaje común capaz de unir por unas semanas a personas que rara vez coinciden en algo. Tal vez esa sea la verdadera fuerza del Mundial: que incluso quienes tienen buenas razones para desconfiar del espectáculo terminan sucumbiendo ante el encanto irresistible del juego.