Política

La nueva geografía del miedo

  • Doble P: Periodismo y Política
  • La nueva geografía del miedo
  • Alan Ruíz Galicia

La violencia hoy es arquitectura: el mundo se reordena por la fuerza. Los mapas internacionales y locales están siendo dibujados por actos de poder, no de persuasión y negociación. La eliminación del líder supremo de Irán tras ataques de Estados Unidos e Israel, la captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales estadounidenses y la escalada militar entre Afganistán y Pakistán son recordatorios recientes de esta lógica. En lo macro y en lo micro, de forma simultanea en distintos puntos del planeta, gobiernos, coaliciones militares y actores armados utilizan la fuerza para alterar equilibrios políticos, abrir vacíos de poder o afirmar soberanías. La violencia organiza territorios, redefine jerarquías y produce nuevos órdenes.

Cuando la violencia se vuelve clima, viene la globalización del miedo. El conflicto se escapa de las periferias en que suele contenerse. Ahora comienza a distribuirse incluso en los centros de poder y de privilegio. La violencia nunca estuvo ausente del mundo: durante décadas se concentró en regiones y poblaciones que cargaron con su peso mientras otras sociedades podían imaginarse relativamente a salvo. Ese orden era profundamente injusto, pero establecía fronteras implícitas sobre dónde ocurría la guerra, el desplazamiento o el colapso institucional. Hoy esas fronteras se vuelven más porosas: infraestructuras críticas, enclaves diplomáticos, rutas comerciales y espacios urbanos que durante décadas parecían blindados empiezan a entrar también en la lógica de la amenaza. A ello se suman las campañas de desinformación, que amplifican el caos, lo que provoca que la sensación de vulnerabilidad se extienda más allá de los territorios históricamente castigados. La globalización del miedo no es una violencia nueva ni uniforme, sino la expansión de una atmósfera de riesgo que alcanza incluso a quienes antes podían mirarla desde lejos.

La violencia se establece como el modelo de negocio. A escala internacional, Estados utilizan la coerción y la fuerza militar para apropiarse de flujos de riqueza. En México, actores armados se han convertido en intermediarios de facto que cobran derechos sobre la circulación de mercancías y personas. Estos emprendimientos violentos operan como verdaderas compañías de coerción: monetizan la amenaza, administran territorios y cobran peajes sobre la vida económica. Así, la violencia deja de ser un exceso o un estallido ocasional y se convierte en un sistema estable de extracción de recursos económicos, humanos y sexuales de la sociedad.

En contextos de violencia como el de Jalisco, la comunidad es la infraestructura de la resistencia y la única posibilidad de avanzar hacia una paz sin fosas. Esto significa decir no al silencio, no a la rendición resignada, no a romantizar la violencia, no a negarla, no a maquillarla. Es elegir trabajar desde la comunidad, apostar por la investigación, la articulación, la memoria y el diálogo. Puede parecer ingenuo, pero en realidad ocurre lo contrario: estas acciones no reproducen la lógica de fuerza y de muerte que impone el contexto, sino que afirman la vida, el encuentro y la esperanza.

Conviene recordar que el poder y la fuerza no son lo mismo: el poder nace cuando la gente se organiza, acuerda y actúa en común; la fuerza, en cambio, impone sin acuerdo. Mientras la fuerza silencia y somete, el poder surge desde la comunidad, conversa y convence.

Alan Ruiz
Alan Ruiz


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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