No te conozco, pero estoy seguro de algo: si eres como la mayoría, no quieres la Verdad (en mayúsculas) sino que te conformas con tu verdad. Aceptas la verdad que se te ve mejor, como cuando compras una camisa o un pantalón: quieres una verdad cómoda, a tu medida y que haga juego con tus prejuicios. Te gusta la verdad a la carta; es más, la quieres personalizada. Quieres que la verdad esté configurada según tus preferencias, centrada en la experiencia del usuario. Verdad a domicilio, gluten free, instantánea y con garantía de reembolso… sin fricción, sin resistencias, sin riesgos para tu burbuja.
El problema es que las verdades individuales son tantas, que en la era de las redes sociales (que tendrían que acercarnos) nos sentimos más aislados que nunca. De este modo, la única verdad que le queda a la mayoría son ellos mismos, y como Narciso, mueren mirándose en el río infinito de su feed.
No te conozco, pero te tengo noticias: no eres especial para el capitalismo algorítmico. No eres edición limitada, sino respuesta automatizada. Tus frases son marca registrada: me recomiendas que vaya a comer al lugar de moda y me pregunto: ¿no vienes sin anuncios? ¿Tengo que pagar tu versión premium para saber quién eres y qué piensas de verdad? Crees que tu mente tiene otro sistema operativo, pero eres otro más que opera en el mismo sistema: si alguien que se ha vuelto remplazable cree que es irrepetible es solo porque la fábrica de identidades produce excepciones en masa.
Lo cierto es que eres tan diferente como una lata de Coca-Cola con tu nombre. No olvides que el juguete perfecto es el que ignora su condición. Tienes síndrome de Buzz Lightyear: crees que eres único, alguien elegido, que naciste para una misión importante, pero eres una copia más. Te valdría recordar que el personaje de Buzz evoluciona cuando renuncia a ser “especial” y comienza a ser real.
Así que dime: ¿manejas redes sociales o ellas te manejan a ti? Quizá, como tantos, haces pornografía de tu intimidad: te desnudas emocionalmente y cobras con likes. Transformas tu vida en un reality show sin pausa, grabado en un eterno primer plano, en el que te muestras vulnerable…con buena luz, con llanto entrecortado, sin maquillaje: la fragilidad se volvió formato.
Todos nos volvemos actores en este simulacro: lo honesto es ensayado, cada gesto va editado, lo más íntimo explotado y el dolor monetizado. Se practica lo espontáneo para que se publique de acuerdo con lo planeado. La tristeza no parece ser tan mala si permite producir engagement: una herida que genera reacciones puede convertirse en una alcancía. Por eso muchas personas solo se rompen en alta resolución: el guion de su depresión no permite la improvisación. Como el algoritmo ama la exposición, no hay duelo sin validación ni trauma sin narración.
Y de pronto, nada tiene sentido…
Pero el sentido es algo que se siente con los cinco sentidos. Yo lo he sentido tanto, que siento que el sentido siente más conmigo. El sentido de la vida es sentirla: no lo digo en sentido figurado, sino que desfiguro el sentido con sentido del humor, y si camino en sentido contrario es porque soy contrario al sentido que no siente: te siento, luego, existo.