Política

Lotería tapatía (Parte 47)

  • Doble P: Periodismo y Política
  • Lotería tapatía (Parte 47)
  • Alan Ruíz Galicia

¡El Valiente!

Un venado azul. Una bruja. Un hombre roble. Mictlantecuhtli. El Principito. Un gnomo. Un aluxe. Un ratón costurero. Un fauno. Tláloc. Un chamán. Pinocho. Un guardián de la noche. Mayáhuel. Un cuervo. Nosferatu… un desfile de mediadores entre mundos, espejos de emociones complejas, arquetipos. Estoy en el departamento-taller de Ernesto, quien desde hace veinticinco años produce estos muñecos hechos a mano, articulados, sin utilizar moldes.

Ernesto trabaja durante jornadas que comienzan a las seis de la mañana y que pueden concluir hasta la medianoche. En su pared, una estructura de ramas sostiene algunas de sus figuras, que parecen acomodarse en las grietas de la madera. Veo un librero repleto de libros de fantasía ilustrados. Sus repisas tienen botes de pinceles, brochas, pinzas, hilo, tijeras, cutter, pegamentos, pinturas, así como frascos y cajas con materiales. Hay piezas en proceso y algunas ya terminadas. Soy un invitado agradecido en este reino poblado por habitantes extraordinarios, creados por las manos y la imaginación de Ernesto.

Cada sábado, lleva sus figuras a exponer y vender en Paseo Chapultepec. A su puesto se acercan niños, señoras curiosas, gente que pasea sin rumbo, personas que leen el tarot, chamanes, clientes frecuentes en busca de novedades. Eligen un muñeco y Ernesto explica su significado. Cada uno tiene un texto impreso: no solo cuenta quién es el personaje, sino qué representa. Él insiste en que no se trata de magia ni de esoterismo. Si una figura llamó la atención, dice, no es porque el muñeco tenga algo “mágico”, sino que la magia está en la persona que encontró ahí una resonancia.

Ernesto también sugiere dónde colocar la figura, para que, al verla, la persona recuerde su mensaje. A veces el intercambio termina rápido. Otras no. Hay personas que escuchan, conectan y se quedan; otras pasan de largo. Sin embargo, la mayoría se involucra. Ernesto nota de inmediato cuando alguien queda hipnotizado por una de sus obras: compara la elección con sacar una carta de un oráculo y voltearla para ver qué dice. Le ha pasado que alguien escucha la explicación y llora, como si el personaje hubiera puesto en palabras algo que esa persona necesitaba oír.

Ernesto me cuenta que es común que niños le feliciten por su trabajo y que incluso le han regalado dibujos por puro gusto. Sin embargo, su público es bastante diverso: personas de todas las edades lo visitan y le hacen encargos, como crear figuras de sus mascotas, abuelitos o personas cercanas. También le piden figuras asociadas al tarot, como “la emperatriz” o “el mago”. Hay temporadas en que ciertos personajes se buscan más —el venado, el hombre verde—, como si también hubiera ciclos en lo que la gente necesita.

Esta escena —la elección de un muñeco, la explicación, lo que ocurre después— es también el motivo por el que Ernesto decidió no limitarse a exponer su trabajo en galerías. Me cuenta que lo intentó, y que vendía todo. Pero eran espacios cerrados, sin intercambio. En la calle, en cambio, puede ver lo que pasa con cada figura. Puede decir lo que significa. Puede escuchar la reacción de las personas. Prefiere eso. Tiene sus riesgos: le ha pasado que adolescentes que pasan en grupo se ríen de sus muñecos, en el ánimo de divertirse a costa suya. Ernesto está orgulloso de su arte, así que no le importa demasiado. Dice que es el precio de “exponerse” en la vía pública, pero él elige estar ahí porque es donde ocurre la magia del encuentro con otros.

En su taller, Ernesto trabaja sin bocetos. Cada figura empieza con un esqueleto, luego la resina, después la pintura, la ropa. Puede tardar cuatro o cinco días en una sola pieza, aunque trabaja con varias al mismo tiempo. También se documenta constantemente: lee literatura fantástica, revisa mitologías, busca cómo “empatar” cada personaje con una energía. En cada una de sus obras utiliza materiales que muchas veces son irrepetibles. Además de construir sus muñecos, Ernesto también escribe cuentos y compone canciones. Habla de todo su universo creativo como parte de una misma red artística y vital.

Las últimas dos obras de Ernesto llaman mi atención. La primera es Liria, “un brote que crece en silencio, acompañante para nuevos comienzos, para que lo que deseamos encuentre la forma perfecta de nacer”. Su cabeza es el capullo de una flor, símbolo de lo que todavía permanece en la oscuridad, pero que está a punto de desplegarse. El otro es un “guardián de la noche”, una polilla fantástica con una estrella dorada en la frente y un hongo en la mano, que “nos muestra que la oscuridad no es nuestra enemiga, porque al estar en ella aprendemos que es en las sombras cuando más brilla la luz que tenemos dentro”. Ernesto dice que cada una de sus creaciones tiene una historia que conoce bien. Pienso en lo que me dijo: si una figura captura la atención, no es por el muñeco.

Israel López
Israel López

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