Política

Lotería tapatía (Parte 48)

  • Doble P: Periodismo y Política
  • Lotería tapatía (Parte 48)
  • Alan Ruíz Galicia

¡La dama!

Había una vez un reino muy, muy lejano, donde el horizonte es ancho, el chisme mucho, y las campanas de la iglesia suenan como si Dios en persona pasara lista. Se llama Tepatitlán. En ese lugar, cuentan los que saben —y también los que inventan— que nació una niña muy especial. Pero cuando digo especial, no me refiero a que su historia empiece con “érase una vez una princesa”, sino más bien con un “a ver cómo le hago”, sin hada madrina y a puro carácter.

Esta niña corría y corría, y jugaba y jugaba, hasta que lloraba… porque sus rodillas se raspaban. Un singular encantamiento (pie equinovaro) pronosticaron en aquelarre las brujas, que podían ver el futuro con echar un pelo de rana y un diente de gallina en la sopa de su caldero: “¡Esta niña nunca podrá usar tacones, ni caminar frente a grandes señores!”. Como bien saben hasta los que se hacen los que no saben, solo el amor verdadero podría romper un hechizo tan potente. Y el amor verdadero era ella misma, aunque tendría que descubrirlo.  

Pero cuando uno cree que ya entendió, el cuento ya cambió. Porque un genio también le tendió un velo invisible, que hizo que el mundo fuera intenso y sensible; los tonos brillaban, el ruido la rompía, hasta la ropa más suave le dolía. Pero bajaban la luz, y el dolor cedía. Con lentes oscuros, ella no lloraba, porque la luz no le calaba. Si mi cuento aquí se acabara, creerías que esto no importaba, pero esta historia tiene más sorpresas de las que pensabas. 

Hay niñas que, de tanto esperar frente a la puerta del mañana, un día descubren —como quien revela un secreto— que sus manos también pueden abrirla. Así, entró en un mundo de pasos medidos y miradas firmes, donde las mujeres no solo eran vistas, sino también escuchadas. Un escenario donde la belleza es también una herramienta y cada pasarela puede transformarse en un mensaje poderoso. Pero aunque de lejos se veía bonito, ese mundo de líneas rectas y gestos calculados no parecía hecho para quien había tenido que aprender cada paso desde el principio y cuyo corazón le latiera, le latiera… tan fuerte y tan grande, que su cuerpo apenas lo contuviera.

Durante mucho tiempo, aquello fue un acertijo sin respuesta. Hasta que, ya más grande, dio con la clave —no en mapas misteriosos, ni en espejos mágicos, ni en hechizos bien pronunciados— sino en una palabra sencilla: autismo. Y sin cambiar de página, el cuento cambió de sentido: no era que fallara, sino que estaba hecha distinta. Entonces las luces dejaron de ser un castigo sin sentido, el ruido un enemigo y la ropa un campo de batalla. Y donde antes había esfuerzo por encajar, sintió permiso para habitarse desde otro lugar.  

Así decidió en el certamen de Tepatitlán participar. Pero sucede que en los reinos donde todo se sabe, un día eligió una falda distinta, más corta, porque se veía poderosa. Y llegaron las palabras escandalizadas de boca en boca. Pero hubo quien la aplaudió, quien la entendió, quien la admiró: su familia la respaldó, otra parte del reino la defendió, y mucha, mucha gente con ella se identificó.  

Pero como en todas las historias de verdad, había alguien antes de todo lo demás. Ahí estaba su Tito: abuelo, sí, pero también padre de muchos modos. Y un recuerdo que se quedó igualito, como si un hechizo suave lo apartara del olvido: ella niña, en la playa, con un mango cortado en forma de flor por su Tito, con Tajín en la punta. Así se escribe a veces la felicidad: en letras minúsculas, en las cosas chiquitas que la vida apenas murmura. Hasta que un día, algo empezó a cambiar en él. Sus manos ya no eran las mismas, sus pasos se volvían inciertos, como si el cuerpo le respondiera tarde. Lo que antes hacía sin pensar, ahora le costaba. Y ella, mientras estudiaba medicina en Guadalajara, lo pensaba, con ese miedo callado de no estar cuando hiciera falta. Pero estuvo. Llegó al hospital. Tomó su mano. Le cantó boleros. Y la mano, despacito, dejó de apretar. Y de esto ya no voy a hablar, porque si no, yo también voy a llorar.  

Y ahora, al ver pasar a Melanie Torres en Tepatitlán, dicen: “es una Dama” sin dudar. Quien no la conoce, podría pensar, por su firme seguridad, que siempre ha sido así: luminosa, sin tristezas, sin temblar. Pero en cada paso hay memoria, en cada pausa, historia, y en cada gesto, una pequeña victoria. Ella usa la pasarela como vía, para mostrar lo que antes no se veía. Y lo que hoy parece magia… es un hilo muy largo que, paciente y sin ruido, se tejía.

Israel López
Israel López


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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