Hace 40 años, Carlos Monsiváis dedicó un texto al fenómeno de masas de la copa mundial México 86, “¡¡¡Goool!!! Somos el desmadre”, para la revista Cuadernos Políticos (posteriormente lo incluyó en su libro Entrada libre). Inspirado en Elías Canetti, al que invoca en las primera líneas, aquella crónica revisó cómo el deporte comenzaba a moldear una especie de identidad nacional efímera pues debido a la necesidad colectiva de héroes populares, los futbolistas dejaron de ser únicamente atletas para asumir el carácter de símbolos de la Patria, depositarios de las aspiraciones, expectativas, anhelos, orgullos, o en la antípoda de aquellos sentimientos, del abanico inmenso de la frustración social. (Ya en 1967, Guy Debord había abordado el asunto en La sociedad del espectáculo).
Por supuesto, la cualidad simbólica de los futbolistas fue reforzada al paso del tiempo por la televisión y la industria mediática. Convertir al balompié en una experiencia nacional cuidadosamente organizada y comercializada, tuvo como mayor conquista hacer del estadio y la ciudad el punto de reunión de una verbena que diluyó momentáneamente todo tipo de diferencias económicas, políticas, religiosas o de clase. Al término de los partidos, ya no solo el Ángel de la Independencia (centro del festejo futbolero desde el mundial México 70) sino gran parte de la urbe se volvió territorio de concordia, festividad y sentido de pertenencia nacional en que la multitud, para Monsiváis, era una especie de sujeto cultural capaz de producir significados propios mediante rituales colectivos, consignas y celebraciones, pero ya no una masa irracional.
El desmadre, en efecto, es lo que define al furor de la muchedumbre. Desmadre que no solo es desorden, libertinaje, caos, follón, putiferio, abuso o exceso (ojo: son sinónimos de la RAE de nuestro coloquial aporte a la lengua), sino relajo, relajamiento de las reglas y los límites: la fiesta que hace cuarenta años derivó, decía el autor de Nuevo catequismo para indios remisos, en una identidad colectiva que a través del humor y el nacionalismo se apropió del espacio público, ahora comienza a alterar la alteridad (reconocimiento, tolerancia y respeto al otro).
Y es que no es lo mismo el desmadre de las porras, las serpentinas, el confeti o los brindis y abrazos entre desconocidos, que el desmadre de zarandear un auto con familia adentro y los desmadres consecuentes: atropellamiento masivo, linchamiento del chofer horrorizado desde el primer meneo del coche y muerte solo porque sí, por pagar el precio del desmadre, o aquel otro en que tres aficionados murieron asfixiados entre tanta concurrencia de Paseo de la Reforma, el desmadre natural dentro de la marea.
En La psicología de las multitudes, Gustave Le Bon escribió que “las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad. Piden ilusiones, y no pueden prescindir de ellas”. El furor local que ha despertado esta copa del mundo repartida en tres países encaja a la perfección con la máxima del sociólogo francés: una sociedad polarizada, agobiada hasta la médula por múltiples factores y atomizada en multitudes ya no pide sino exige un poco de ilusión al costo que sea (ilusión, por cierto, carente de sentido: ¿qué cambiaría en cada uno de nosotros el sitio en la tabla que consiga el seleccionado nacional?) Entonces, como una larga borrachera, la resaca será igual de prolongada, dolorosa, porque el fútbol ha dejado de mitigar las diferencias. Quizá nunca lo hizo. Sencillamente fue el pretexto para armar desmadre.
AQ / MCB