Cultura

La casa de Ramón

Los paisajes invisibles

La defensa de la Casa del Poeta Ramón López Velarde reavivó el debate sobre la memoria cultural, el patrimonio literario y el lugar que ocupa la poesía en la vida pública.

Pensando en él, José Emilio Pacheco lo encontró de paso y le advirtió, con la confianza de los caminantes que se guían por mapas de la memoria, que allí iba a tropezar con ciertas mutaciones: “Si vuelves encontrarás todo cambiado. Otra ciudad usurpa el sitio de la tuya. En principio no recordarás nada. Luego verás que en medio de las ruinas, entre el México que ahora sí está, como soñaste en tu poema inconcluso, adentro ‘del más bien muerto de los mares muertos’, sobreviven extrañamente tus puntos de referencia: tu casa, la Secretaría de Gobernación, la Secretaría de Educación, el teatro Lírico de donde saliste en ‘el último viaje del flâneur: la muerte’ ”. A esa lista que principia por tu casa, JEP añade otros lugares significativos para el oyente, y luego confiesa la admiración por sus poemas; la imperiosa necesidad que como lector, crítico, investigador, como poeta él mismo, lo incita a resolver todos los cabos sueltos que de la intimidad dejó en su vida breve. Era el 13 de junio de 1988, un día antes de conmemorar su centenario, y es por eso que José Emilio le dedicó a Ramón López Velarde tres entregas de la columna semanal Itinerario (“La prisionera del Valle de México”; “Trueno del temporal”, 20 de junio; “Las alusiones perdidas”, 27 de junio).

Aquella casa maltrecha por sus transitorios habitantes; deteriorada hasta la ruina por la salvaje sacudida del 19 de septiembre de 1985 y la no menos salvaje invasión de sus espacios tras el sismo, era, en efecto, la última morada de un poeta. De ahí el nombre que recibió en 1991, cuando se materializó la iniciativa de un grupo de escritores para la expropiación, rescate y acondicionamiento del inmueble de Álvaro Obregón 73 en la colonia Roma.

Desde entonces, la Casa del Poeta Ramón López Velarde fue un espacio simbólico de Ciudad de México por los acervos bibliográficos de Novo y de Huerta; por la alcoba recreada en que López Velarde escribió y murió en junio de 1921, cuatro días después de cumplir los 33; por los seminarios y talleres que se impartieron o la incesante actividad del café–bar Las hormigas, en cuya mesa han desfilado poetas, narradores, ensayistas, promotores culturales de distintas generaciones y militancias; por las lecturas, presentaciones, debates, conferencias.

Se llamó así para honrar al poeta que tuvo más antagonistas que partidarios de su obra, desesperanzas amorosas, descalabros profesionales y políticos, penurias económicas y quebrantos de salud; el bardo al que solo la muerte le valió para eludir el olvido, la exclusión de la República de las Letras con la venia de Álvaro Obregón, pues recuerda Gabriel Zaid, Obregón también hacía versos y le dio por consagrarlo (“López Velarde ateneísta” en Tres poetas católicos): el mínimo homenaje que mereció un artista de su patria.

Los poetas rara vez son personajes respetados por los gobiernos y sus instituciones. En el mundo, en épocas diversas, se ha considerado a la poesía algo prescindible, desechable, inmoral o subversivo. Es non grata porque como identidad, cultura y espiritualidad de una nación, posee un carácter revolucionario.

Es por eso que el proyecto de renombrar el edificio porfiriano y habilitarlo como presunto cabaret despertó una reflexión profunda sobre la memoria urbana, colectiva e individual que nos conforma y provocó una escaramuza, a lo que la Secretaría de Cultura de la CDMX resolvió dar marcha atrás. En días pasados emitió un comunicado de once puntos en que refrenda conservarla en su condición y designio original, proponiendo el diálogo con la comunidad artística y la ciudadanía.

El planteamiento abre una puerta poco usual en la convivencia democrática tan deshilachada últimamente. La posibilidad de que ese espacio resurja en cimientos y alma por su historia y cualidad poética.

​AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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