Cultura

Margarita M. Valdés: “El tema del aborto me abrió a otros de ética y feminismo”

Entrevista

En entrevista, la autora de ‘Incursiones en el Tractatus de Ludwing Wittgenstein’, entre otros libros, reflexiona sobre el aborto y afirma que ella no cree en la existencia de una filosofía mexicana.

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Un tema sobre el que trabajé cuando terminé la maestría fue el del aborto. Tengo una hermana que es demógrafa y a través de ella me enteré de la cantidad de muertes que había de mujeres muy pobres que intentaban abortar de maneras absolutamente insalubres o en lugares espantosos; entonces comencé a reflexionar y a leer sobre este problema social real y de salud que tiene tantas implicaciones éticas. Pensaba, “¿Por qué se oponen tanto al aborto?”. Ya en los años 60 cuando estudié en Estados Unidos había habido algunas discusiones bastante interesantes sobre la moralidad del aborto y las consecuencias desastrosas que traían las legislaciones prohibitivas. En 1984 escribí un artículo en la Revista Latinoamericana de Filosofía que se publicaba en la Universidad de Buenos Aires, y para mi sorpresa tuve algunas respuestas. Había un padre, Rafael Braun, que era un jesuita de allá que entabló una discusión conmigo. Yo pensé que había argumentos muy fuertes para decir que no hay una consideración filosófica para justificar la prohibición del aborto temprano, en las primeras etapas de embarazo, y me di cuenta de que podía apoyar mi argumento, en primer lugar, en Aristóteles, y, en segundo lugar, en Santo Tomás. Hablando con Mauricio Beuchot, él me aconsejó ir al Seminario Conciliar de la Ciudad de México, donde tienen una biblioteca bastante grande de filosofía y de teología; el director había hecho un trabajo sobre las posiciones de la Iglesia a través de los siglos sobre el tema. Le llamó la atención mi visita, pero me bajó a una especie de sótano donde tenían una cantidad de cosas impresionantes sobre el aborto. Todas en contra, ninguna a favor. Yo para ese entonces había dejado de ser católica, pero sí me importaban esos temas que tenían que ver con lo que piensa la sociedad y por qué la Iglesia se opone y desde cuándo, así que mi artículo fue bastante informado. A partir de eso me comenzaron a pedir contribuciones sobre la moralidad y la ética del aborto, entonces publiqué varios artículos más, para la Enciclopedia de Filosofía en España, para el ITAM sobre ética y derecho, y luego publiqué Controversias sobre el aborto, una antología con una introducción mía y artículos de filósofos muy destacados.

El tema del aborto también me abrió a otros de ética y feminismo. Yo no había pensado mucho en esas cuestiones, pero escribí un pequeño artículo que fue una presentación también en una reunión que hubo con filósofos españoles en Madrid, donde estaba Victoria Camps, por cierto, muy amiga mía. También en esa época me invitaron a participar en la Universidad de Naciones Unidas, cuya sede está en Helsinki, para trabajar en temas sobre la calidad de vida y el bienestar humano. Fui tres años seguidos ahí a unas reuniones impresionantes: los coordinadores eran Martha Nussbaum y Amartya Sen. Al principio me sentía como un poco apabullada, porque eran puras personalidades importantísimas, y yo. Bueno, pues ahí también renové mi interés en asuntos de filosofía que tienen mucho que ver con la justicia y lo social. Claro que el interés sobre temas sociales no es algo que se haya dado nada más entre las mujeres filósofas; los filósofos analíticos por esos años también se comenzaron a preocupar por esto. Creo que habíamos dejado descuidados muchísimos asuntos que tienen que ver, sobre todo, con la ética en su relación con muchas actividades humanas, y habíamos centrado nuestra atención en cuestiones completamente abstractas, como la forma de los enunciados morales y el estatuto ontológico de los valores, pero como si se tratara de algo en un mundo de puras ideas que no estuviera conectado con este mundo en el que ocurren tantas injusticias. Puedo ver un movimiento en el pensamiento de hombres y de mujeres en la parte final del siglo XX, y desde luego todo el XXI, por abocarse a pensar temas que vivimos todos los días y que no habían sido considerados por los filósofos como dignos de reflexión; por ejemplo, la destrucción del medio ambiente, el trato a los animales, los derechos de discapacitados, la eutanasia, el aborto, los derechos de las mujeres, la diversidad sexual, etcétera. Son importantísimos y la filosofía los había dejado de lado casi completamente.

Por otra parte, cuando las feministas del siglo XX hablaron de opresión, de patriarcado, también cuestiones muy grandes, eso significó que volvieron la vista a la vida cotidiana de las mujeres, a las que tienen la doble jornada, fuera y dentro de su casa. Cada vez las mujeres somos más conscientes de la situación de opresión. A una persona que trabaja en mi casa, por ejemplo, le pregunté: “¿Pero tú no te quieres casar?”, y me dijo, “Señora, pero para qué me caso: tendría que hacer lo mismo que aquí, pero sin sueldo”. Pensé, ¡qué inteligente! Eso no lo habíamos percibido en otras generaciones: a nosotras nos enseñaban que lo máximo era casarse. Yo le decía muchísimo a mi esposo, Luis Villoro: “Qué vida tan feliz tienes tú: cuando te levantas, todo marcha perfecto en la casa, el jardín está perfecto, el coche está listo, preparado tu juguito de naranja, el pan tostado que te gusta, tu café también como te gusta: ni muy caliente ni muy frío”. A mí eso me parecía normal, porque yo vengo de una casa donde mi mamá así era y alrededor de mi papá giraba todo. Llegó un momento en que pensé: “¡Pero qué maravilla tener una esposa! Le hablas y le dices: ‘Oye, mira, voy a llevar a comer a tres personas’, y ella responde: ‘Sí, cómo no: que vengan’…”. Así vivía yo con Villoro, haciéndole como de administradora de un hotel de cuatro estrellas por lo menos. Y no me pagaba, claro.

Por cierto, yo no creo mucho en que haya una filosofía mexicana. Yo llegué a la UNAM en el 63: el Grupo Hiperión se había disuelto, eran maestros. A mí ya no me tocó esa preocupación por lo mexicano, para nada; más bien se trataba de salirse de lo mexicano para entrar a la Gran Filosofía. Ahora bien, hay filosofías con diversos intereses y la circunstancia de ser un país pluriétnico, como es nuestro caso, te coloca en situaciones sobre las que tienes que reflexionar: por ejemplo, temas de discriminación, de injusticia social, de la importancia que tiene conservar valores, como las lenguas y las costumbres, y también la de desaparecer ciertas costumbres, como el machismo. Nuestra circunstancia nos hace pensar en algunos asuntos, pero eso es todo. Para el movimiento analítico había dos temas: uno, la profesionalización de los filósofos, que realmente tuvieran estudios de filosofía y no fueran periodistas, historiadores o abogados, pues muchos de ellos eran los que daban clases; y, por otro lado, incursionar en el gran mundo de la filosofía internacional. Ahí había dos opciones: la filosofía continental y la analítica anglosajona. Para el caso del Instituto de Investigaciones Filosóficas, y en una época en la Facultad de Filosofía y Letras, ganó la analítica, que podía convivir bien con el marxismo; en cambio, la continental estaba media peleada con el marxismo, pues pensaba que era una mala interpretación de Hegel.

La verdad es que a mí me tocó muy al final el tema de lo mexicano. Había, desde luego, un curso que se llamaba Filosofía en México, en donde estudiabas algo de eso, pero era muy poco. Sí entiendo que haya en Estados Unidos un interés por parte de grupos de ascendencia mexicana por encontrar sus raíces, ver quiénes son, de dónde vienen, los antecedentes filosóficos para desarrollar una tradición propia. Creo que es válido, soy bastante abierta, me parece que la reflexión sobre casi cualquier problema social o político puedes hacerlo bien o puedes hacerlo mal. El tema de “nepantla” no me parece que socialmente tenga importancia, pero el del relajo sí: yo creo que Jorge Portilla ahí dio en el clavo con algo que es muy mexicano, que tiene que ver mucho con la fiesta, con la celebración, con la muerte, y es interesante explorarlo. Un caso de buenas reflexiones de lo mexicano es el libro de Luis Villoro sobre el indigenismo, que realmente hace pensar y aprender. Son problemas que están entre historia, filosofía y ética, porque también se trata de salvar tradiciones que uno considera valiosas, pero en virtud de lo que hemos vivido en los últimos años de globalización, de un mundo en donde lo “mexicano” se ha contaminado de muchas otras tradiciones y de muchos otros pensamientos, ¿hasta qué punto son temas de antropología o son temas de filosofía?


*Este es un fragmento de la entrevista con Margarita M. Valdés que forma parte del libro Las filósofas tienen la palabra 2, lo publicamos con autorización de la editorial Siglo XXI.

AQ / MCB

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