Después de conocer a los filósofos mexicanos, me pareció muy importante analizar qué pasaba con las filósofas en México, con las filósofas mexicanas, y encontré a estas figuras que están en mi libro El sentido de sí y otras más, como Nahui Olin, Antonieta Rivas Mercado, después Concha Michel y Gabriela Mistral. Sobre todo, me sorprendía mucho ver que los filósofos mexicanos se quejaban de que los europeos no los consideraban como iguales, pero ellos hacían lo mismo con las mujeres, las trataban como si no fueran dignas de ser llamadas filósofas, y ciertamente no lo eran, en el sentido de no ser filósofas académicas, pero su pensamiento era muy filosófico. Era una relación paradójica.
En la primera parte del libro, que es donde yo analizo a los filósofos tratando de exponer este planteamiento que ellos sostenían, el referente es Hegel, es el eje sobre el que gira la crítica a la filosofía occidental. Y ahí mismo, intento mostrar cómo el propio Hegel está haciendo algo muy similar a lo de los filósofos en México; claro que con un grado de legitimidad mayor, que es el que le da su pertenencia al “gremio” de los filósofos occidentales. Pero él realmente no estaba construyendo conceptos, digamos, abstractos: él estaba hablando también de su propia realidad, como por su parte lo hacen los filósofos mexicanos, con un grado de legitimidad mucho menor.
No llegué a Rosario Castellanos, porque el periodo que yo quería estudiar era un poco anterior a ella. No quise abarcar hasta el siglo XX, sino prácticamente finales del XIX, principios del XX, y ella se titula en 1950, es un poco posterior. Pero sí quise abordar a las primeras, porque me parecía importante la búsqueda del origen. Yo decía: “Bueno, ¿qué pasó en México?, ¿de dónde salieron las primeras feministas?”. Entonces, rastreando, encontré a estas mujeres muy destacadas de la historia de México, y también muy poco conocidas en la propia historia de México. Y me enamoré de ellas.
Fue ahí que descubrí esto tan interesante para el pensamiento feminista, que es el hecho de que prácticamente estas cuatro filósofas, o pensadoras, se adelantan a la reflexión de la diferencia sexual. Nadie las había considerado feministas, porque no sostenían la postura del feminismo liberal dominante en la segunda mitad del siglo XX, pero lo cierto es que ellas estaban más bien en la misma línea en que después se van a situar las feministas italianas, que son las madres del pensamiento de la diferencia sexual, junto con Luce Irigaray.
Eso para mí fue muy sorprendente. Claro que eran feministas, pero eran feministas y filósofas, no militantes. Lo interesante —yo lo digo siempre en mis cursos— es que la filosofía nunca ha sido feminista, pero el feminismo siempre ha sido filosófico. Las feministas invariablemente están dialogando sobre la condición humana con los filósofos; desde luego, sin esa reciprocidad que merecería una atención más profunda a estos planteamientos y discusiones que ellas están haciendo. Si se revisa la historia del pensamiento feminista, se va a ver desde Mary Wollstonecraft discutir con Jean-Jacques Rousseau, y así, las que están discutiendo con el existencialismo, y todas están siempre tomando como referencia los análisis filosóficos de la condición humana. El mismo planteamiento básico de la crítica del esencialismo, del sustancialismo, es una crítica a la filosofía clásica, sustancialista, de Aristóteles.
Ha existido muchas mujeres a lo largo de la historia de la filosofía, lo que pasa es que no han sido incluidas en esa historia. Por ejemplo, la princesa Isabel de Bohemia, que tenía discusiones, diálogos filosóficos con Descartes. Y así como ella, siempre ha habido interlocutoras, lo cierto es que sin ese reconocimiento. De hecho, hay un personaje que se llama Lady Conway, que escribió un libro que fue el antecedente de la teoría de las mónadas de Leibniz, y Leibniz la leyó, y él la citaba, la reconoció, le dio el crédito, pero el editor de Leibniz la borró. Entonces el problema ni siquiera es tanto de los filósofos como de los historiadores, que han eliminado a las mujeres de la historia.
Rastreando a todas las que han sido olvidadas o ignoradas, incluso, veo las que no se asumen como feministas, como, por ejemplo, en el siglo XX tenemos a Hannah Arendt y a Simone Weil; y en el mismo periodo tenemos a Simone de Beauvoir o María Zambrano, que sí lo hacen. Pero a las primeras, ni siquiera les interesa hablar de ellas mismas como mujeres, les parece una nimiedad eso. Sin embargo, por ejemplo, en un trabajo de Hans Jonas, que era amigo de Hannah Arendt, él cuenta cómo una vez su esposa platicaba con Arendt, y se echaban unas miradas de complicidad, como diciendo, “Ay, este bobo”, y Jonas le preguntó a Arendt: “Hannah, ¿crees que soy tonto?”. Ella respondió: “No, Hans, discúlpame, claro que no; lo que creo es que eres hombre”. En su filosofía, ella no asume la importancia de este hecho, pero en su vida cotidiana y con amigos filósofos, según este testimonio de Hans Jonas, sí lo hacía. También Simone Weil, en un diálogo que tiene con unos comunistas, llega a decir que es maravilloso que se pierdan las diferencias, pero en ese momento no era relevante la diferencia sexual.
He encontrado en las filósofas cierta inclinación, lo podría decir así, por atender problemas más empíricos, el elemento de la experiencia, y una cosa más, un asunto que no ha sido muy trabajado, al menos hasta donde yo conozco filosóficamente, que es el tema de la coherencia entre lo que se vive y lo que se piensa. Las filósofas no desligan esto, el vivir y el pensar lo asumen como una unidad. Inclusive Simone Weil hasta cierto punto lo desarrolla. Entonces, a mí me parece que sí hay una diferencia muy fuerte, de la que probablemente ni siquiera seamos muy conscientes, porque no tiene que ver con una diferencia esencial, sino justo con una diferencia existencial, con un proyecto de vida, con una corporalidad concreta desde la cual se establece el proyecto existente. Desde esta perspectiva existencialista y fenomenológica, se puede entender perfectamente por qué hay una diferencia, no en la manera de pensar, sino en los motivos y las conexiones que estas filósofas hacen entre lo vivido y lo pensado. Tiene que ver con una manera de habitar el mundo que es distinta, porque nuestra corporalidad es distinta y nuestra relación con el mundo, debido a la ideología patriarcal en distintos grados, también. José Joaquín Blanco decía de Rosario Castellanos que su poesía solo habla de lágrimas y sangre menstrual, como si esto no fuera parte de la experiencia humana; para él, en la poesía solo los temas metafísicos son relevantes y dignos de atención, pero la experiencia que ella traslada al campo literario, no. O sea, es la experiencia de las mujeres lo que se expulsa, no solo de la filosofía, sino de todos los campos culturales. Entonces, cuando las mujeres entran a hacer filosofía, como cuando entran a hacer literatura, meten su experiencia y claro que resultan cosas notablemente distintas. Por ejemplo, Mary Wollstonecraft está haciendo un razonamiento más preciso que el que hace Rousseau. Ideológicamente compartían su valoración por la igualdad, pero en los hechos, él seguía manteniendo un imaginario de la mujer como un sujeto dulce y encantador que no debía perder la inocencia. Y lo cierto es que los hombres pueden dudar de que las mujeres somos seres humanos, pero las mujeres no podemos dudar de que los hombres lo son. Esto, como dice Celia Amorós, cuestiona a las estudiantes de filosofía, que pisan como sobre ascuas por el propio discurso que teórica y prácticamente las discrimina; es algo que nos compromete como filósofas.
Yo pienso que las mujeres filosofamos de manera más similar a los primeros filósofos que a todos los demás, porque, a diferencia de los hombres, que llegan a un campo en el que encuentran todo un universo de discurso ya establecido, en el cual solo tienen que insertarse, nosotras llegamos a un universo que nos desconoce y en el que tenemos que empezar a preguntarnos todo, como lo hicieron los primeros filósofos con la physis. Nosotras tenemos que preguntarnos: ¿qué es la cultura?, ¿qué es la filosofía?, ¿por qué no hay filósofas?, ¿qué es ser mujer? Claro que esta última es una pregunta filosóficamente muy relevante, y hasta esa quieren eliminar. Nos dan la respuesta o nos dicen que es impertinente, cuando es fundamental de la condición humana.
Este es un fragmento de la entrevista con Rubí de María Gómez que forma parte del libro ‘Las filósofas tienen la palabra 2’, lo publicamos con autorización de la editorial Siglo XXI.