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El otro mundial

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Hay 16.6 millones de mujeres y niñas que juegan al futbol de forma federada a nivel planetario, y se estima que la cifra puede alcanzar el doble si se consideran los ámbitos recreativos.

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A dos días de la inauguración del mundial de futbol de varones, que tiene como sede los países de México, Estados Unidos y Canadá, no viene mal la comparativa: si para este 2026 se espera ⎯según reportes de prensa firmados por Johan Cruyff Institute⎯ que la audiencia global del torneo supere los cinco mil millones de espectadores, “con más de cinco millones que van a las canchas, y 1.6 siguiendo la final en vivo”, el último mundial de mujeres, en cambio, con sede en Australia y Nueva Zelandia, disputado en 2023, contó con 25 476 espectadores por partido, y 932,85 millones “que sintonizaron al menos un minuto de la cobertura televisiva en todo el mundo”. Vale decir, un quinto de la contraparte masculina, y esto a pesar de que en Australia se registró una asistencia total a los estadios de casi dos millones, “superando todas las cifras históricas del torneo” (ESPN). Agrego ahora que la primera copa mundialista de mujeres avalada por la FIFA se jugó en China, en 1991, que Estados Unidos salió campeón ese año en el que compitieron doce selecciones, mientras que en 2023 lo hicieron ya 32. Este diferencial de número supone de por sí una brecha en la promoción de deportes de mujeres, con la consecuente merma en la recaudación de los torneos, además de la falta de sueldo igualitario para jugadoras y técnicas.

Sin embargo, una de las competencias fundacionales del futbol de mujeres en América Latina no tuvo el aval de la FIFA: se trata del torneo jugado en la Ciudad de México en 1971 ⎯organizado por una federación que se arma únicamente para la gestión de ese certamen⎯ donde Dinamarca derrota a México en una final disputada en el estadio Azteca ante 110 mil espectadores. Dos volúmenes recogen la historia de este campeonato mítico: Pioneras de Marion Reimers (México, 2023, que acaba de tener su edición en novela gráfica) y Qué jugadora de Ayelén Pujol (Argentina, 2019). Así las cosas, entre los antecedentes de la historia del futbol femenino se cuenta el primer partido “oficial” jugado en Londres, Inglaterra, el 23 de marzo de 1895 entre los equipos de Damas del Norte y Damas del Sur (Ladies of the North y Ladies of the South) frente a por lo menos diez mil personas de público. Esa es la fecha originaria, aunque también hay registros de partidos entre mujeres en Edimburgo, en 1881. Todavía en Europa, ya en las primeras décadas del siglo XX, surge el Grupo Calciatrici milaneses, un equipo de mujeres italianas que se opusieron al régimen de Mussolini. En Argentina, se destaca el partido en la Bombonera de 1923 ⎯aunque en el país parece haber registros en el siglo xix⎯ y México cuenta con un match sincopado a la creación de la Liga América Femenina, en 1969, y la participación en otro primer torneo, organizado también sin el aval de la FIFA, en Italia en 1970.

Entonces la palabra pioneras justamente cifra a las jugadoras que disputan el certamen de 1971: cifrar, en el sentido que Borges daba a la palabra, en tanto las singulariza, las identifica: Marion Reimers destaca las condiciones en las que estas mujeres mexicanas salieron a la cancha; Ayelén Pujol califica de pioneras a la camada que va desde 1950 a 1980. Entre los nombres del seleccionado tricolor están los de Elvira Aracén Sánchez, María de Lourdes de la Rosa, Alicia “la Pelé” Vargas (y para darle más cabida a los paralelismos, ya se sabe que en 1970, en México también, Brasil es el campeón del mundial de futbol masculino, año de la coronación de Pelé). Entre los nombres de las argentinas de 1971 aparecen los de Ofelia Feito, María Ponce, y la destacadísima Elba Selva, que marca cuatro goles contra Inglaterra, y por tanto son las mujeres, anota Ayelén Pujol, el primer equipo en vencer al archival histórico de la Argentina.

“Lo impensable está ocurriendo en el Estadio Azteca”, dice en el arranque del torneo la televisión mexicana, y el periodista uruguayo Víctor Sueiro reporta desde el estadio, “la tribuna le tenía tanta confianza a las 22 jugadoras como se le puede tener a un mono borracho piloteando un Boeing”.

El caso es que la falta de promoción, de publicidad, y la falta de paga, vale decir, las urgencias económicas de todo tipo son las constantes de estas mujeres que se entrenan y viajan y disputan el campeonato. De hecho, durante el torneo sucede la conferencia de prensa en la que la selección mexicana amenaza con no seguir compitiendo si no se les paga los dos millones de pesos previstos. Las argentinas, mientras tanto, la tienen peor. Las camisetas que llevan para los partidos son de mala calidad, y deben que estar cosiéndolas a cada rato, les donan botines cuando llegan a Ciudad de México y declaran, “es la primera vez que jugamos con botines”. Para conseguir dinero, además, cobran fotos autografiadas, y dos o tres jugadoras trabajan de noche en una cantina-restaurante cantando boleros.

Como ocurre con la caracterización histórica que la prensa deportiva ha hecho de las mujeres que boxean, los periódicos de época “no saben bien” cómo identificar (cómo cifrar) a estas mujeres que compiten. Están fuera de molde. Son raras. Ajenas. ¿Tienen cierta orientación sexual? ¿Índice altos de rencor social? ¿Atravesaron situaciones de violencia doméstica? Al abordarlas, los periodistas repiten las preguntas: ¿Tienes novio? ¿Y qué dice tu novio de que juegas al futbol? ¿Qué opina tu marido de que estés acá?

Por eso, resulta significativa la cita de Catharine Mackinnon, la que dice que la mujer que hace deporte se re-apropia de su cuerpo y de su espacio, los vuelve suyos, digamos, los saca de los imperativos familiares, culturales, históricos, y articula “una relación con la violencia distinta a la que la sociedad le permite tener a una mujer”. La brusquedad es marca del futbol: rodillas golpeadas, con costras o enrojecidas, esguinces en los tobillos, codazos, cabezazos peligrosos, toda la violencia controlada de los deportes la encarnan las mujeres también. Y Pujol agrega ciertas anécdotas: como la tirarse de los breteles de los corpiños cuando están marcando en el área, o sujetar a la contrincante del pelo.

Además, todas declaran que alguna vez practicaron con varones y que alguna vez se entrenaron contra varones. Si hay una diferencia entre la competencia entre hombres y la competencia entre mujeres, me comentó una vez Guillermo Mayen, el histórico promotor de boxeo de Tijuana, es la autenticidad con que las mujeres asumen el deporte. Las mujeres lo hacen con todo en contra: por el auténtico placer de jugar y de competir. Y esta persistencia, pienso, este deseo que derriba obstáculos y viene atravesando décadas en toda nuestra historia es la voluntad que sostiene. “Yo lavo los platos, sí. Los lavé antes de venir”, declaró la jugadora argentina Eva Lembessi en un programa televisivo en los años 90, “pero también me gusta el futbol. Y juego”.

Hoy, estos estereotipos ⎯determinados por la prensa, por los discursos oficiales⎯ están siendo cada vez más cuestionados. Cada vez se reflexiona más sobre el futbol femenino, se lo piensa más, se lo charla más, se cuestionan y denuncian las condiciones de la rama femenil en el deporte. Se rescatan biografías de mujeres, se cuentan nuevas historias, aparecen registros nuevos y se reivindican jugadoras que entrenaron y compitieron con todas las condiciones en contra. En el último aniversario del club de Boca Juniors, en Buenos Aires, por ejemplo, las jugadoras de las inferiores destacaron como referentes no ya a los varones, sino a las camadas de mujeres pioneras. En esta línea de puesta en cuestión, destaco la antología Pelota de papel 3 (Planeta, 2019) que incluye más de 29 testimonios. Señalo, sobre todo, la historia de Lucila Sandoval, que narra de manera épica el recorrido de una mujer en la cancha, a pesar de los insultos y de los abucheos, y Pierna fuerte de Katherine Alvarado Aguilar, de Costa Rica, que cuenta la historia de una chica de ocho años que juega al futbol con los varones durante los recreos de la escuela. El libro propone una antología de cuentos, pero la fuerza de estas narraciones se afinca en el testimonio que resulta fundante para la ficción.

El próximo mundial de futbol de mujeres se disputará a partir del 24 de julio de 2027, en Brasil. Será la décima edición del torneo, y contará con la participación de 32 selecciones. Hoy, según los últimos datos oficiales publicados por la FIFA, hay 16.6 millones de mujeres y niñas que juegan al futbol de forma federada a nivel planetario, y se estima que la cifra puede alcanzar el doble si se computan los ámbitos recreativos. Las estadísticas, además, que parecen ir en alza completan el panorama. Y yo pienso que no hay, que nunca hubo, en realidad, argumentos que justifiquen, quiero decir: ya no se puede justificar de ningún modo esta falta histórica de promoción, de publicidad, de apoyo a las disciplinas practicadas por las mujeres, ni el diferencial de sueldos de todas las atletas y deportistas y las que integran los equipos técnicos.

AQ / MCB

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