Cultura

Ángeles Eraña: una filósofa “que hila personas”

Entrevista

En esta entrevista, escrita como monólogo, la pensadora mexicana cuenta su historia, su toma de conciencia social, su experiencia en comunidades indígenas, y expone sus ideas en torno a la filosofía de mujeres.

Algo que nos pasa a las mujeres mucho, o por lo menos es mi historia, es que la inseguridad nos carcome. Yo sé que aparento ser muy segura, pero la verdad es que cuando entré a la licenciatura me moría de miedo. Veía a mis compañeros hablar y yo no quería hacerlo, me daba terror decir una tontería, me daba pánico que me juzgaran. Las apariencias son terribles, porque, para una mujer, ser atractiva puede ir a tu favor o en tu contra, pero a tu favor también es en buen y en mal sentido, porque se presta para un montón de cosas y yo tenía mucho miedo de eso. Había compañeros que sobresalían: entre mis mejores amigos estaba Axel Barceló, que sigue siendo un gran amigo mío y que además era y sigue siendo muy talentoso en términos filosóficos; Luigi Amara y Agustín Rayo, que eran también muy inteligentes. Esos eran mis amigos en la Facultad. Entonces, yo me sentía siempre como menos, tenía una sensación de ser un poquito la impostora entre los listos. ¿Y cómo sobreponerme a esos miedos, a esa inseguridad?

Me acuerdo de que cuando estaba haciendo la tesis de licenciatura, Carlos López Beltrán estaba dando un curso en la maestría de filosofía de la UAM, de los temas que yo estaba trabajando de naturalización, y Sergio Martínez me dijo: “Ve al curso de Carlos, porque te va a servir”. Y pues ahí fui de oyente al curso de Carlos hasta la UAM Iztapalapa. Entonces, un día me dice Carlos: “Si vas a tomar el curso, tienes que presentar algo; aquí la evaluación es por presentación”. Yo dije, “Bueno, pues presento”. De por sí con mis inseguridades, y estos eran estudiantes de maestría: yo los veía como sabios. Entonces me toca el turno, me paro al frente del salón y, literalmente, no me sale la voz. ¡Me quedé muda!

Carlos me volteó a ver y se acercó conmigo, me dijo: “A ver, ven, vamos a que respires un poquito”. Entonces se salió del salón conmigo, me llevó a comprar un café y me dijo: “Tranquila, no pasa nada: no lo vas a hacer mal; pero inclusive si lo hicieras mal, yo estoy para apoyarte”. Me tembló la voz toda la presentación.

La primera vez que di clases yo era muy joven. Al terminar, se acercó conmigo un alumno y me dijo, “Oiga maestra, esta es la primera vez que da clases, ¿verdad?”. Abrí los ojos y pregunté, “¿Por qué lo dices?”. Otra vez me había temblado la voz en la clase. Esas son las cosas que nadie ve cuando piensan que tú siempre fuiste esta persona que habla como si no le pasara nada. No: es un entrenamiento. Y creo que a las mujeres nos pasa muchísimo más.

Mi historia con el zapatismo es un conjunto de contingencias. En el 94, cuando el levantamiento, yo vivía con mi papá y él tenía una antena parabólica. El 1.º de enero prendí la televisión y le daba vueltas a la antena, porque lo que me aparecía en la pantalla ese día eran imágenes que ni siquiera estaban siendo editadas. Entonces empecé a ver cosas que después no estoy segura siquiera de si salieron publicadas, de hombres y mujeres que estaban, por ejemplo, encadenados en uno de los kioscos de una de las ciudades chiapanecas. Eso lo empecé a juntar con las noticias y dije: “No, esto no puede ser”, porque lo que veía eran imágenes de algunos de los zapatistas amarrados, heridos, quejándose. Había una guerra en nuestro país. Me acuerdo de que me puse a averiguar y, a partir de ese día, resolví: “Yo quiero hacer algo, porque esto está terrible”. Como que se me vino de frente la desigualdad. Siempre había vivido entre cuatro paredes de cristal, muy cuidada, una niña con muchos privilegios. Ver esas imágenes me despertó la necesidad de moverme, y un día en el periódico La Jornada publicaron una carta: “Nos vamos a reunir el jueves a tal hora en el CUC, porque vamos a hacer una caravana para ir a Chiapas”. En la reunión me encontré al que después fue papá de mis hijas y mi compañero durante diecisiete años, porque era uno de los organizadores. La primera vez que viajé no me tocó ir a Chiapas, sino a Oaxaca, porque el problema no era solo las comunidades indígenas en Chiapas: en el país entero había condiciones de desigualdad, explotación, etcétera; una falta de reconocimiento a las realidades de las comunidades, que se morían de enfermedades curables en todos estos lugares.

Decidimos hacer caravana a cinco puntos distintos del país, y a mí el coordinador, Manuel Fernández, el papá de mis hijas que en ese momento no era mi pareja ni nada, me dijo: “Necesitamos alguien que coordine el viaje a Oaxaca”. Yo en mi vida había ido a una comunidad indígena, pero me apunté; obviamente, me pusieron un equipo de gente que sabía y que conocía. Creo que fueron diez días: fuimos a la zona mixe, a la zona triqui y a la zona mixteca, de comunidad en comunidad. Para mí fue una cosa brutal. Mi vida se transformó por completo, porque descubrí que nuestro país estaba hecho de diversidad. La realidad no era lo que yo pensaba y se me impregnaron como olores, sonidos, cosas que en mi vida había visto o escuchado. Por ejemplo, me acuerdo mucho de que llegamos a un punto de la carretera donde tuvimos que dejar todo y caminamos como cinco horas para llegar a una de las comunidades. Era en la montaña, muy arriba, y en lo que llegaban algunos de los que nos iban a recibir estuvimos paradas solas cinco personas. El sonido del viento me impactó tanto, porque mi sensación fue que yo nunca había escuchado el silencio, y el silencio lo representaba este viento soplando.

Cuando regresé, dije: “No, yo me quedo en esto, porque tengo clarísimo que hay mucho que aprender”. Y la siguiente vez ya me tocó ir a una comunidad zapatista, y lo que tienen las bases de apoyo y organización zapatista es que son muy sorprendentes, en el sentido de que entras ahí y descubres que realmente se está construyendo otra realidad. Te reciben sin darte lecciones; simplemente cuando te incluyen en algunas de sus actividades cotidianas, ahí ves que es otra la manera como se relacionan entre ellas y ellos.

Esto era muy al principio, entonces las mujeres estaban empezando su movimiento y a mí me ha tocado ver su transformación. A partir de ahí, con eso que se llamaba “Caravana mexicana: Para todos, todo”, empezamos a hacer mucho trabajo. Me enamoré de Manuel, nos juntamos y luego tuvimos dos hijas. Íbamos tres, a veces cuatro veces al año, y nos quedábamos entre diez días o dos semanas, todo lo que pudiéramos, y trabajábamos en talleres. A mí me tocó aprender a hacer hortalizas con las mujeres. La primera vez, en Morelia, fue hermosísimo. Llegaban a las cinco de la mañana y nos íbamos a la hortaliza y me preguntaban por qué estaba con Manuel, que parecía mayor por un mechón de pelo blanco que tenía. Yo nunca supe “echar” (hacer) tortilla de maíz, pero Manuel resultó ser buenísimo en eso, y nos reímos mucho porque ahí me dijeron: “Ay, ya entendimos por qué estás con él; es que él si echa tortilla”.

Ese fue mi primer trabajo; después me tocó ir a distintas comunidades. Una vez fui a los huertos familiares en Roberto Barros y ahí me pusieron a trabajar con niños de entre doce y quince años, y fue una experiencia bellísima también. Conforme me fui metiendo en las tareas cotidianas con las comunidades me di cuenta de que realmente ahí había un proyecto que me interesaba muchísimo más. O sea, la parte política la comparto y suscribo absolutamente, pero también la parte social, de las relaciones. Lo que me percaté es que para ellos esas cosas van juntas. Todo eso que fui aprendiendo ahí, hoy día siento que es parte de mí; me cuesta mucho no pensar el mundo o no desear un mundo como ese, porque como ellos bien dicen, y creo que tienen razón, no se trata de repetir eso acá: se trata de ver cómo podemos ser mejores. Ellos nos dan un ejemplo, y no es que tenga que ser de esa manera, sino algo parecido para los contextos, porque obviamente una comunidad en Chiapas no es lo mismo que esta Ciudad de México, que es una locura. Ha sido algo que me ha marcado muy profundamente, como que lo traigo ahí conmigo.

Hay una tradición de pensamiento mexicana que yo creo que vale mucho la pena hacer nuestra y desarrollar. Decir “mexicana” no me resulta fácil porque, justamente, si pensamos a México como hecho de todos estos pedazos y que no hay una homogeneidad, sino que es una diversidad, entonces creo que sí puedo aceptar una filosofía “mexicana”. Hay una tradición maya, hay una tradición mixe: todo eso es parte de este mismo territorio y lo que es México es el tejido de todas esas cosas y el desencuentro de todas esas cosas, porque también es cierto que hay desencuentros importantísimos. Entonces, parte de nuestra labor —y esto es algo que mucha gente acá en México hace desde distintas perspectivas, como Guillermo Hurtado, y en Sudamérica pienso en Diana Pérez —es abogar por que tenemos que pensar a la filosofía desde nuestros lugares. Nos toca pensar que la filosofía tiene que ver con el mundo real, no solo con problemas abstractos, sino con problemas muy concretos y pensar los problemas concretos de tu entorno es mejor si usas los recursos intelectuales que históricamente se han ido desarrollando.

Hay muchas tradiciones en este país, y hacerlas nuestras, enriquecerlas, ponerlas a discutir, a debatir, es fundamental. Creo que vamos a tener una mejor comprensión de nuestra realidad social si hacemos eso que si usamos herramientas que vienen de otro lado para pensarnos a nosotros mismos. ¿Qué somos?, ¿qué queremos ser?, ¿hacia dónde queremos caminar?, ¿cómo queremos caminar? Esas son preguntas plenamente filosóficas que muchos colegas mexicanos se han hecho y han ido respondiendo. Ver cómo se han respondido, poner a discutir eso con lo que hoy se dice, me parece fundamental, porque estoy convencida de que la filosofía está más en la pregunta que en la respuesta. Hay formas filosóficas, en plural, de pensar a México, porque México es plural: deberíamos decir “Méxicos”. Hay distintas maneras de pensarnos, y la confrontación y los puentes que podamos tender entre esos modos es lo que vamos a seguir siendo y, claro, hay que hacerlo desde aquí.

Por otra parte, es una obviedad decirlo, pero hay un montón de mujeres pensando; esto es algo que cada vez más podemos ver, y si no me atrevo todavía a decir que hay problemas que han sido abordados más por mujeres que por hombres, es porque creo que no hemos todavía hecho el trabajo suficiente de averiguarlo. Pero, por ejemplo, sí veo, y esto en la ReMMuF (Red Mexicana de Mujeres Filósofas) es algo que me ha servido mucho, que hay preguntas que, en general, los hombres no se hacen. Por ejemplo: ¿quién es responsable de los cuidados? Inclusive el punto es que esta no es solo una pregunta de si a las mujeres nos toca o no: es una pregunta por el papel del Estado. Eso es interesante, porque ese tipo de interrogantes tiene una dimensión como muy personal, pero tiene otra muy abstracta y política, y toda esa amplitud son las preguntas que se han hecho más las mujeres. ¿Por qué? Porque somos las que hemos sido directamente afectadas por la situación de los cuidados. En ese sentido, en el librito Filósofas pensando el mundo hay una sección dedicada a eso que me parece súper interesante.

La filosofía tiene que ver con las preguntas, pero también con aquello que nos toca de manera personal. La posibilidad de hacer mejores preguntas tiene que ver realmente con cuando la duda es algo que te carcome, que te empuja; y en ese sentido las mujeres, como nos hemos callado o hemos sido menos vociferantes, ahora estamos haciendo preguntas magníficas, muy apegadas a la tierra, a la realidad. A veces, cuando empiezas a preguntar por preguntar, sí te puedes volar un montón. Y pueden ser cuestiones bien interesantes, no digo que no, pero si hubiera que pensar la filosofía de las mujeres de alguna manera, yo diría que es una filosofía aterrizada, una filosofía cercana a la tierra y cercana al cuerpo, o sea, a nuestros cuerpos.

Es interesante lo que están haciendo hoy las mujeres sobre distintos tipos de la violencia, pero también muchos grupos marginales y marginados. El tipo de preguntas que está haciendo el movimiento trans es muy importante; igual las distintas formas de los feminismos. O las mujeres indígenas: su trabajo filosófico es muy valioso. En ese contexto, creo que sí hay algo que podríamos llamar o que podríamos acercar a la filosofía de mujeres, que tiene que ver con una manera encarnada de hacer la filosofía. Y creo que esto está influyendo en el quehacer masculino también. Eso es lo bonito: ellos nos han influido por siglos y creo que este movimiento y esta como revolución y explosión les regresa a ellos y está muy interesante empezar a ver cómo algunos de nuestros colegas están bajando a tierra y tratando de decir: “Sí es cierto, ya nos fuimos”. Justamente estamos haciendo este trabajo con la ReMMuF de analizar si las temáticas de alguna manera se alinean genéricamente. Va a ser muy interesante ver los resultados.


Este es un fragmento de la entrevista con Ángeles Eraña que forma parte del libro Las filósofas tienen la palabra 2, lo publicamos con autorización de la editorial Siglo XXI.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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