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  • Edgar Morin: cómo pensar contra sí mismo

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Edgar Morin, 1921-2026. (AFP)

Edgar Morin defendió una mirada capaz de vincular disciplinas, experiencias y contradicciones para comprender la realidad en toda su amplitud.

¿Por qué un hombre tan mayor, reconocido mundialmente, se obstina en hablar bajo la lluvia para el público de un pequeño festival de provincia? Así recuerdo a Edgar Morin, al centro de las ruinas del teatro romano de Arles mientras nos invitaba a pensar la necesaria relación entre ecología y cultura. Acababa de cumplir 99 años. El azar —ese que me conduce con frecuencia a estar en un lugar que no me corresponde— me permitió conocerlo poco antes de su conferencia. Leïla Shahid, la gran militante palestina, me había pedido que la acompañara a una cena en honor del filósofo y sociólogo. Eran amigos cercanos, unidos por ese amor a las culturas del Mediterráneo y por la esperanza de una justicia para los palestinos. Me parecía inverosímil encontrarme ante uno de los intelectuales franceses más destacados. Se mostró conmigo cálidamente amable e incluso curioso: “Cuénteme, ¿qué la ha traído acá?” La traducción y Jean Genet fueron mi respuesta. Imposible confesarle entonces que aún no había leído su vasta obra, que era una inmensa y vergonzosa laguna en mis lecturas. De ahí mi sorpresa esa noche ante su resolución de no suspender el evento, aunque todo le fuera adverso. Solo pidió que le llevaran una manta para cubrirse las piernas y continuó con calma y extrema claridad su exposición. De haberlo leído antes hubiera entendido de inmediato.

Mis propias obsesiones me llevaron a leer primero, tras ese encuentro inesperado, El Hombre y la Muerte y Autocrítica. Comprendí por qué perseveró ese día en su toma de palabra. Me di cuenta de que el resistente contra el nazismo que había sido se manifestaba de nuevo ahí, enérgico, pero ahora con un combate incansable por la complejidad del pensamiento, por romper los sectarismos que “mutilan la realidad” al ofrecer solo uno de sus aspectos. Pues ser resistente era para él una “manera de existir en el mundo”: “¿Qué habría sido de nosotros sin la Resistencia? ¿Habríamos tenido una carrera? Gracias a la Resistencia, tuvimos una vida”. Hasta el final, vida y pensamiento estuvieron estrechamente unidos. La cuestión de la felicidad fue central en su trabajo, quizás animado por el instinto vital de quien sobrevivió dos veces a la muerte: antes de nacer, pues su madre sufría una enfermedad cardiaca que le impedía tener hijos, y al escapar de una redada de la Gestapo gracias a un repentino presentimiento.

No obstante, nada predestinaba a ese judío laico a convertirse en un héroe de la Resistencia. Sin la dura prueba de la guerra, habría sido quizás un brillante profesor universitario (la academia nunca lo aceptó) o, como su padre, un comerciante en París. Al adoptar como nombre de escritura el que usó durante la clandestinidad asumió la doble identidad que la historia le dio, la de sus orígenes sefardíes y la del combatiente: “Por Nahoum, soy hijo de mi padre, por Morin, soy hijo de mis obras y mis acciones”.

Fue siempre un pensador comprometido e indisciplinado, capaz de romper con las consignas de su época: “Si hay algo de lo que me enorgullezco, es de haber sabido, en ocasiones, resistir la presión del grupo”. No teme cuestionar entonces su propia ceguera frente al estalinismo. En su célebre Autocrítica (1959), no busca denunciar a quienes ignoraron los crímenes estalinistas, sino más bien se esfuerza por entender cómo pudo engañarse a sí mismo y aceptar lo inaceptable durante su pertenencia al Partido Comunista Francés, del cual fue expulsado tras la publicación del libro. Era el inicio de esa exigencia tan suya de pensar contra sí mismo. Ya que para Edgar Morin no hay transformación social sin una transformación personal, sin pensarse contra sus prejuicios e incluso contra su comunidad. Lo humano ante todo, ante cualquier pertenencia política, social o étnica. No titubeó en denunciar la injusticia padecida por el pueblo palestino, pese a las críticas e incluso el juicio al que se vio confrontado: “Y aquí nos encontramos ante una increíble paradoja”, escribe en una columna firmada en 2002. “Los judíos de Israel, descendientes de las víctimas de un apartheid llamado gueto, someten a su vez a los palestinos a un gueto. Los judíos, quienes fueron humillados, despreciados y perseguidos, ahora humillan, desprecian y persiguen a los palestinos. Los judíos, quienes fueron víctimas de un orden despiadado, imponen su propio orden despiadado a los palestinos. Los judíos, víctimas de la inhumanidad, muestran una terrible inhumanidad”.

Entre las muy diversas causas que fueron suyas, dos en particular me parecen necesarias de recordar y prolongar. Su defensa del “pensamiento complejo” que nos insta a reflexionar a partir de la incertidumbre y la contradicción, a luchar contra la opacidad que es también una forma de dominación. La complejidad se opone al determinismo, como el de la sociología de Pierre Bourdieu, con quien tuvo un persistente desacuerdo: “Bourdieu compartimenta todo y yo me empeño en vincular todo”. Pues solo así, uniendo, relacionando, le parecía posible la transformación: “El mundo tiene que cambiar”, exigía sin cesar. La investigación no era para Morin solo un ejercicio intelectual, era una forma de vivir, de comprender, de ser útil. Por ello, pensó contra la universidad misma, contra su división en especialidades, y siempre trabajó desde una auténtica transdisciplinariedad: “Cuando trato un tema intento abarcar todas sus dimensiones”. Y convocó en sus escritos filosofía, ciencia, sociología, historia, antropología, ecología o incluso, con Jean Rouch, el cine-verdad.

Su otro combate fue su defensa a toda costa de la fraternidad, base del humanismo renovado, pensamiento para el porvenir, que imaginó de un libro a otro. En el olvido de la fraternidad por parte de la izquierda, concentrada en la igualdad y la libertad, veía el síntoma de la dolorosa división actual de la sociedad: “El nosotros despierta cuando se produce una catástrofe, un atentado o una pandemia” —como lo demuestran la reacción colectiva tras el asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo o del profesor Samuel Paty, y también la que se produjo durante el confinamiento—. “Pero después vuelve a dormirse de inmediato. El reto de nuestra civilización es resucitar el nosotros”.

Nada nostálgico había en Edgar Morin, se mantuvo jovialmente fiel al presente y a la posibilidad de que lo improbable —el amor, la felicidad, la fraternidad— por fin acontezca.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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