Cultura

“Hay personajes reales que son imposibles de creer”: Daniel Saldaña París

Entrevista

El fallecimiento de su padre impulsó a Daniel Saldaña París a escribir una novela donde la búsqueda de los orígenes desarma certezas sobre la familia y la identidad, entre secretos, memoria y ciudades,.

Cuando el padre de Daniel Saldaña París enfermó de cáncer y murió la literatura apareció como una tentación. No fue un consuelo, sino apenas una forma de acercarse a una necesidad que se volvía cada vez más urgente. A miles de kilómetros de distancia, mientras vivía en Nueva York, el escritor mexicano comenzó a escribir una novela atravesada por la culpa, el duelo y el origen. El resultado es Los nombres de mi padre (Anagrama, 2025), una historia que parte de una sospecha familiar para internarse en algo mucho más amplio: la fragilidad de la identidad y las múltiples capas de una ciudad. “Siento que es un proceso bastante orgánico en el que empiezo a interesarme por algunos temas. La arquitectura viene de antes, de otros libros, lo mismo que las ciudades. Escribir sobre la Ciudad de México y la familia es un asunto al que regreso desde mi segunda novela, El nervio principal”, dice Saldaña París.

Nacido en Ciudad de México en 1984, narrador, ensayista y traductor, Saldaña París es una de las voces más relevantes de la literatura mexicana contemporánea. Su última novela acompaña a Camilo, un hombre que regresa sobre las huellas de su pasado mientras su madre enfrenta una enfermedad terminal. Una duda lo impulsa: saber quién fue realmente su padre, si el hombre que lo crió y murió años atrás, o Miguel Carnero, un viejo amigo de la familia rodeado de silencios y versiones incompletas. La búsqueda deja pronto de ser genealógica. Como ocurre en las mejores novelas de filiación, la pregunta sobre el padre termina convirtiéndose en una pregunta sobre uno mismo. “Empecé a escribirla cuando mi padre enfermó de cáncer y falleció. Creí que podía ser una manera anticipada de procesarlo y comenzar a tramitarlo. Algo que, por supuesto, no sucedió, porque el duelo no puede adelantarse. También era una forma de tramitar la culpa de vivir lejos, en Nueva York, mientras mi papá se moría en México”.

Aunque rechaza cualquier lectura autobiográfica, reconoce que ahí nació la materia emocional de la novela. “Son temas personales que, trasvasados, se distorsionan. La ficción se desplaza, se reelabora. No tienen que ver con mi experiencia personal ni con datos biográficos. Siento que muchos amigos de nuestra generación están pasando por eso. Lo que implica, con la muerte de los padres, la posibilidad de reelaborar el origen”, dice.

En la tradición literaria occidental abundan los hijos que salen en busca de sus padres. Telémaco persigue el rastro de Ulises en la Odisea. Edipo intenta descifrar un origen que desconoce. Pero Saldaña París parece interesado en otra operación, la de utilizar esa búsqueda para desarmar las certezas. “No sé si hay algo balsámico, porque la relación con los padres desde nuestra manera de ser hijos es un proceso inagotable. Encuentras siempre más sótanos, vas a los cimientos de la casa y vas más abajo”.

Durante la escritura de Los nombres de mi padre volvió a leer Pedro Páramo, una presencia que sobrevuela discretamente la novela. Sin embargo, el territorio que quería explorar era otro. “No me interesaba la paternidad ausente, tan explorada en la literatura latinoamericana, sino una multiplicidad”, explica el autor, que en 2020 obtuvo el Premio de Literatura Eccles Centre & Hay Festival.

La novela propone la idea inquietante de que encontrar el origen no conduce a una identidad más sólida. “Me interesaba la idea de que una búsqueda del origen no necesariamente es una afirmación de la identidad. Me interesaba desdibujar la identidad a partir de esa búsqueda. Políticamente, ha habido un peso exagerado en las identidades y a mí me interesa más cuando las identidades están puestas en cuestión y hay un quiebre”.

La pregunta por el padre avanza entre archivos, testimonios fragmentarios y recuerdos incompletos. Pero también entre secretos familiares. La madre de Camilo ocupa un lugar central en esa arquitectura de silencios, con aquello que nunca termina de decir ni de negar. “Más que denunciarlo, el narrador acepta las reglas del juego, de ese secreto. Acepta la manera indirecta de la madre, las medias verdades que conoce, acepta tácitamente los silencios alrededor de los cuales construyó la idea de su familia y de su padre”, admite.

Esa aceptación resulta decisiva. La novela no persigue una verdad definitiva; convive con la incertidumbre. “Como hay una familia fundada en un secreto, a los que realizamos esta investigación nos corresponde imaginar las múltiples posibilidades que le caben a ese secreto”.

Por momentos, Los nombres de mi padre adopta incluso la lógica de una investigación detectivesca. El final reorganiza retrospectivamente la lectura y obliga a reconsiderar lo que parecía sabido. “Está medio mal visto en cierta ficción contemporánea, porque un final con peso narrativo es un libro en el que la trama importa. Yo he escuchado a colegas decir que la trama no importa. A mí sí me importa. El lenguaje me importa, pero me gusta pensar en términos de trama”, dice. Y enseguida reconoce la influencia de Ricardo Piglia en la forma de tejer la trama.

Aunque la búsqueda del padre avanza entre versiones contradictorias, el desenlace reorganiza todo lo leído: “Lo detectivesco está en el final, con un aspecto retrospectivo, y lees la novela en otra clave. Piglia supo importar muy bien a la novela contemporánea la idea de un final que cambia el género del libro. El final lo jala hacia otro registro”, señala Saldaña París.

Sin embargo, la novela no solo sigue el rastro de una familia. La Ciudad de México aparece como un organismo vivo cuya historia urbana se entrelaza con la historia íntima de los personajes. Tlatelolco, Ciudad Universitaria, Tijuana, Taxco y Nueva York funcionan asimismo como estaciones de una cartografía emocional donde el desplazamiento físico se convierte en una forma de memoria.

La arquitectura, una obsesión recurrente en la obra de Saldaña París, ocupa aquí un lugar central, en particular Ciudad Satélite, el desarrollo urbano donde vivió parte de su familia y que se convierte en uno de los escenarios más fascinantes del libro. “Me interesaba escarbar en Ciudad Satélite porque es un lugar que me intriga. Ahí vivió mi familia y es parte de un proyecto más amplio de narrar geografías que parecen ser periféricas. Es una zona excéntrica, en el doble sentido de la palabra”, dice.

Esa investigación terminó conduciéndolo a uno de los personajes más singulares de la novela: Karl Fiebinger, ingeniero austriaco vinculado al régimen nazi que encontró refugio en México tras la Segunda Guerra Mundial y cuya presencia funciona como una grieta por la cual la historia real irrumpe en la ficción. “Me gusta la idea de mezclar personajes reales e inventados. Hay personajes reales que son imposibles de creer. Por eso otros personajes resultan más genuinos”, explica. La aparición de Fiebinger no solo amplía la dimensión histórica de la novela; también refuerza una de sus intuiciones centrales: detrás de cada paisaje urbano se esconden relatos, fantasmas y capas de pasado que rara vez son visibles.

Autor de El nervio principal, El baile y el incendio, La máquina autobiográfica, Aviones sobrevolando un monstruo y Los ayudantes del sol, Daniel Saldaña París fue incluido en la selección Bogotá39 de los mejores escritores latinoamericanos menores de cuarenta años. Después de varios años explorando las zonas difusas entre familia, memoria y autobiografía, parece dispuesto a cambiar de rumbo. Su próximo proyecto será un libro de ensayos surgido de un documental sonoro sobre una secta new age en la que participó su padre y de la que él mismo formó parte durante la infancia. “Tendría de dónde seguirle, pero me saturé un poco y decidí irme a lo exogámico y salir del entorno familiar. Así me despido un poco de eso”.

Quizá sea una despedida provisoria. Después de todo, Los nombres de mi padre sugiere que el origen nunca termina de resolverse y que toda búsqueda de la verdad es tentativa. Pero, sobre todo, que cuando finalmente creemos haber llegado al fondo queda aún otro sótano por explorar.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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