Siempre veo las películas de Juan José Campanella y de Pedro Almodóvar. Siempre. Sin importar la historia, el tema o el elenco en cuestión, mis dos directores hispanos favoritos me tienen como uno de sus más fieles espectadores. Esto no quiere decir, sin embargo, que me satisfagan todos sus trabajos. Recuerdo la enorme decepción que sentí después de ver Los amantes pasajeros y Metegol. No son artistas perfectos, lo sé, pero esos bodrios no sólo son una disonancia en la totalidad de sus obras, al grado de que parecen hechos por otros, sino que además rayan en lo obsceno y son una falta de respeto para sí mismos y para la cinematografía mundial. De todas formas, ya digo, eso no impidió que continuara siendo puntual al estreno de sus filmes.
Admiro la sensibilidad con la que amoldan cada una de sus creaciones. Me seduce la capacidad de hacer entrañables a prácticamente todos sus personajes. Me fascina que sean guionistas y directores al mismo tiempo, porque así cada una de sus películas resulta personalísima. Quedo embelesado con la dimensión literaria de sus historias y diálogos, lo cual, para muchos, es contraproducente, pues consideran que le resta veracidad a la cinta porque “la gente no habla así” y porque ven tanto al argentino como al español demasiado pretenciosos e incapaces de separar el lenguaje escrito y el lenguaje cinematográfico. Bueno, puede ser. Pero, al final, por lo menos a mí, no me importa tanto. Me gusta, digo, esa dimensión literaria. No obstante, reconozco, hace que varias escenas de sus películas sean “muy teatrales”. Le pasa, en mayor medida, a Juan José Campanella. Será porque últimamente le gusta adaptar obras de teatro al cine.
En 2019, El cuento de las comadrejas ya parecía un “teleteatro” (realizado extraordinariamente, desde luego. No como los que se hicieron durante los primeros años de la televisión). Los diálogos, dijo el propio director, fueron minuciosamente construidos durante ¡22 años! y también confesó que el objetivo inicial era hacer una obra de teatro. Ahora Campanella ha vuelto a plasmar esa atmósfera teatral en las pantallas. Con la recientemente estrenada Parque Lezama, el oscarizado director nos sumerge en la improbable amistad entre un militante comunista de larga data y un hombre conformista, quienes desde una banco del parque comparten charlas llenas de humor y emoción, enfrentando dilemas personales, familiares y sociales.
El Lezama es, tal vez, el parque más lujoso de Buenos Aires. Situado en el acaudalado barrio de San Telmo, ha servido en la ficción de punto de encuentro para Martín y Alejandra, protagonistas de la novela Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. En esta ocasión, vemos en pleno otoño, y sólo en ese espacio verde y a lo largo de dos horas (todo un desafío cinematográfico), a León Schwartz (comunista soñador) y Antonio Cardozo (conserje resignado), interpretados magistralmente por Luis Brandoni y Eduardo Blanco, quienes se enfrascan en un constante duelo entre el conformismo y el compromiso. Cada uno de sus diálogos no sólo exhiben dos maneras (¿complementarias?) de ver el mundo, sino una serie de emociones sutiles, nostalgia y ternura: “Tu revolución ha terminado. Es vieja. Se acabó. ¿Has visto últimamente a la gente, a las queridas masas? Les importa un carajo”, dice en un momento de la cinta la exasperada hija de León, a quien él acusa de “haber cambiado a Marx y Lenin por Dolce y Gabbana.”
Hace ya más de 40 años, en 1984, Juan José Campanella era un estudiante de cine en Nueva York que iba constantemente al teatro. La obra que vio más veces se llama I’m not Rappaport y muy probablemente fue la que delimitó su universo creativo: los grandes temas de la vida (el amor, el paso del tiempo, la familia) desarrollados por gente común. Ahí están como ejemplo El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia o Luna de Avellaneda. Es un tipo de cine que más que para evadirse es para reconocerse y que llega a la mente a través del corazón.
Más de dos décadas después transformó aquella obra gringa en Parque Lezama y completó más de 14 mil funciones, con gran éxito de crítica y de público, en Argentina y España. A diferencia de la obra de teatro, claro, la película hace gala de los primeros planos, los detalles gestuales y reacciones, algo que es un poco más difícil apreciar desde un patio de butacas. Pero lo más importante es que Campanella confirma que hace películas como quien hace estupendas travesuras.
AQ / MCB