En 1992 se presentó la primera exposición de la colección Gelman en el Centro Cultural/Arte Contemporáneo (Fundación Cultural Televisa). Para completar mi texto en el catálogo correspondiente, en 1991 entrevisté en su departamento de Las Lomas a la octogenaria Natasha Gelman (1912-1998), originaria de Moravia, quien con su esposo Jacques (1909-1986, ruso emigrado productor de películas de Cantinflas) creó dos colecciones de arte moderno de insuperable calidad y codiciadas a escala internacional. Una, la europea, dedicada a las vanguardias de Matisse, Picasso, Braque, Léger y Klee, entre otros, se despliega de manera permanente desde 1998 en un ala a nombre de la pareja en el Metropolitan Museum de Nueva York. La otra, de la Escuela Mexicana, tras viajar por el mundo entero bajo la firma de la Fundación Vergel propiedad de Bob Littman (exdirector del CC/AC), se vendió recientemente a una familia de empresarios regiomontanos que la prestó en comodato a la Fundación Banco Santander para exponerla por tiempo indefinido en España, lo cual desató una furiosa polémica de tipo patrimonial en nuestro medio. Mientras tanto, se puede visitar una selección del acervo Gelman en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México hasta el próximo mes de mayo. En este contexto he considerado importante recuperar las palabras de Natasha sobre esta colección.
¿Cuál fue el primer cuadro que adquirieron juntos, Jacques Gelman y usted?
Déjeme pensarlo. Fue un cuadro de Picasso, la cabeza de una niña. Lo tenemos todavía. Un amigo trajo dos de Europa, compramos primero la niña.
¿Y de pintores mexicanos?
En arte mexicano no compramos luego luego, al principio. El primero fue mi retrato, que Jacques encargó a Diego Rivera [en 1941]. Empezamos una amistad con Diego y Frida. Diego tardó un año en entregármelo. Era una época muy divertida, había mucho teatro en México. La troupe de Louis Jouvet pasó por México de una gira por Sudamérica para reunirse con las Fuerzas Libres de De Gaulle [en Londres]. Había un evento cada noche en Bellas Artes. Por supuesto, Diego no tenía tiempo de trabajar en mi retrato.
¿La amistad fue la principal circunstancia para emprender la colección mexicana?
Sí. Poco a poco empezamos a frecuentar a los artistas. Con Siqueiros, por ejemplo: él vino un día a mi casa a tomar un té en la tarde. Y llegó Diego. Empezaron las discusiones, hasta las dos de la mañana, y ellos seguían con el té. Cuando Rufino Tamayo volvió de Nueva York en 1948, encontró un estudio en avenida Insurgentes y Jacques le preguntó si quería hacer mi retrato; Rufino dijo: “Sí, encantado” y empezamos a trabajar. Es un cuadro bonito. Ángel Zárraga era un señor simpático, muy educado; Jacques le encargó nuestros dos retratos. Con Chucho Reyes teníamos amistad, le compramos dos obras, en mi vestidor en Cuernavaca tengo sus rosas, muy bonitas. Le gustaba mucho el arte popular. Y claro que recuerdo a Miguel Covarrubias, escribió sobre las islas del Pacífico Sur; él fue por Diego y le dijo: “Vamos a una feria, va a estar muy buena”, y allí le hizo la caricatura tal cual iba vestido. (risas) Con José Clemente Orozco no fue amistad, no congeniamos.
¿Qué los impulsó a comprar arte mexicano?
Yo era activa coleccionando arte ruso, antigüedades, bibelots. Viajaba muy seguido a zonas arqueológicas, a la selva lacandona, a todos lados ⎯nadie lo hacía en aquella época. Y pues así, viendo viene el interés. Yo compraba cosas, a mi esposo no le gustaba: “No te digo nada de tus cosas precolombinas mientras estén detrás de la lavandería, allí que se queden, pero no las vayas a sacar nunca”. No las saqué. Pero un día decidí hacerme una casa en Acapulco y yo sola, mientras mi esposo trabajaba en una película, diseñé los planos y todo, me divertí horrores; cuando la casa estuvo terminada, la decoré con todas mis piezas precolombinas. Tenía yo arriba una sala muy grande, toda pintada de azul añil, con puros nichos iluminados con foco amarillo. Mi esposo no estaba eternamente con la película, ¿verdad?, así que le dije: “Jacques, voy a hacer un housewarming party”. “Ah, muy bien, ¿me invitas?” “Claro, eres siempre el primer invitado.” En el avión a Acapulco llovió tanto que nos tuvimos que regresar con todos los amigos, Dolores del Río con Lou Riley, etc. Llegamos por fin. Entramos a la casa él y yo, bajamos a los diferentes pisos, el bar, la alberca, la vista hacia el mar y al fondo el sol brillando. Mi esposo se quedó sin palabra. “¿No dices nada?”, le pregunté. “¿Qué quieres que te diga, que está preciosa? Tú lo sabes.” “Lo sé pero lo quiero oír de ti.” Al día siguiente llegaron las visitas, el primero que entró fue [Fernando] Gamboa y dijo: “Pero Jacques, nunca me dijiste que coleccionabas arte prehispánico, ¡y mira nomás qué piezas, qué bárbaro!” Yo me fui a la cocina, no quise que se sintiera relegado. Pasamos a cenar, todos estaban enloquecidos. La casa, situada muy en alto, bajaba hasta el mar donde construí un muelle para llegar con mi barco cuando quisiera; había yo iluminado también el fondo del mar. No pusimos ningún cuadro mexicano, ni uno.
Cuando no mediaba un trato directo con los artistas, recurrían a marchands, subastas y galerías. ¿Hay adquisiciones recientes?
Para comprar un cuadro no se necesita conocer al pintor. A María Izquierdo no llegué a conocerla; no tengo tanta obra de ella, solo dos. Es imposible tener interés por todo al mismo tiempo. ¡No podía verlo todo! (risas) Juan Soriano, Francisco Toledo no me interesaron. Pero últimamente compré dos cuadros maravillosos de Agustín Lazo; los vi en un catálogo americano y me pareció muy bien, entonces los compré.
¿Fue usted cercana a Frida Kahlo?
A Frida la conocí [en 1943] y le pedí que me hiciera un retrato. Mientras platicábamos de todo, ella pintaba el cuadro, y yo como posando sin posar. Era muy agradable. Poco después, me dice: “Ay Natasha, ven hoy en la noche a un coctel abajo de la tienda de Châtillon” (el famoso diseñador de vestidos y sombreros). Ella tendría allí una pequeña exposición. Fuimos Jacques y yo, sin saber lo que encontraríamos. Entro y veo Diego en mi pensamiento. Me gustó tanto que le pedí a Jacques que me lo comprara. “¿Pero cómo vas a querer un Frida Kahlo? Natasha, si hace tres meses en París estabas enloquecida con un Braque”. “No tiene que ver una cosa con la otra, no se trata de clases ni categorías. ¡Este cuadro yo lo necesito! ¡A fuerzas!” Pregunté cuánto costaba, 12 mil 500 pesos, muy bien. Hasta hoy lo adoro como el primer día en el sótano de Châtillon. Tuve amistad con Frida, pronto le encargué La novia que se espanta de ver la vida abierta, le compré el Autorretrato con monos y muchos más. Me divierten, me dan mucho placer. En el caso de Frida, yo decidía.
¿En qué otras ocasiones Jacques no le “siguió la corriente”?
Un día llegué a mi casa del mercado, por algo no estaba de buen humor. Subí la gran escalera al primer piso donde habíamos colgado el fantástico Renoir La loge, y pensé: “Este cuadro tiene que salir de aquí, si no me iré yo”. (risas) Llega mi esposo a comer y me dice: “¿Qué te pasa, qué tienes?” “Te lo voy a decir: ya no soporto el Renoir, no lo aguanto. No sé por qué, pero no puedo vivir en la misma casa que Renoir”. (risas) Jacques propuso: “Gunther Gerzso se va a Europa pasado mañana, le voy a decir que pase antes por Nueva York y deje el cuadro allí”. Así le hicimos: en tres días estaba vendido. Años después lo vi en un museo en Brasil, divino allí porque es un cuadro para un museo. Lo voluptuoso, la escena mundana, la mujer con la blusa verde y pelo rojo en primer plano, los hombres de frac… Es demasiado exuberante para una casa particular. Es difícil vivir con una pintura overpowering, para mí es demasiado. Es un cuadro precioso, pero no es mi estilo. Le dije a Jacques: “Muy bien, ¿y ahora qué vamos a comprar: por qué no Miró?” “¿Miró? ¡Pero va a ser una revolución en la casa!” (risas). Pues que haya una revolución. Probemos. Tengo Mirós magníficos.
Ayer Gunther Gerzso me dijo que no había un solo cuadro que fuera malo en su colección. ¿Su esposo decidía más que usted? Al parecer, él se inclinaba por lo clásico y usted era más audaz.
Puede que sí. Pero Jacques tenía un gusto formidable, único. El gusto viene de adentro de uno mismo. No es el resultado de una formación especial. Es innato, uno nace con él, absolutamente. Jacques muchas veces tomaba la decisión, otras veces yo, como en los casos de Frida y Miró.
¿Qué cuadro prefiere de su colección mexicana?
Es muy difícil escoger uno. Estoy viendo en este momento un cuadro que me encanta: el Diego Rivera cubista, es fabuloso, tan sencillo. Yo sé que a mí me gustan los cuadros más sencillos.
Si tuviera usted que abandonar todo intempestivamente, ¿qué cuadro conservaría?
No lo sé. (risas)
De sus retratos, ¿cuál es su favorito?
El de Diego Rivera, también el de Frida ⎯es chiquito pero muy bueno.
Tengo entendido que los óleos abstractos de Carlos Mérida fueron adquisición reciente.
Es lo último que compré. No recuerdo cómo conocí a Mérida; uno conoce a tanta gente a través de una vida. Estaba casado con una hermana de Diego, ¿no? Ah, sí, sí, ya sé. Lo confundo con Carlos Orozco Romero, que trabajaba en Bellas Artes (tenemos cuatro cuadros de él). Hace un año vi un cuadro muy grande del guatemalteco… voy a preguntar su nombre a mi recamarera, ella sabe. (risas) ¡Mérida! Enorme, lo puse en mi recámara en Cuernavaca, aquí en la Ciudad de México no cabe. En un vuelo a Nueva York, leí una revista que anunciaba una subasta y estaba reproducido el cuadro. Fui dos días antes de la venta a verlo: ¡impresionante! Ayer estuve en Cuernavaca con Littman, entró a mi recámara y exclamó: “¡Aaaah, óyeme, qué cuadro!” No he comprado nada últimamente, excepto Mérida. Hay que tener también el tiempo para esto. Por otra parte, he estado enferma, ¿y quién tiene interés por un cuadro estando enferma?
¿Con qué artistas tuvieron ustedes más cercanía entre los mexicanos?
Con Diego y después con Gerzso [pronuncia Gersho]. Fue una amistad larga con Diego, también porque venía muy seguido a Acapulco. Todo son épocas en la vida. De Gerzso nos interesó toda su obra; me encanta, es muy agradable vivir con sus cuadros tan silenciosos.
La colección Gelman ha ido cobrando mayor presencia. ¿A qué lo atribuye usted?
Naturalmente, hay épocas: actualmente Frida todo el tiempo está en demanda. A mí me los piden día y noche, constantemente. Ahora están en la exposición “México. Esplendores de treinta siglos” en el Met de Nueva York [antes itineró por San Antonio y Los Ángeles, y terminaría su recorrido en San Ildefonso], adonde vaya usted hay publicidad de Frida en la calle, muy chistoso. Hace mucho que no veo mis Fridas. Presto un cuadro aunque no lo vea en dos años, no me importa; hay que hacerlo por la obra y por el pintor y por el público. Gracias a Dios, toco madera (risas), tengo bastantes cuadros, nunca he tenido un hueco porque se me fuera uno, los cambio de lugar. ¡Siempre he tenido tantos cuadros, en Nueva York y aquí y en Cuernavaca!
¿Usted contribuyó a la fridomanía?
Un día me habló [la curadora] Erika Billeter ⎯la conocí cuando trabajaba en un museo de Zurich. “Estoy organizando una exposición en Alemania, necesito unos buenos cuadros que usted me preste”. “¿Cómo se va a llamar?” “La imagen de México”. “Pase usted, escoja lo que usted quiera”. Nomás por el título, porque es lo más importante en una exposición. (risas) Llegué a Franfkurt a la inauguración [Schirn Kunsthalle, 1987], estaba yo tan enferma, agarré un resfriado espantoso en París... Y vi cómo todos los alemanes estaban [agrupados] alrededor de los cuadros de Frida, ¡increíble, increíble! Una muchedumbre, y todo lo demás vacío. (risas).
AQ / MCB