Cultura
  • Frida Kahlo nos enseñó a ver: Guillermo Monroy, el penúltimo de “Los Fridos”

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Guillermo Monroy, 1924-2026. (Foto: Fernando Montes de Oca)

El pasado 11 de febrero, a los 102 años, murió el penúltimo de “Los Fridos”. Como homenaje rescatamos esta conversación en la que, entre otras cosas, recuerda su experiencia con la Maestra Frida.

—Entonces, ¿quieres que te cuente desde que nací hasta ahorita? —preguntó Guillermo Monroy, uno de “Los Fridos”, cuando lo entrevisté el 24 de noviembre de 2011. —Te voy a contar un cuento muy chistoso: Había unas gatitas en la azotea. Una de ellas, muy jovencita, estaba contenta porque había conocido un gato muy padre, muy bonito, que le gustaba mucho. Presumió a sus amigas que se había conseguido un galán a todo mecate y que él le empezó a contar toda su vida. ¿Cómo? se sorprendieron aquellas, un poco envidiosas. Sí, dijo la gatita, desde que nació hasta que lo caparon —y el maestro suelta la carcajada antes de añadir: Espero que no hayas grabado esto. Me gusta mucho el cuento, es simpático, aunque trágico y doloroso.

Si algo definió al pintor y muralista Guillermo Monroy (1924-2026) es el amor a la vida, la pasión por su trabajo, por contar sus recuerdos generosamente y compartir su pensamiento y visión del mundo.

—Nací, como sabes, en Tlalpujahua, en Michoacán. Al escasear el trabajo en la mina, escaseó el dinero y nos mudamos al Distrito Federal [ahora Ciudad de México]. Mi familia es de carpinteros de obra negra, pero aquí se enseñaron a hacer muebles, sillas, roperos y todo eso. Aprendí el oficio de la carpintería y a barnizar y muñequear los muebles con laca.

“Entré a trabajar a una fábrica de muebles coloniales. Tendría unos 14 años. Mi padre habló conmigo y me dijo: Lo que traes a la casa nos ayuda mucho, pero tú tienes que hacer lo que te guste.

Guillermo Monroy
Guillermo Monroy se formó en la escuela de artes La Esmeralda. (Foto: Fernando Montes de Oca)

“Muy cerca de la escuela Belisario Domínguez, donde estudiaba en el Centro, había otra escuela a donde llegaban unas muchachas muy guapas. Un amigo me dijo que las pintaban desnudas y propuso que nos inscribiéramos para poderlas ver. Eran modelos. Yo, desde antes dibujaba, copiaba ilustraciones y, sobre todo, los calendarios de Jesús Helguera que a mi madre le encantaban y los ponía en la pared para adornar la casa. Me quedé en esa otra escuela, La Esmeralda, porque sentí que ese era mi lugar”.

Al ver su empeño, los maestros Feliciano Peña y José Chávez Morado decidieron darle una beca a él y a otro muchacho, Arturo El Güero Estrada. De los 15 pesos que recibía mensualmente, Monroy le entregaba la mitad a su mamá. Con el resto compraba pinceles y cuadernos. Aprendió a hacer sus colores moliendo los pigmentos y a envasar los óleos.

Cuando Antonio Ruiz, El Corzo, El Corzito, fue director, invitó a dar clases a Manuel Rodríguez Lozano, a Agustín Lazo, a Raúl Anguiano, a María Izquierdo e incluso al poeta surrealista francés Benjamin Péret. “En 1942 se suman Diego Rivera y Frida Kahlo” —los recuerdos de Memo Monroy fluyen serenamente. Sus palabras parecen estar pintando el gran lienzo que fue su vida.

—Él nos dio clase de composición mural. Ella consiguió que pintáramos la pulquería La Rosita que estaba en Coyoacán.

“El trato que hizo la maestra Frida con el dueño de la pulquería es que ella ponía los materiales a condición que él hiciera la fiesta de inauguración. Se repartió un volante invitando al pueblo de Coyoacán a la gran pulquiza que iba a haber ahí. El pulquero se lució con los mejores curados, adornó la pulquería con papel picado y aserrín color magenta en el piso. Los discípulos de Frida hicimos unos corridos que cantamos.

“Llegaron Lola del Río, el Indio Fernández, el maestro Péret, Concha Michel, guitarrista y compositora, gran amiga de la maestra Frida. Con ella ensayamos los corridos. Se agregó Diego Rivera”.

En general todos “Los Fridos” se refieren a Frida Kahlo llamándola Maestra: Arturo Estrada, Guillermo Monroy, Arturo García Bustos y Fanny Ravel pronunciaban esa palabra y su nombre con mucho respeto y, por extensión así se referían a Rivera. Ella, por su parte, los llamaba “chamacos” y decía sus nombres en diminutivo: Monroycito, Fanita, Güerito, Bustitos.

Kahlo impulsó mucho a sus cuatro devotos alumnos. Ellos pintaron en la Casa de las Madres Solteras “Josefa Ortiz de Domínguez”, para mujeres que se ganaban la vida lavando ajeno y planchando.

—La maestra Frida nos dijo: Hagan sus bocetos, chamacos, y las compañeras lavanderas van a escoger y decidir dónde se va a pintar cada proyecto.

El maestro Memo gusta precisar que la temática giró en torno a las lavanderas llorando sobre la tumba de sus esposos, el momento en que deciden unirse en una cooperativa para ser más fuertes con el apoyo del presidente Lázaro Cárdenas. Ellas juntaban un peso con cincuenta centavos a la semana y les compraban tortas y se iban todos a comer al jardín de La Conchita.

La inauguración fue otra fiesta: “En vez de “pulquito hubo tequilita y llegaron los músicos, los intelectuales revolucionarios y se hizo un jarabe loco que no te imaginas. El maestro Diego pronunció un discurso sobre los pintores de la nueva generación, promesas de México, y nosotros felices.

“Tú sabes que Diego era el más culto de los tres muralistas. Hablaba español, desde luego, pero también francés, inglés, italiano y ruso porque pasó quince años en Europa. Y vaya que sabía de historia de México, de filosofía, de marxismo. Conocía las zonas arqueológicas. Él hizo unos dibujos bellísimos para ilustrar el Popol Vuh. Pero tú lo veías con sus zapatos mineros, su overol, su sombrero y su paliacate y parecía un maestro de obras común y corriente. Yo me sentí muy identificado con él porque mi papá siempre vistió de mezclilla. A todos nos dio por vestirnos igual que el maestro Diego.

Guillermo Monroy
Guillermo Monroy: “Me dije: Esta es mi gente”. (Foto: Fernando Montes de Oca)

“A la maestra Frida le encantaban los mercados, la barbacoa, el pápalo quelite, los chilitos en vinagre, las salsas de molcajete, los ramos de nube. En su casa los muebles y el piso estaban pintados de congo amarillo. Mi mamá, en mínima escala porque éramos pobres, también tenía su cocinita con cazuelas y jarritos. El maestro Diego hablaba en sus conferencias del gusto estético del pueblo mexicano: Las mujeres ponen tierrita en una lata y crecen las flores para adornar la casa. ¿Qué te quiero decir? Sentí que estaba en mi mundo. Un poco superior en cuanto al mobiliario y ciertas costumbres, pero los maestros cantaban las mismas canciones que mi papá y mi mamá. Me dije: Esta es mi gente. Ellos me trataban de ‘compañero’ o ‘camarada’ o ‘Monroycito’. Diego contaba unos cuentos colorados que a mí me parecían inocentes porque los de mi barrio sí que eran cargados y la maestra Frida se reía y ella también contaba cuentos colorados y yo me reía.

—Cuénteme de Frida Kahlo como maestra. ¿Cómo eran sus clases?

—Ponía una mesa en el jardín de su casa azul, excelentemente puesta, adornada con frutos y jaras de agua de tamarindo, de jamaica, de limón con chía. Se sentaba con nosotros y decía: ¿Qué les parece esta mesa? ¿Bonita? No pues sí, le respondíamos. Yo quisiera, volvía ella a decir, que uno de ustedes la descompusiera y la arreglara a su gusto, Y ahí nos tienes descomponiendo la mesa y arreglándola. Tiene su chiste poner una mesa, es una cuestión estética. Mi madre ponía unas mesas primorosas los domingos: el molcajete al centro, la canasta de tortillas, el mantel bordado por ella misma. Yo me acordaba de mi mamá y arreglaba la mesa. La maestra Frida no te decía si estaba bien. Preguntaba a todos nuestro parecer, teníamos que argumentar y ya después nos invitaba a comer lo que había sobre la mesa. Esa era su manera de enseñarnos.

“Parecía distraída y de pronto preguntaba: Güerito Estrada, ¿ves esas plantas? ¿Qué te parecen? ¡Obsérvalas bien! ¿De qué color son? Nos hacía analizar los colores. Nos estaba enseñando a ver.

“Te quiero decir una cosa. Cuando ella llegó a La Esmeralda y nos la presentó Antonio Ruiz, ¿ves cómo se vestía? Pues yo vi una flor en movimiento; sonreía, platicaba, venía del brazo de su hermana Cristina. Sentí que me estaba enamorando de ella.

“Ingresé al Partido Comunista por ahí del año 44. Teníamos una célula que se llamaba ‘Silvestre Revueltas’ en la que también participaban José Chávez Morado, Olga Costa, Seki Sano, Lola Bravo, Clarita Porcel y Xavier Guerrero, y Guillermina Bravo con su esposo, Carlos Sánchez Cárdenas, un militante muy activo que dirigía La voz de México, el periódico del Partido. Lo quise mucho, lo admiré: me entusiasmaba su manera de hablar en los mítines callejeros.

“Por recomendación de Frida Kahlo, trabajé con el arquitecto y pintor Juan O’Gorman. Viví todo el proceso de decoración de Ciudad Universitaria. Ahí nos frecuentábamos con Rina Lazo, Arturo García Bustos, Jesús Álvarez Amaya y el Güerito Estrada. Era formidable ver al maestro Diego Rivera en un andamio, con un magnavoz indicando lo que se tenía que hacer en el talud del estadio [de CU]. Yo participaba con un equipo encargado del cuerpo mayor de la Biblioteca.

—Dicen que Rivera choteaba mucho a O’Gorman y le decía que ese mural parecía sarape de Saltillo.

Todos se criticaban muy fuerte, unos a otros. Por ejemplo, Siqueiros le decía que su ‘decoración’ parecía caja de Olinalá. Y O’Gorman le contestaba: ¡Claro que sí, las cajas de Olinalá son muy hermosas y me honro de hacer un trabajo parecido al que hacen nuestros artesanos!

El maestro Monroy se explayaba al hablar de esa época de su vida, pero casi no mencionaba sus exposiciones en México y en el extranjero, los reconocimientos como la Medalla Bellas Artes, el Premio Morelense por Excelencia o el homenaje por su centenario. Prefería rememorar a su hijo Guillermo Diego que desde muy niño amaba la música al punto de consagrarse a ella; compartir su admiración por la vocación artística su nieta Amanda: primero por la danza y después por la pintura.

Decía que para mantenerse en forma había que amar sin reserva, disfrutar el trabajo, luchar todos los días por un mundo mejor, más justo y, muy importante, “comer veinte uvas verdes en la mañana”.

El pasado 11 de febrero se fue en paz. A lo largo de sus 102 años de vida puso el corazón en lo que hacía y se dio un último gusto: pedirle al joven fotógrafo Fernando Montes de Oca que le hiciera un estudio fotográfico que lo muestra trabajando apasionadamente.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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