A principios de febrero, la actuación de Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, en el medio tiempo del Super Bowl levantó opiniones controversiales que ya no es útil revisar aquí. Lo único que puede resultar pertinente a estas alturas es recordar que la avasallante presencia puertorriqueña —caribeña en general— y latinoamericana en la ciudad de Nueva York lleva décadas imponiendo su impronta, y no solamente a través de la música. Pero antes de pasar a otros terrenos, es inevitable recordar a Willie Colón, con el alma atravesada por las lágrimas de puro agradecimiento. Aunque nació en El Bronx, Willie Colon fue uno de los más sobresalientes perfiladores del rostro de la cultura nuyorican (el término describe a los puertorriqueños nacidos o criados en NY) a través de la música, culpable, por ello, de provocar que todo el mundo quisiera bailar salsa.
Además de en otros escenarios, como la comida y la lengua, no todos los habitantes de esta ciudad (y menos del resto de los Estados Unidos) saben o están dispuestos a reconocer que en el arte contemporáneo los caribeños y latinoamericanos también han hecho historia y constituido vanguardia. Es una fortuna que el Museo del Barrio, un espacio fundado en 1969 por Raphael Montañez Ortiz y un grupo de puertorriqueños, padres de familia, artistas y educadores como él, además de activistas, exista para recordárnoslo.
Y todavía más fortuna es que en la exposición Jangueando, que reúne las adquisiciones recientes del museo, haya obra de artistas mexicanos como Lola Álvarez Bravo, Eduardo Abaroa, Abraham Cruzvillegas, Mundo Meza y Laureana Toledo.
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El edificio Heckscher Building, que aloja al Museo del Barrio y al Harlem Center for Education, está en East Harlem. La fachada da la cara a un Central Park en el que ahora predominan los tonos marrones de los árboles ya sin hojas y el pasto amarillento.
El parque apenas se estaba recuperando de la tormenta de nieve de mediados de enero cuando se anunció que al día siguiente llegaría un blizzard, algo que es posible explicar como una precipitación de nieve combinada con vientos de cerca de 56 kilómetros por hora.
Los neoyorquinos aprovechamos las últimas horas para hanging out (pasar el rato) antes de que la nueva emergencia meteorológica nos mandara a encerrar (aunque aún no lo sabíamos); en esta zona algunos se decidieron por caminar en el parque; otros, por visitar el Museo de la Ciudad de Nueva York. Yo escogí calentarme un poco el corazón con arte latinoamericano, así que me fui al Museo del Barrio.
Jangueando: Adquisiciones recientes, 2021-2025 es una exposición que traza un panorama de la vitalidad del arte que se ha producido en América Latina y el Caribe en los últimos años. También el de la diáspora y los hijos y nietos de la diáspora en esta ciudad que se resisten a ser borrados del mainstream del arte.
La muestra está dividida por secciones temáticas. En la primera, llamada “In The Club”, los artistas exploran la liberación de los cuerpos, la alegría, la pertenencia, así como la construcción, resistencia y apropiación de las comunidades queer y trans en esos espacios. Se trata de un coloridísimo mural en papel tapiz, una escultura de triángulos de neón y fotografías a blanco y negro.
“Precarious Structures” es una declaración, a través de acuarelas, estructuras y esculturas, de cómo los gobiernos, instituciones y compañías del capitalismo tardío han conducido a la precariedad, la gentrificación, el desplazamiento y la inseguridad habitacional en ciudades a lo largo de todo el continente.
“Nuyorican State of Mind” es un testamento a la resiliencia y el orgullo de las comunidades de la diáspora de Puerto Rico en esta ciudad. Destaca la expresión vitalísima de la conductora de televisión Rhina Valentín, alias La reina del barrio, en el busto realizado en yeso por los artistas Rigoberto Torres y John Ahrean, así como el óleo sobre lino: Loyalty like this doesn’t exist anymore, obra de la brooklyniana-puertorriqueña Danielle de Jesus, que retrata la tensión entre la lealtad a las raíces y el acoplamiento al nuevo país en un brazo tatuado con la palabra Bushwick (nombre de un conocidísimo barrio en Brooklyn) y una playera roja con el rostro de un apache en blanco y negro.
El trabajo en la construcción, con sus turnos interminables y salarios de miseria, o en fábricas donde se producen objetos en masa, así como las tensiones entre las fronteras de México y Estados Unidos, encuentra su colorida y ecléctica representación en la sección “Pop Labor”. Un par de martillos pintados en esmalte acrílico verde y rosa que conforman la obra Gimme Shelter, de Abraham Cruzvillegas, no hacen sino reforzar, por la contradicción a la que apelan los colores, la sensación de enajenación que conllevan este tipo de labores.
“Visionarias”, mujeres que miran, son las protagonistas de esta sección. Aquí está el singular retrato que hizo Lola Álvarez Bravo a una Frida Kahlo que se mira al espejo acompañada por sus dos perros xoloitzcuintles. Frida Kahlo mirando al espejo con dos perros es un momento íntimo en el que la pintora se asoma a su mundo interior mientras su amiga, la fotógrafa, se entromete y la capta para siempre con su lente.
En la impresión fotográfica con encaje y bordado llamada Visto, de 1995, Laureana Toledo juega con la ironía del título al mostrar a una mujer que se tapa ambos ojos con las manos. Al mismo tiempo, su torso desnudo se adivina entre las transparencias del encaje. Ser vista y no querer ver.
Las dos últimas secciones de la exposición, “Contemporary Maya Paintings” y “Ancestral Future”, establecen un diálogo entre tradición y vanguardia de artistas guatemaltecos, brasileños, peruanos, paraguayos y el tijuanense Mundo Meza. Óleos y acrílicos sobre lienzo, lana tejida en crochet, cerámica, madera tallada y técnica mixta reinterpretan, interrogan, evidencian los lazos entre las comunidades durante sus fiestas, la relación con sus linajes animales y el uso de las plantas y los hongos en la medicina tradicional.
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Menos de 24 horas después de mi visita al Museo del Barrio, el alcalde Zohran Mamdani ordena el cierre del tráfico y la prohibición de viaje en los cinco burroughs que conforman la Ciudad de Nueva York: Manhattan, Brooklyn, El Bronx, Queens y Staten Island. Es un toque de queda que solo exime a trabajadores esenciales y a viajes de emergencia. El alcalde lo definió como un “cierre de calles, carreteras y puentes de la ciudad al tráfico general, ya sea de automóviles, camiones, scooters o bicicletas eléctricas”.
Mientras escribo y bebo un té en el apartamento que rento en El Bronx, me alegro de haber podido ir a janguear (que viene de hanging out) al Museo del Barrio antes de que esta nueva tormenta con vientos helados obligara a su cerrarlo.
AQ / MCB