M+.- "Esto nos tocó y yo insisto mucho que no es un tema de valentía. Yo no me considero valiente, yo creo que más bien se trata de aprender a vivir a pesar del miedo". Gustavo Lizárraga lo recuerda con claridad. El zumbido de los balazos impactando a escasos centímetros de su cabeza quedó grabado en su memoria como una de las coberturas más difíciles que le ha tocado realizar al ser reportero de nota roja en Sinaloa.
Se encontraba en Navolato cuando la balacera comenzó. A pesar de contar con un protocolo de seguridad que ha perfeccionado a lo largo de los 28 años que lleva ejerciendo, aquel día su único escudo fue el marco de una puerta y la adrenalina que su cuerpo emanaba para despertar su instinto de supervivencia.
Como reportero y editor en El Debate, reconoce que ser periodista en el bastión del Cártel de Sinaloa le ha enseñado a mirar la noticia de una forma más sensible y humana, aún y cuando la violencia que día tras día narra ha deteriorado su salud física y mental.
Esta es la historia de cuatro reporteros sinaloenses que, aunque tienen años de experiencia profesional, desde el 9 de septiembre de 2024 han mirado de frente y con todos sus matices la disputa que estalló entre Los Chapitos y Los Mayos en Sinaloa. Sus plumas no sólo han permitido al resto del país conocer la realidad del estado, sino que también reflejan la parte más noble del periodismo, aquella cuyo objetivo se centra en la verdad y en el servicio a la ciudadanía.
El camino a la nota roja
La esencia de la nota roja es la tristeza, dice Gustavo Lizárraga. Inevitablemente, tanto él como el resto de reporteros que la cubren en Sinaloa saben que en el momento que la información comienza a llegar significa que a alguien le fue mal. Alguien murió, alguien fue detenido, alguien resultó lesionado… la historia de alguien se convirtió en tragedia.
¿Cómo esas historias llegan a ser parte de su día a día? Para el editor de El Debate todo comenzó en su carrera académica. Estudió derecho y la rama penal lo hizo interesarse en dicho entorno, no obstante, durante sus años universitarios la vida lo llevó a ser corrector ortográfico, fue entonces cuando se enamoró de la redacción y el periodismo.
Para Jesús Verdugo, periodista multimedia de Noroeste, las circunstancias fueron distintas. Estudió periodismo para encontrar a través de las letras un vehículo de denuncia, de visibilizar las injusticias que desde joven percibió en su alrededor. A sus 17 años publicó su primer trabajo periodístico en Ríodoce:
"Se trató de una crónica de como todos los muchachos de mi generación, de la escuela que iban creciendo junto conmigo en el barrio, donde vivo, fueron asesinados. Todos por motivos diferentes, pero todos relacionados con el narco", compartió Jesús Verdugo en entrevista con MILENIO.
Ernesto Martínez, reportero de Los Noticieristas, llegó a la nota roja luego de haber pertenecido a las Fuerzas Armadas. Asegura que únicamente había concluido la primaria cuando empezó a involucrarse en el periodismo primero como fuente, después como chofer y finalmente como reportero. Lleva más de 27 años documentando la violencia en Sinaloa.
La vocación de Manuel Aceves por el periodismo vislumbró a temprana edad. El corresponsal de MILENIO en Sinaloa recuerda las horas que pasaba jugando con una grabadora a tener su propio programa de radio. Aunque reconoce que disfruta cubrir diversas fuentes, el propio contexto de su estado lo llevó a explorar la nota roja.
Independientemente del camino que cada uno recorrió para llegar a convertirse en documentalistas de tragedias, todos coinciden en un punto: cubrir la nota roja es un trabajo que alguien tiene que hacer. ¿El costo? Mantenerse vivos.
¿Cómo es reportear la guerra en Sinaloa?
Desde hace tiempo que la información exclusiva dejó de existir en Sinaloa. Los reporteros de nota roja han encontrado en la colectividad la forma de disminuir riesgos en su oficio. Moverse en manada, aseguran, significa supervivencia.
Una comunicación constante con sus editores y mecanismos de protección para periodistas también forman parte de su preparación para salir a coberturas. A través de los años, cada reportero y cada empresa ha perfeccionado sus protocolos de seguridad. Desde la portación de chalecos antibalas por debajo de la ropa para evitar ser confundidos, pasando por la rotulación de los vehículos que se transportan para identificarse plenamente como prensa y hasta evaluar en el lugar de los hechos si pueden trabajar o no, forman parte de las medidas a las que se recurre.
Una vez en campo, sus sentidos se activan. La mirada se fija en el cielo ante la posibilidad de un ataque con dron o para observar el sobrevuelo de helicópteros de las Fuerzas Armadas. En tierra, la presencia de halcones o de los mismos agentes del orden también son motivo de riesgo para los reporteros. Al ser Culiacán una ciudad pequeña, no es difícil identificarlos, conocer sus rutas, sus ubicaciones, sus familias. Además de su espacio de trabajo, Culiacán es también su hogar.
"Dentro de los riesgos que asume uno como periodista de nota roja está el que te puedan pegar un balazo, que puedas ser agredido por los familiares, por las mismas corporaciones de seguridad de los tres niveles de gobierno [...] Sí es cierto, te da miedo, somos seres humanos, como la vez que me tocó la primera balacera del Culiacanazo, me dio muchísimo miedo pero sentí esa satisfacción de estar ahí", narró Ernesto Martínez a MILENIO.
Para Manuel Aceves los protocolos llegan hasta el tema editorial. Sabe que mencionar a uno u otro grupo en pugna puede tomarse como interpretación errónea, algo que puede culminar en eventos desafortunados como el ataque armado del que fue objetivo la redacción de El Debate en octubre de 2024.
"Justamente el día que se cumplía un aniversario más del llamado Culiacanazo y en un contexto donde había mucha violencia, nos dispararon [...] Fue un jueves y un sábado nos desaparecieron a un compañero de circulación. Andaba entregando periódicos pero la ciudad estaba pues suelta y se lo llevaron. No hemos sabido nada de él, de Sergio Cárdenas", recordó al respecto Gustavo Lizárraga.
El contexto lo dicta: ser reportero de nota roja en el bastión del Cártel de Sinaloa implica estar todo el tiempo alerta. El riesgo de ser alcanzado por una bala o ser objetivo de una amenaza es latente, lo respiran, se percibe y se arraiga también en su psique.
Miedo, paranoia, insomnio, estrés postraumático… cada uno de los cuatro reporteros entrevistados reconoce los estragos que su profesión ha dejado en su salud mental. Lo detectan en sus vínculos personales, al llegar a casa se perciben irritables, molestos y, hasta cierto punto, incomprendidos. ¿Realmente vale la pena?, se cuestiona Gustavo Lizárraga cuando algún hecho de violencia fuerte logra sacarlo de su centro. No tiene una única respuesta a su pregunta, sin embargo, ha aprendido a sobrellevar el miedo.
Al cansancio mental se suma el físico. La carga de trabajo que ha dejado la violencia que azota su estado desgasta su cuerpo que, sin importar el calor de más de 40 grados o las lluvias intensas, los lleva a recorrer senderos, a viajar por carreteras, a regresar a sus redacciones, a no dormir por mantenerse atentos a las alertas, siempre a contratiempo por la inmediatez que requiere la noticia.
"La forma en que se arriesga la integridad en algunas coberturas o incluso se pone en riesgo a todo tu entorno por publicar o al estar en ciertas situaciones no corresponde con lo que el oficio te paga [...] No tenemos ninguna garantía de que no nos va a pasar algo. No tenemos una garantía de que el ejército, de que los policías nos cuiden en la calle, incluso es hasta al revés, ellos mismos nos ponen en riesgo en ciertas ocasiones", reflexiona Jesús Verdugo.
Ernesto Martínez, reportero de Los Noticieristas, se suma a su crítica. Afirma que la carga de trabajo ha llegado a triplicarse por periodos, sin embargo, su sueldo y sus condiciones laborales continúan siendo las mismas a cuando no había estallado la guerra intestina del Cártel de Sinaloa.
Entonces, ¿Qué los motiva a seguir?. Además de ser el sustento económico de sus familias, la opacidad con la que se conducen las autoridades en Sinaloa ha avivado en ellos el compromiso de seguir informando y contando historias. En palabras de Manuel Aceves, las autoridades estatales se rehusan a dar declaraciones, a encabezar ruedas de prensa, a responder preguntas de reporteros. Como si dejando de hablar de inseguridad el problema desapareciera.
“Si no lo cuentas tú, ¿Quién lo va a contar?. Tienes que seguir, tienes que contar las historias, darle voz a la gente, a las víctimas, víctimas colaterales que pues en su momento fueron muchas", precisó el corresponsal de MILENIO en Sinaloa.
Si bien desde aquel 9 de septiembre de 2024 la carga de trabajo para los reporteros ha sido un sube y baja de emociones, los cuatro entrevistados coinciden en que la crisis comenzó años atrás con un episodio que se mantiene como una herida latente entre la sociedad ‘culichi’ y sobre todo en ellos como prensa: el primer Culiacanazo.
La evolución del conflicto entre Chapitos y Mayos en Sinaloa
Es 17 de octubre de 2019. El despliegue de fuerzas federales en Sinaloa presagia lo que el mundo llegaría a conocer como el Jueves Negro. Un intenso operativo destinado a arrestar a Ovidio Guzmán López -hijo de Joaquín El Chapo Guzmán- desata el caos.
Decenas de sus pistoleros se encargaron de mostrar el músculo de la organización delictiva a través de homicidios, privaciones de la libertad, bloqueos y balaceras. Esquivando balas y tratando de resguardarse, Ernesto Martínez transmitió en vivo uno de los enfrentamientos armados de aquel día.
Jesús Verdugo también recuerda haber quedado en medio de un fuego cruzado que lo obligó tirarse pecho tierra y a arrastrarse hasta un lugar donde estuviera a salvo. No fue sino hasta que llegó a su hogar que, tratando de digerir lo vivido, se percató de que su playera estaba llena de sangre de alguien que posiblemente perdió la vida aquel día. La cantidad de muertos que vio esa ocasión, hasta la fecha lo consterna.
"La experiencia de ese primer Culiacanazo, entender la naturaleza del fenómeno que nos tocó cubrir y los delincuentes allí a unos metros y disparándose hacia todos lados y nosotros tratando de cubrirnos y sabiendo que el objetivo no éramos nosotros, pero el riesgo era inminente porque había disparos por todos lados, corría gente por todos lados", recuerda el editor de El Debate, Gustavo Lizárraga.
Desde entonces los golpes no pararon para Sinaloa. A ese primer Culiacanazo le siguió la pandemia de COVID-19, posteriormente el segundo Culiacanazo en el que finalmente se logró el arresto de Ovidio Guzmán López y poco más de un año después el evento que lo cambió todo: el secuestro de Ismael El Mayo Zambada y su entrega a autoridades estadunidenses por parte de Joaquín Guzmán López.
Lo que Los Mayos tildaron de traición fue una bomba de tiempo. Las rupturas anteriores del Cártel de Sinaloa eran el precedente y los reporteros sabían que en cualquier momento todo estallaría. Y pasó. El 9 de septiembre de 2024 Ismael Zambada Sicairos, alias El Mayito Flaco, ordenó la expulsión de Los Chapitos de Culiacán.
"A las 7 de la mañana que explotó con una persecución en el centro de Culiacán, con balaceras, con asesinatos, sabíamos que algo grande estaba pasando, sin embargo, no esperábamos que durara tanto tiempo […] Pasaron 15 días con ese ritmo de casi 16 horas de trabajo continuo y fue cuando entendí que esto no se iba a acabar pronto pero que si yo seguía ese ritmo el que se iba a acabar era yo", narró el periodista de Noroeste, Jesús Verdugo.
La experiencia que acumula Ernesto Martínez en la fuente lo llevó a pronosticar que el conflicto duraría, al menos, cinco años. ¿El motivo? A diferencia de la guerra con los Beltrán Leyva o con los Dámaso, en esta ocasión son las dos facciones con más poderío económico e influencia del Cártel de Sinaloa las que se están enfrentando.
Ninguno de los cuatro reporteros entrevistados le ven un fin próximo al conflicto, no obstante, el mirar de frente, respirar y sentir en carne propia la violencia les ha permitido conocer sus dinámicas e identificar su evolución a lo largo de estos dos años.
"El narco ha evolucionado, se ha adaptado a la ciudad y a las distancias. Por ahí de repente ya el tema de los medios de digitales cobra más fuerza, le meten campañas, pareciera que están pendientes de lo que se hace o meten miedo a través de publicaciones [...] este tema tecnológico influye mucho, en los grupos de WhatsApp se comparte mucha información, TikTok que es muy fuerte, es una guerra distinta. Es una guerra física pero también el tema de la tecnología yo creo que hace que tenga un impacto más fuerte", precisa Gustavo Lizárraga.
La idea del reportero de El Debate la comparte su colega Jesús Verdugo, quien puntualiza que si existe algo que distingue al actual conflicto es que la ciudadanía está viendo la guerra en tiempo real derivado del auge de las redes y medios digitales. Para el resto del país es una cuestión informativa -incluso de morbo-, para Sinaloa es la proliferación del miedo.
"La gente siempre está alerta. No termina eso, no hay esa confianza plena en que no te va a pasar nada. Sales sabiendo que existe un riesgo", precisa Manuel Aceves, quien también destaca la cantidad de víctimas 'colaterales' que la guerra entre Chapitos y Mayos ha dejado.
Anteriormente, los códigos de la vieja guardia hacían pensar que mujeres, niños e inocentes eran intocables en sus conflictos, algo que dista mucho de la cruenta realidad del estado. Más allá del cambio generacional del Cártel de Sinaloa, el corresponsal de MILENIO explica cómo la necesidad de engrosar sus filas ha llevado a ambos grupos en disputa a reclutar a pistoleros jóvenes, adolescentes, inexpertos quienes han estado detrás de lo que el mismo denomina como "fallas logísticas".
"Se apoderó un miedo constante. Entendimos que esta última guerra del narco que estamos viviendo acabó con el mito de que no te pasa nada si no te metes en problemas. Hemos documentado infinidad de casos de daños donde balaceras, enfrentamientos pues, alcanzan a personas que iban pasando y ese temor de ser alcanzados por la violencia de manera indirecta generó un encerramiento total en Culiacán", apuntó al respecto el periodista de Noroeste, Jesús Verdugo.
Lo que inició en la capital sinaloense también se ha ido moviendo. El conflicto se ha extendido a zonas del norte del estado debido a alianzas tejidas entre grupos como ocurrió entre Los Mayos y el Cártel de Guasave, o en municipios del sur como Escuinapa por donde se adentró el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) para reforzar a Los Chapitos.
El trabajo de cada uno de los cuatro reporteros entrevistados para este trabajo da cuenta del dinamismo de la guerra intestina del Cártel de Sinaloa y de cómo, en ocasiones, la violencia se concentra en un solo punto para después transitar a otro en respuesta tanto a los mismos movimientos de los grupos en conflicto como a la estrategia que autoridades federales han implementado para intentar pacificar el estado.
¿Existirá algún día un bando ganador? El precedente de la guerra con los Beltrán Leyva y Los Dámaso indica que sí, que un grupo se tiene que anteponer a otro para disuadir el conflicto…no obstante, dicho panorama no necesariamente garantiza que la paz regrese a Sinaloa.
"Hay que ver al presente para voltear al futuro pero sin olvidarnos del pasado [...] Yo creo que tenemos que entender que quizá la nueva realidad es la realidad que siempre vamos a tener, una constante violencia, siempre con algún tipo de conflicto y por otro lado gobierno haciendo lo propio. En ese ajedrez de violencia no nos sirve de nada el que un grupo gane si siempre salen perdiendo las ciudades y las familias", opina Gustavo Lizárraga, editor de El Debate.
Ernesto Martínez piensa similar. Sostiene que mientras exista demanda de narcóticos en Estados Unidos, los grupos del narcotráfico en el estado seguirán existiendo y desatando algún tipo de conflicto sin importar cuál de las facciones resulte vencedora en la guerra actual. También coincide con Manuel Aceves en una postura que, fuera de Sinaloa, resulta controversial: el contrarrestar la ‘narcocultura’.
"Más allá de pensar en bandos, es más importante que se restablezca la paz y la tranquilidad, que de alguna manera se contrarreste la 'narcocultura' que nos tiene muy amolados. Ves como está Sinaloa pero viajas a otros estados que a lo mejor no han sido afectados con el tema de la violencia y escuchas que la gente trae corridos, o sea, se sigue alabando. Creo que esto es muy polémico pero desde mi punto de vista esa aspiración de muchos jóvenes a ser parte de un grupo delictivo pues es lo que nos tiene de alguna manera amolados", opina el corresponsal de MILENIO en Sinaloa.
La vocación de informar
Nadie sabe lo que le depara el futuro a Sinaloa. Aunque la esperanza está depositada en que algún día la calma regrese, mientras el caos siga sus reporteros se rehúsan a ceder ante el silencio. Gustavo Lizárraga asevera que, pese a todo, él se encuentra tan enamorado de la profesión como la primera vez que pisó una redacción. Jesús Verdugo y Manuel Aceves aseguran que es su trabajo ideal, mientras que Ernesto Martínez expresa sin titubeos lo mucho que le apasiona ser reportero.
Para los cuatro, la constante sigue siendo riesgo, el miedo, pero también las ganas de mantenerse vivos para continuar desempeñándose en su trabajo no sólo por gusto sino por la necesidad que existe de dar a conocer lo que ocurre en su estado. Más allá de una cifra fría y un relato frívolo, apuestan por las historias, por la responsabilidad social con una única petición: el respeto a su vida y a su trabajo.
Amanece otro día en Sinaloa. En cuestión de minutos, quizá horas, el teléfono de Ernesto Martínez sonará de nuevo presagiando una historia nueva que contar. Coordina su cobertura y prepara su equipo pero, sobre todo, su mente.
"Estoy consciente de que podría no regresar jamás a mi hogar y no ver a mi familia. Les digo que los quiero, nunca salgo enojado, siempre con la mejor cara para que ellos me recuerden -si es que no regreso- con esa cara, con esa sonrisa, con esa espontaneidad, con esa forma que soy yo, de divertido, de sarcástico", comparte el reportero de Los Noticieristas.
Gustavo Lizárraga no se percibe a él mismo como una persona valiente, esa es la única postura en la que difiero con él. Ser valiente no implica no sentir miedo sino afrontarlo, tal y como lo hace al ser editor en El Debate, como Jesús Verdugo en Noroeste, como Ernesto Martínez en Los Noticieristas, como Manuel Aceves en MILENIO y como el resto de reporteros y reporteras que se encuentran documentando la violencia en Sinaloa. ¿Qué falta? Aquello que Javier Valdez pedía: sociedad civil que acompañe al buen periodismo.
ATJ