Pongo el fondo antes que la forma. El sitio vacío en la fila se llena cuando aparece el individuo con el número que le corresponde según los cálculos de las autoridades. Un soldado se aproxima, le pide su nombre al individuo, que por favor lo deletree, revisa la lista en un cuaderno y señala que las referencias no concuerdan con los datos recabados a las seis de la mañana por el sistema que los militares han dispuesto con orgullo a lo largo de semanas. El uniforme del soldado tiene pliegues en los lugares precisos y ni una sola arruga en la tela verde; los detalles sobresalen gracias a los contrastes de la luz bajo el toldo donde se van acomodando los cuerpos con sus ropajes variopintos. Es muy conveniente que la realidad, de suyo compleja, no resulte sincrónica. Como bien señala Kafka, los nómadas conocen mejor la muralla que los propios constructores y, añado yo, existe una costumbre antigua que justifica cada uno de los huecos que lucen incomprensibles a simple vista. “A nuestro pueblo le urge abolir el presente”. En la parábola de Kafka el río de la primavera se desborda, pierde su curso y luego su destino. Deben acotarse las meditaciones acerca de los designios del alto mando. Un pensamiento de más rompería el molde mismo del pensamiento. ¿Quieres contemplar el mundo?: míralo cómo se disuelve bajo tus ojos. Sin duda, los individuos son personas todo el tiempo, incluso en aquellos momentos en que predomina la forma y se borra la trama del contenido: usted nació en tal año, usted en tal ciudad, usted en tal país, usted en tal época, usted cruzó la frontera, usted extendió los lindes de una playa. Eso nadie lo confunde; cuestión de lógica evolutiva, como le dicen ahora, con un dejo melancólico pues un grupo le quita su rango a otro etéreo, fallido, hasta inmoral en cuanto a las cuestiones de qué hacer con las manos en los ratos libres o con la cara en el reflejo del agua cada vez que se tapa el lavabo y no queda más que observar el sedimento. “Yo no voy a decir si pasó de este o del otro modo”, afirma Heródoto cuando le cuentan de los pleitos entre persas y fenicios. La historia como fábula es lo que leo. Arión fue “el primer poeta, que sepamos, que compuso el ditirambo”. Cantó de pie en una nave corintia y se arrojó al mar. Un delfín lo condujo a Ténaro. Sucede con el canto agudo que encandila como si fuera necesario; yo lo escucho temprano y me convenzo de que a las cosas ya no hay que llamarlas por su nombre. “Las experiencias que no se comprenden son alucinaciones”, escribe Salomón de la Selva en 1921. Los soldados se reúnen en la explanada, en los puertos, en los hospitales, en los sembradíos, en los pozos y en las franjas del escenario. Me conminan los adeptos: no se trata de una militarización de los espacios públicos. Basta de tergiversaciones. Las personas sonríen porque son educadas y prefieren no opinar sin resolver previamente el misterio de su ausencia en las listas. Yo sé quién es el señor más feliz de todos.
Colas
- En el banquillo
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Tedi López Mills
Ciudad de México /