El doctor admite que su diagnóstico suena feo, pero lo anota en la receta por si resulta necesaria alguna aclaración: “la paciente se encamina hacia una vejez exitosa”. Insiste en que se trata de una buena noticia. Salgo de su consultorio con los rayos x de mis rodillas y mi espalda en un sobre y bajo con lentitud las escaleras. Que sea tiempo de mujeres no me anima. Los huesos cuentan otra historia y no es fácil percibirla con claridad en las imágenes que el doctor señala con su lápiz mientras me explica a qué corresponden los huecos en forma de anillo y las zonas opacas en las articulaciones. Su tono es fatalista. Me habla de su mamá y de su tía, me pregunta si tengo quien se encargue de mí en el futuro y me dice que continúe yendo al gimnasio: “lo que se rompe se arregla: no se preocupe…”. En mi Uber reviso las instrucciones y busco los términos médicos en Google. Es jueves, son las cuatro de la tarde y pronto estaré de vuelta en mi casa. El viernes viajaré en avión para leer poemas en voz alta y participar en una mesa de diálogo: “El lector de poesía hoy”. Elijo un par de libros recientes y los meto con mi ropa casi toda negra en la maleta. Me despierto a la cinco de la mañana. Pienso en los temas que me interesaría discutir con mis colegas. Cualquier cosa aún es posible.
Asisto a una gala poética en la noche y procuro escuchar los versos y las estrofas con suficiente discernimiento para que no se mezclen en un mismo carril del recuerdo. Aplaudo entusiasta y decido que preferiría no ser yo. En mi cuarto de hotel me distraigo con pequeñas rutinas. Acomodo dos almohadas en el sofá y luego una tercera como respaldo vertical. Hago ejercicios frente al espejo. Abro cajones y no olvido cerrarlos. Me recuesto en la almohada vertical y leo unas cuantas páginas de la novela Lessons de Ian McEwan, cuya trama previsible me apacigua. Pienso de nuevo en los temas y hago un solo apunte en mi libreta: antes que nada, definamos hoy. El argumento rudimentario me parece profesional. Reviso mis libros y escojo una serie de poemas que considero más o menos aceptables. Intento imaginar al público. Por fin llega la hora.
Cuando discuto en la mesa de diálogo pierdo la noción de centro, con lo cual seguramente me transformo en un fenómeno extraño: alguien que borra lo que sabe en el instante preciso en que lo va a comunicar. Se menciona el régimen imperecedero del algoritmo. Un joven poeta sugiere que debemos regresar a los orígenes. Me gustaría entender las estructuras de los regresos, si son puentes o laberintos o calles. Cuando leo mis poemas en voz alta cambio de último momento la serie que elegí en el cuarto y el micrófono me estorba la vista. Una persona levanta la mano para reclamar que la poesía sea tan monótona: “varias veces he oído la palabra muerte… Escriban de objetos simples, cotidianos… Por ejemplo, el aire acondicionado”. Podría ser. Rima con mesurado, acongojado, ventilado. Las trampas en mi memoria son en realidad actos cognitivos.
AQ / MCB