Me perturba la falta de fechas, datos, en algunas afirmaciones de El arco y la lira. Por ejemplo, al principio de la sección “El poema” Paz escribe: “La primera actitud del hombre ante el lenguaje fue la confianza: el signo y el objeto representado eran lo mismo”. ¿En qué año de qué siglo surgió esta actitud de confianza? ¿Fue anterior a la era cristiana? Me pregunto si alguien la atestiguó y difundió la noticia. No pierdo de vista lo obvio: el hombre es todos los hombres, todas las personas, aunque no por eso supongo que tal acontecimiento —o el siguiente, la desconfianza— le sucedió a cada miembro de la especie de modo simultáneo. Si en mi vida cotidiana —absurda calificación pues no tengo otra— yo olvido cómo decir pala, pectoral, pinza, no le pasa también al resto de la humanidad. Sería dramático que los lapsus mentales fueran colectivos: apagones generalizados hasta que alguien —no necesariamente yo— se acuerda de la palabra exacta y hay un alivio enorme, luz de nuevo en las zonas oscuras.
De ninguna manera me estoy burlando. Las poéticas que he leído suelen ser ahistóricas. En ese sentido son fórmulas de fe o propaganda sublime. Doy otro ejemplo de Paz: “apenas el hombre adquirió conciencia de sí se separó del mundo natural y se hizo otro en el seno de sí mismo”. La operación es compleja. Imagino un paisaje primitivo. El hombre está lejos de su caverna, recargado en un tronco o, mejor, de cuclillas frente a un bisonte muerto, cubierto de sangre. Se oye el denso zumbido de las moscas. El hombre contempla el cadáver y siente el aguijón de la conciencia de sí; quizás en la noche, cuando se reúna alrededor de la fogata con su familia, sus amistades, le ocurra aquello de hacerse otro “en el seno de sí mismo”. ¿Se lo contará a los demás? La experiencia se parece a una sensación; describirla en voz alta podría provocar confusiones, malentendidos. ¿Cómo se explica, con modestia, que uno ya no es parte del mundo natural? En mi trama imaginaria los allegados al hombre lo van rechazando y él acaba encendiendo su fuego a solas. De poco le sirve la conciencia de sí cuando a él nadie lo percibe.
Las poéticas son una mezcla curiosa de filosofía y poesía: si no funciona el sistema lógico de una, se usa la magia enumerativa de la otra. Las atribuciones alcanzan niveles hiperbólicos: “el poeta funda al pueblo porque el poeta remonta la corriente del lenguaje y bebe en la fuente original”. Nunca he presenciado esa transfiguración en los hechos. La tomo al pie de la letra. Pienso en los mapas, los países, las ciudades, los barrios. Pienso en los poetas esforzándose por crear versos fundacionales, por purificar, según Mallarmé, las palabras de la tribu. Sabios supremos, monstruos, dijo Rimbaud, y luego puso distancia de por medio. En “Proema” de Árbol adentro Paz escribe “a veces la poesía es… el solo de flauta en la terraza de la memoria y el baile de llamas en la cueva del pensamiento”. Que no siempre sea así algo significa en términos reales.
AQ / MCB