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Si me atreviera a proponer, absurdamente, que rara vez coinciden las definiciones de la poesía con la realidad, primero tendría que definir “realidad”, para lo cual me convendría acotarla, aclarar que se trata de mi realidad; es decir, mi punto de vista y, ya establecida esa cómoda aclaración, señalar que hay tantas realidades como puntos de vista y tantos puntos de vista como personas: según mi veloz pesquisa en Google, ocho mil trescientos millones, “número que cambia cada segundo” debido a muertes y nacimientos continuos. Esa cifra inimaginable, inestable, me permite ser subjetiva sin culpa alguna.

Para concentrarme en mi nueva dispersión, dejo pendiente lo que escribe Paz en el párrafo inicial de la segunda parte de El arco y la lira: “Todo nos lleva a insertar el acto poético en la zona de lo sagrado”. Advierte que la concepción de lo sagrado es susceptible de las “peores confusiones” y puede desembocar en el fanatismo político o el crimen. Asegura que el poema está por encima de esos peligros al ser un “hecho irreductible que solo puede comprenderse… por sí mismo y en sí mismo”. Tal vez sea cierto. Sin embargo, yo quisiera ahondar en el sentido negativo de la zona sagrada y añadirle —insisto: desde mi punto de vista— un rasgo predominante: el miedo; por ejemplo, a la lluvia, a la jaula de agua, a las piedras de agua en los vidrios; al joven que me entrega un citatorio donde se me avisa que, a una hora específica del día siguiente, llegará ese joven con un oficio y debo recibirlo con identificación en mano. Miedo al timbre y a los folios, artículos, fracciones que se enumeran en el oficio donde se me solicitan pruebas acerca de mi desempeño y mi preparación. Miedo a la familia feliz que vive en la casa del jardín hermoso junto a mi patio: un papá, una mamá, un adolescente, una niña, un perro, dos gatos. Abren las ventanas de par en par cuando ven los juegos del Mundial, gritan de repente un “México, México” aún entusiasta. Los gatos maúllan, el perro ladra. Somos muy buenos perdiendo, muy malos ganando. Miedo a las familias jubilosas en las calles; los cuerpos lanzados al aire, aplastados en el pavimento. Miedo a los hoyos, a las risas agudas. Miedo al destino del pato Merlín. No entiendo qué garantiza su constancia de marca registrada. Merlín va con su familia a Palacio, viaja vestido con su camiseta deportiva. Lo presumen los políticos y las políticas. Lo ponen frente a pantallas. Creo que les gustaría que fuera tan listo como el pulpo Paul en Alemania hace algunos años. Me pregunto qué será de Merlín después de su breve paso por la fama. Mi miedo es simple, nunca abstracto. Aumenta en la noche.

He visto suficientes sombras hoy como para suponer que es la misma en lugares distintos. Leo un poema de Szymborska en Tensión y sentido de Mariano Peyrou (libro que me condujo a la relectura de Paz). Se llama “Alabanza a la hermana”. Explica Peyrou que a pesar de su “fuerte carga de ironía” contiene elementos prosaicos. Yo también.


AQ / MCB

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Tedi López Mills
  • Tedi López Mills
  • Ha publicado numerosos libros de poesía, además de cuatro volúmenes de prosa.
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