M+.- Mientras México discute el Mundial y quién ganará las elecciones locales del próximo año, la estrategia de cómo y bajo qué términos cruzaremos la revolución tecnológica más grande de nuestra era está desdibujada.
Nadie, ni dentro del gobierno, ni dentro de la iniciativa privada, ha ideado un plan concreto para lograr que la IA beneficie a México. O al menos, para que no nos deje marginados y dependientes de una tecnología que no controlemos y que absorba vorazmente las utilidades de nuestras empresas.
Los empresarios no lo han hecho por cuestiones ideológicas. La mayoría admira, en principio, a los creadores de la IA. Más aún, muchos asumen que serán beneficiarios de la IA, con reducciones en costos, sin considerar que (como el mercado estima) las utilidades de tales reducciones bien podrían terminar siendo succionadas casi en su totalidad por los dueños de la IA, no por ellos.
Los pocos empresarios que perciben este dilema no encuentran qué hacer, pues doctrinalmente se oponen a las únicas herramientas que podrían ayudarlos: la regulación y la organización colectiva.
Por su parte, el gobierno no piensa seriamente en una estrategia ante la IA porque está ahogado en lo cotidiano. Y porque la herramienta más inmediata de protección que existe en México, el TMEC, está siendo negociado por una Secretaría de Economía cuya meta principal es aprobar el tratado y cabildeado por un grupo de empresarios y consultores sin visión real de desarrollo tecnológico independiente.
En corto, lo que argumentan quienes están al frente del TMEC es que México debe escoger entre depender tecnológicamente de Estados Unidos o de China, y qué mejor hacerlo del primero. Una visión escandalosamente mediocre que ignora una tercera vía: que México demande compartir los beneficios de quien sea que nos provea de tecnología y deje abierto el camino para desarrollar tecnología propia a futuro.
Así, sin visión o estrategia real de negociación en la materia, Estados Unidos está por imponernos condiciones que asegurarán nuestra dependencia tecnológica. Por ejemplo, Trump nos pide eximir a los magnates de la IA de incurrir en responsabilidades de derechos de autor si minan información de México sin permiso, y garantizar que México construirá toda su tecnología usando como base la IA de Estados Unidos.
Además, como identificó Paulina Gutiérrez, directora de la Red en Defensa de los Derechos Digitales, se nos exige que creemos reglas de protección de datos que explícitamente favorezcan a quienes ya desarrollaron tecnología, y que prohíban ponerle impuestos o aranceles a la IA.
Todo lo anterior se oculta bajo términos como “integración tecnológica”, “seguridad económica” o “derechos de propiedad intelectual” que desorientan a nuestros negociadores (y sus consultores), haciéndoles creer que las peticiones son justas o incluso en nuestro propio beneficio.
Nadie al frente de México parece haber leído o comprender la literatura sobre derechos de propiedad que indica que, cuando estos son muy estrictos, se perjudica a los países en vías de desarrollo, al bloquear su posibilidad de desarrollar tecnología propia.
Estados Unidos también exige que se dejen íntegras las cláusulas que ya existen sobre propiedad intelectual desde 2020. Postulados del TMEC que ya impedían nuestro desarrollo tecnológico y que en la era de la IA lo harán aún más. Por ejemplo, buscan que exista libre flujo de datos y que se niegue información sobre la localización de estos, así como sobre el código fuente o a los algoritmos de la IA.
México no puede desarrollar una IA que compita con las de Estados Unidos o China, pero sí puede protegerse contra los abusos de estas, impedir que una sola IA se vuelva monopólica y extractiva, y dejar el camino abierto para desarrollar localmente una parte de la tecnología. Hoy no lo está haciendo.
Lo contenido en este texto es publicado por su autora en su carácter exclusivo como profesionista independiente y no refleja las opiniones, políticas o posiciones de otros cargos que desempeña.