Que todo me importe es un defecto no una cualidad. Mejor dicho: el problema no es que todo me importe, sino que yo sea incapaz de contenerme y decida intervenir. La yedra en la reja que separa mi patio del jardín contiguo y me protege del sol y me sirve de barrera y es agradable a la vista y lleva décadas creciendo, no me pertenece. Por lo tanto, cuando llega el equipo de jardineros a cortarla casi al ras y yo interrogo al jefe amablemente para enterarme de si la van a quitar —me responde que no sabe, solo sigue instrucciones— estoy infringiendo una regla elemental de la propiedad privada. Sale molesta la señora de la casa y me explica que planean colocar una enredadera de plástico en el alambrado. Sé que en la punta de la lengua trae la frase “podemos hacer lo que se nos pegue la gana”. No la pronuncia porque le doy las gracias, sonrío y me retiro antes de que mi intervención provoque daños mayores. Por ejemplo, que construyan un muro de concreto y yo me quede sin nada; ya ni siquiera pueda asomarme por los huecos para averiguar cómo están los dos gatos que maúllan día y noche: los dejan afuera con el perro, tumbado en una colcha vieja. El señor de la casa a veces me manda mensajes para advertirme que asarán carne y me cuide del humo: “somos de Chihuahua”. No me atrevo a sugerir que convendría cambiar el tiro del asador, alejarlo de mi patio. Cierro las ventanas, cierro los ojos, cierro la boca.
Que me preocupe cómo nos comportamos unos con otros, unas con otras, no significa que, por preocuparme, yo me comporto bien. En la lectura de poesía en voz alta me obsesiono con el tiempo como si lo estuviera usando, abusivamente, solo yo. En el pequeño espacio hay una mesa y encima un micrófono. Doce personas escuchan adentro; tres jóvenes observan desde la banqueta. Para eximirme de cualquier error, traspié, declaro que no he escrito poemas en seis años. Agradezco las atenciones. Mientras el poeta lee a mi lado, la poeta junto a él revisa su celular, se levanta, se acerca al organizador para pedirle ayuda. Pienso en las ceremonias, las nuevas costumbres, los archivos instantáneos, mi falta de práctica. Suben a redes las fotografías del evento: en mi cara se notan las huellas de mis discusiones conmigo misma. Debo comenzar a alarmarme.
Que haya realidades simultáneas permite cancelar las menos oportunas. En un periódico de fecha reciente se afirma (por enésima vez) que Elena Garro es más talentosa que Octavio Paz. Para los lectores, sobre todo, las lectoras, ha de seguir siendo necesario recalcar, primero, la rivalidad entre ambos escritores y, segundo, la obvia superioridad de ella, con lo cual se condena a Garro a que siempre se la lea en relación con Paz (no creo que ocurra a la inversa). Me pregunto —no con candidez— si ese mayor talento de Garro se mide comparando cada uno de sus libros con cada uno de los de Paz o solo Los recuerdos del porvenir con la obra entera de él. En la discordia son preferibles los papeles secundarios.
AQ / MCB