La política pública sustentada en el principio de “abrazos no balazos” podría tener un equivalente directísimo en lo que toca al fenómeno de la inmigración ilegal, la cuestión que tanto parece preocuparles a nuestros vecinos del norte hasta el punto, miren ustedes, de que fue, dicen, el tema principal y casi exclusivo de la agenda acordada en la reunión de nuestro presidente con el hombre que lleva las riendas de la nación más poderosa del planeta.
Bajo el postulado de que los delitos se cometen porque la gente es pobre y no vislumbra otra alternativa, para salir adelante, que meterse a una vivienda a robar —digo, en el mejor de los casos— o, ya en plan más serio y profesional, ponerse a descuartizar al pistolero de la banda rival, a cortarle la oreja al niño secuestrado, a sacarle los ojos a unos policías federales, a violar mujeres y a matar a sangre fría a quien se le ponga delante, el régimen de la 4T busca atender primeramente las causas, o sea, los orígenes de la violencia criminal.
Uno pensaría que es un poco tarde para abordar así el asunto y que las acciones hubieran debido comenzar décadas atrás, implementando una gran reforma educativa para trasmitir valores a los niños y jóvenes de la nación mexicana, manteniendo el civismo como asignatura escolar en vez de suprimirlo de tajo y, en fin, promoviendo la productividad, el espíritu emprendedor, el respeto a la propiedad privada, los principios democráticos y los derechos humanos.
No fue así, qué caray. Sucedió lo contrario, más bien, y en lugar de proporcionar una buena instrucción a los estudiantes nuestros antiguos gobernantes concedieron sustanciosas canonjías y prebendas a las más retrógradas organizaciones magisteriales con catastróficas consecuencias para la educación nacional. Hoy, los chicos de estados como Oaxaca y Guerrero sobrellevan semanas enteras sin clases porque sus “maestros” organizan huelgas y paros para seguir exigiendo un rosario interminable de beneficios.
En fin, en lo que toca a replantear los axiomas del embrollo migratorio y equipararlo —justamente, y para ponernos al día— a la receta aplicada para acabar con la delincuencia, ¿no estaría bien pregonar la proclama de “buenos empleos aquí y no inmigrantes clandestinos allá”? Digo...
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