El presidente Peña quiso también construir un tren. Un proyecto, sin embargo, muy diferente a los programas ferroviarios que tanto ha cacareado doña 4T. Cubriría la distancia entre Ciudad de México y Querétaro pero, para empezar, iba a ser uno de alta velocidad y la licitación, en toda lógica, se le otorgó al consorcio China Railway Construction Company, una compañía de una nación que cuenta con la red más grande de todo el mundo, surcada por modernísimos convoyes que atraviesan regiones enteras a velocidades que pueden sobrepasar los 400 kilómetros por hora (el tren Shanghai Maglev llega hasta los 500 kph pero no los desarrolla en usos comerciales sino que las compañías han limitado su velocidad de punta a 431 kph).
Ocurrió, con todo, que no se realizó el proyecto del referido tren. Hay versiones encontradas sobre la cancelación, pero la que resulta más factible tiene que ver, justamente, con que la constructora provenía de aquel país y que eso, al parecer, les metió ruido a nuestros vecinos del norte. O sea, un tema declaradamente geopolítico. Hasta ahí, con perdón, nuestra soberanía (ah, y ya ven ustedes, ahora mismo, que los estupendos coches chinos que tan alegremente compramos los consumidores mexicanos están pagando, desde el primero de enero, aranceles de 50 por ciento).
El tema, inclusive cuando se trata del flamante Tren Maya, es que no hay punto de comparación con los sistemas ferroviarios de China y, sí señor, de Europa. Y, en lo que toca al rehabilitado Tren Interoceánico, construido en tiempos de Porfirio Díaz —el gran modernizador de la nación mexicana—, ya vimos cómo está el asunto: pesadas máquinas diesel del siglo pasado, vagones viejos y un trazado de las vías que no permite, en algunos tramos de curvas, velocidades mayores a los 50 kilómetros por hora. Si un maquinista, con todo y 20 años de experiencia a sus espaldas, se aloca momentáneamente y lanza la locomotora a la vertiginosa velocidad de 65 kph, entonces el tren se descarrila y mueren 14 compatriotas nuestros.
Ya hablamos de China y sus prodigiosos trenes. Dirijamos nuestra mirada, ahora, a Europa: vías dobles electrificadas por todas partes, trenes regionales que corren a 180 kph y, desde luego, los raudos TGV franceses e ICE alemanes. Las comparaciones son odiosas, vaya que sí…