M+.- Que Morena pasa por una crisis es evidente para cualquiera que haya estado observando la vida política mexicana con cierta asiduidad: los escándalos del verano pasado por viajes y comportamiento ostentosos de militantes de primer nivel, la corrupción y uso indebido de recursos públicos de funcionarios y legisladores de ese partido, la vinculación con grupos del crimen organizado de otros; todo esto, sin duda, le ha pasado factura al partido y dañado su imagen. Porque parte de lo que hizo que Morena tuviera un crecimiento explosivo en pocos años fue que ofreció una moralización de la vida pública en un momento en que los viejos partidos aliados en el Pacto por México habían quedado brutalmente desprestigiados por los escándalos del periodo de Peña Nieto.
Pero mientras se sucedían los escándalos de morenistas, llamaba poderosamente la atención que la dirigencia de Morena, encabezada por Luisa María Alcalde y por Andrés Manuel López Beltrán, nunca fuera capaz de tomar el timón e imponer cierta disciplina al interior del partido. Volcados en el objetivo de lograr la afiliación de más de diez millones de simpatizantes, estaban seguros, así lo decían, de que los escándalos mediáticos eran solo eso, ruido dentro de una élite capitalina, que no afectaría la lealtad de millones de militantes. Desdeñaron por tanto dar la batalla en esa arena, y dejaron sola a la presidenta Claudia Sheinbaum, que tenía, una mañanera tras otra, que salir a poner orden, recordar principios y establecer ciertos límites (como cuando Ricardo Monreal nos advirtió que lo íbamos a ver seguido usando helicópteros privados con su amigo Haces, de lo que tuvo que retractarse cuando la Presidenta le dio un jalón de orejas desde la mañanera).
¿A quién puede sorprender entonces, que de cara a las próximas elecciones la Presidenta haya tomado la decisión de cambiar a la dirigencia nacional del partido?
Faltaba saber qué tan claro tienen en la nueva dirigencia que Morena ha sufrido un fuerte desgaste. Por lo pronto, parece que Citlalli Hernández —quien dejó la Secretaría de Mujeres para regresar al partido del que fue secretaria general del 2000 al 2024, y al que vuelve para hacerse cargo de la elección interna de candidatos y de la relación con los partidos con los que tienen alianza, el PT y el PVEM, nada menos— lo tiene muy claro. Morena enfrenta “las naturales contradicciones que tiene todo proyecto político de cambio” dice Citlalli. Es un partido que se fundó, abunda, con un triple objetivo: llevar a López Obrador a la presidencia, implementar un proyecto de gobierno desde ahí y cambiar la cultura política del país. La crisis que se observa en Morena (ella no la llama así, habla de un bache) y que llevó al cambio de la dirigencia sería el resultado de las contradicciones entre los compromisos que se hicieron para garantizar el triunfo, lo que los ha acercado a los vicios de la política tradicional porque quienes llegaron no creen en los principios fundacionales del partido, y el objetivo de cambiar la cultura política del país. Citlalli se ubica como parte del grupo que “se aferra a ese sentido fundacional” que busca el cambio de la cultura política (que asegura “será más difícil que haber tomado el poder”) al que contrasta con el pragmatismo voraz de ganar por ganar.
La línea entre el ganar por ganar y el ganar para seguir transformando es muy delgada, y en el proceso de selección de candidatos quedará muy claro qué visión de Morena termina por imponerse.