Política

Quiero mandar, así que me olvido de la democracia…

La primera definición de la democracia, podríamos decir, es la de un sistema que pone límites al ejercicio del poder, que restringe legal y formalmente las potestades de los gobernantes.

El asunto de la representación es cardinal, desde luego: el ciudadano debe tener voz y voto en lo que toca a la elección de los que habrán de llevar la cosa pública pero, justamente, si los jerarcas en funciones se arrogan facultades extraordinarias entonces el individuo deja de ser soberano para convertirse en un simple siervo, en un mero vasallo de los de arriba.

La democracia liberal le exige al jefe de turno una total y absoluta disposición a dejar el cargo en cuanto los adversarios políticos de enfrente logren cosechar mejores resultados en las votaciones. No solo eso: alinea todo un esquema de contrapesos para que los mandamases no puedan extralimitarse en sus cometidos y quehaceres.

El dirigente de vocación democrática, en oposición al autócrata de modos despóticos, se sabe entonces condicionado de origen, confinado a un espacio de reglas, leyes y preceptos inviolables.

Este debate es totalmente pertinente en estos momentos porque estamos sobrellevando, en el mundo entero, una suerte de epidemia de populismo autoritario, con todo y que la extracción-detención (utilicemos los necesarísimos eufemismos para referirnos al espectacular secuestro del sátrapa venezolano) de Nicolás Maduro o el fin del reinado de Viktor Orbán en Hungría puedan ser acaecimientos muy alentadores.

Pero, miren ustedes, Narendra Modi, Recep Tayyip Erdogan y el propio Donald Trump siguen ahí, por no hablar de dictadores declarados como el Ortega de Nicaragua y el siniestro Vladimir Putin.

Y, bueno, hablando de la receta iliberal o, de plano, abiertamente antidemocrática, la deriva de México es verdaderamente perturbadora en tanto que se ha instaurado aquí, y desde ya, un modelo que concentra todos los poderes y facultades en el Ejecutivo, de la mano de un partido oficial hegemónico.

Pues bien, el “pueblo”, cuyas bondades son invocadas machaconamente por quienes se han atribuido la condición de ser sus más absolutos y legítimos embajadores, no puede mandar sin rendir cuentas, ni solapando colosales corruptelas, ni arremetiendo contra los organismos autónomos constitucionales, ni arrinconando a las fuerzas opositoras, ni sembrando irreparables enconos, ni mucho menos colonizando a los Poderes de la Unión, o sea, estableciendo un patrón de dominio para perpetuarse al mando.

La tal “dictadura del proletariado” –una entelequia, suponemos, que resuena donosamente en las filas de doña 4T— no deja de ser eso, un arquetipo totalitario. Y, por más que pretendan, los señores adalides del oficialismo, ser “democráticos”, la más urgente de sus asignaturas es aceptar su primigenia naturaleza de mortales democráticos, por decirlo de alguna manera, o sea, de simples personas sujetas a la humildad de reconocer normas que no necesariamente les placen. Pues eso… 


Google news logo
Síguenos en
Román Revueltas Retes
  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.