Un cambio de régimen, teledirigido desde Washington y ejecutado por los autóctonos, para restablecer el orden democrático en Venezuela. Es una manera práctica de hacer las cosas, a la distancia, dictando meramente instrucciones, sin necesidad de mandar a la tropa ni de gastar combustible para los bombarderos ni de afrontar bajas en combate.
En lo que toca a la primerísima responsable de capitanear la tarea, de nombre Delcy Rodríguez, presidenta en funciones de doña República Bolivariana, el tema es también muy sencillo: se le llama por teléfono para decirle qué hacer —liberar a los presos políticos, por lo pronto, y proseguir luego con el proceso de desmantelamiento del entramado represivo— y se le avisa que, de no acatar las órdenes, su suerte puede ser todavía mucho peor que la del depuesto dictador.
Muy bien, hasta aquí está muy claro el procedimiento. Pero, veamos, ¿qué hacer con los miles y miles de sujetos que colaboraron para apuntalar a la cúpula bolivariana? ¿Dónde colocar a los torturadores, a los esbirros, a los militares corruptos, a los soplones, a los comisarios, a los miembros de los “colectivos” —las bandas armadas que han atacado a periodistas, estudiantes y clérigos opositores—, a los asesinos y los espías?
Los asesores cubanos, los encargados de diseñar el modelo totalitario, han emprendido muy seguramente la retirada. Pero los otros, los locales, siguen ahí, un tanto inquietos —lo suponemos— pero muy reacios y reluctantes no sólo a renunciar a sus privilegios sino, sobre todo, a tener que rendir cuentas ante la justicia.
Ése es siempre el tema cuando se acomete la empresa de limpiar la podredumbre y restaurar la decencia en los espacios de lo público. Porque, miren ustedes, un siniestro sistema de opresión —sustentado en el amedrentamiento, la violencia de Estado, la persecución, el ejercicio abierto de la arbitrariedad, el desconocimiento de los derechos humanos y la cancelación de las libertades— no es nada más el caudillaje de una camarilla. Tampoco el despotismo puede ser ejercido por unos cuantos y nada más. La tiranía necesita de un monumental aparato y de la asistencia activa de todo un ejército de colaboradores.
Estamos hablando del sostén que aportan los individuos más envilecidos, necesarísimos para sembrar miedo y desesperanza. La autocracia no se sirve de gente meritoria ni de los más capaces, exige sumisión y acatamiento en tanto que no es un modelo abierto a la diversidad de ideas sino un simple instrumento para apropiarse del poder y no cederlo ya a nadie más.
Por eso mismo son tan declaradamente incapaces los gobiernos encabezados por los extremistas sectarios y los populistas de todas las proveniencias, porque en sus filas participan los peores, los más inmorales e inescrupulosos, por no hablar también de la oscura contribución de los más crueles.
¿Sabrá Marco Rubio cómo quitar tan morrocotudo estorbo en el camino hacia la libertad y la democracia?