Si eres un lector habitual de esta columna o has estudiado la ciencia de la felicidad en otro lugar, sabrás que ser más feliz requiere tres tipos de esfuerzo: usar el intelecto para comprender tus emociones e impulsos, desarrollar hábitos conscientes que generen bienestar y mantener esos hábitos, a pesar de tus impulsos a corto plazo. En otras palabras, debes prestar atención a tus pasiones, intelecto y voluntad.
Eso puede parecer una idea bastante moderna, pero no lo es en absoluto. Podría decirse que la ideó el filósofo medieval Tomás de Aquino, quien murió en 1274. Tomás de Aquino fue un monje de la orden dominica y un erudito que difundió las obras de Aristóteles al público medieval. Santo Tomás de Aquino fue tan prolífico en su erudición que se dice que dictó varios libros simultáneamente a sus compañeros monjes. Entre sus muchos temas se encontraba la felicidad humana.
Santo Tomás de Aquino escribió que “la felicidad suprema del hombre no consiste en nada menos que la contemplación de Dios”, una creencia que se podría esperar de un fraile católico, de que la verdadera y perfecta satisfacción solamente llega cuando mueres, vas al cielo y te encuentras con el Creador. Pero Santo Tomás reconoció que a los humanos también les importa su vida en la Tierra, y dedicó mucho tiempo a pensar y escribir sobre la “felicidad imperfecta” que deberíamos buscar en el aquí y ahora. Lo que se le ocurrió -parte de un conjunto de ideas conocido como tomismo- es tan actual y útil hoy como lo fue hace siglos. Y esto resulta aún más relevante porque su sabiduría concuerda tan bien con la ciencia moderna.
Santo Tomás de Aquino tenía una inclinación monástica por el eufemismo. “En la vida presente”, escribió, “no alcanzamos la felicidad perfecta”. Investigadores contemporáneos lo han comprobado de muchas maneras. Tres académicos demostraron en 2015 que, en promedio, las personas juzgaban su estado emocional como positivo el 41 por ciento del tiempo, negativo el 16 por ciento y mixto el 33 por ciento (para el 10 por ciento restante, no se pudieron identificar sus emociones). Las emociones negativas, que militan contra la “felicidad perfecta”, son, de hecho, perfectamente normales y forman parte de un sistema límbico sano y funcional.
La clave para alcanzar una mayor felicidad no reside en tratar de eliminar el sufrimiento, sino en manejarlo dentro de unos límites razonables y acentuar los numerosos aspectos positivos de la vida. Santo Tomás de Aquino ideó una fórmula para lograr esto, que incluye, entre otras cosas, “una operación del intelecto práctico que dirige las acciones y pasiones humanas”. En términos cotidianos, esto significa desarrollar una comprensión consciente de lo que él llamó impulsos “apetitivos”: nuestros impulsos animales y emociones fuertes.
Santo Tomás de Aquino no argumentó que estos antojos y pasiones fueran malos. No era gnóstico ni puritano; creía que Dios creó nuestras pasiones. Más bien, Santo Tomás sugirió que deberíamos gobernar nuestros apetitos en lugar de ser gobernados por ellos. Hacerlo no es sencillo ni fácil, porque tenemos fuertes impulsos hedónicos y sentimientos potentes. Pero los científicos del comportamiento demuestran que la simple consciencia y el reconocimiento de estos impulsos pueden ayudar a controlarlos. Esto puede hacer que nuestros impulsos a corto plazo (por ejemplo, fumar un cigarrillo) tengan menos probabilidades de inhibir el progreso hacia un objetivo a largo plazo (lograr una mejor salud).
En otras palabras, las pasiones pueden beneficiar la felicidad siempre que estén bajo el escrutinio del segundo ingrediente de Santo Tomás para la felicidad terrenal: el intelecto. Esta no es una relación de un solo sentido: cuando usamos la razón para manejar nuestras pasiones y las cultivamos para acentuar su efecto positivo, estas también pueden estimular el intelecto. El proceso es interdependiente, como escribe Santo Tomás de Aquino: “La operación del intelecto exige una operación previa de los sentidos”. Siglos más tarde, se demostró empíricamente que este mecanismo era cierto. En un estudio realizado en 2025 con estudiantes universitarios chinos e iraníes, las emociones positivas como la esperanza, el orgullo y el gozo predijeron un mayor compromiso académico (medido por el vigor, la dedicación y la absorción).
La relación entre la pasión y el intelecto implica ser consciente de los sentimientos e impulsos de uno, y usar esa conciencia para decidir favorecer las pasiones positivas y generativas. Este difícil camino -como puede decirles un exfumador- conduce al tercer elemento de la fórmula de Santo Tomás: la voluntad. Esta determinación es la fuerza rectora que dice: Elige lo bueno que me lleva a lo que quiero a largo plazo, no lo malo que anhelo en este instante. Nuestro amigo dominico creía que un Dios dota a los seres humanos con un “don sobrenatural” para seleccionar lo que su intelecto -dirigido adecuadamente por lo que Tomás de Aquino llamó “entendimiento”, identifica como la mejor opción.
Independientemente de que la fuerza de voluntad sea sobrenatural o no, sin duda se puede fomentar y fortalecer mediante la práctica para mejorar el autocontrol. Experimentos en ciencias sociales demuestran que cuando las personas se esfuerzan por alcanzar objetivos a largo plazo, su fuerza de voluntad aumenta. Además, las personas con mayor fuerza de voluntad para ser más felices, de hecho, se vuelven más felices. No por nada, Tomás de Aquino, profesor de la Universidad de París, tenía toda la razón.
Podrías imaginar que el profesor era un poco elitista, dado su énfasis en el intelecto. Pero no, definió el intelecto no como la capacidad de aprobar los exámenes SAT, sino como la disposición y la capacidad de contemplar y apreciar la verdad divina independientemente de nuestra capacidad intelectual mortal. Santo Tomás de Aquino creía que una persona de cualquier nivel de inteligencia podía alcanzar este tipo de intelecto.
La estrategia de Santo Tomás para la felicidad en la Tierra -por imperfecta que sea- proporciona un plan de vida extraordinariamente claro, que se ajusta a la mejor ciencia del comportamiento moderna. A continuación presentamos tres cosas que debes tener en cuenta al adoptar una estrategia tomista de felicidad.
1. El conocimiento es poder.
Nuestro mundo moderno se inclina por valorar la espontaneidad emocional y la autenticidad, complaciendo todos nuestros caprichos límbicos. Algunas personas lo celebran, pero habría conmocionado a Santo Tomás de Aquino, quien defendía firmemente la templanza y la modestia. No defendía la idea de ser un individuo reprimido ni de mantener una actitud rígida ante la vida, pero sí creía en adquirir una profunda autocomprensión (lo que ya he descrito como “metacognición”). Conviértete en un estudioso de ti mismo: tus hábitos, deseos, impulsos y tendencias emocionales. Muchas técnicas de meditación y oración ayudan con este estudio de uno mismo, al igual que llevar un diario y algunas formas de terapia. Conócete bien a ti mismo.
2. No todas las pasiones son iguales.
Una vez que te conozcas a ti mismo o estés empezando a conocerte, descubrirás que algunas pasiones son moral y prácticamente superiores a otras. No vas a querer volverte tan fríamente desapasionado como el Señor Spock de Star Trek; quieres ser alguien que discrimina sobre sus propias tendencias, alentando algunas y desalentando otras. Por ejemplo, podrías ver tu curiosidad natural y tu inclinación por el aprendizaje como algo que debes alentar con fuerza para que se desarrolle libremente, mientras que tu impulso de, por ejemplo, robar en tiendas podría ser algo que debes esforzarte por evitar. Haz un inventario de tus pasiones y decide cuál es cuál.
3. Usa tu fuerza de voluntad para un cambio positivo.
El último paso es desplegar tu autocontrol estratégicamente con base en este inventario. Los psicólogos han demostrado en experimentos que la fuerza de voluntad es como un músculo: aunque puede fortalecerse con el tiempo, a corto plazo puede agotarse fácilmente. Por lo tanto, necesitas gastar tus recursos de fuerza de voluntad en los objetivos con mayor prioridad. Estas deberían ser tus pasiones más positivas y más negativas, y deberías tener el objetivo de aumentar las primeras y evitar las segundas.
Para Santo Tomás, esta estrategia para la felicidad imperfecta no solamente era teórica. Todos tenemos nuestras pasiones e impulsos, y él no era la excepción. De joven, se enfrentó a un verdadero dilema: buscar prestigio o religiosidad. La decisión que tomó ofrece una lección magistral sobre la pasión subordinada al intelecto y gobernada por la voluntad.
Hijo del conde Landulfo VI de Aquino, Aquino creció en el castillo de la familia en la ciudad de Roccasecca, en el centro de Italia. Como era costumbre entre los hijos menores de la nobleza, se esperaba que Aquino ingresara en la orden de monjes benedictinos, donde seguiría el ejemplo de su tío y se convertiría en abad. A pesar de lo tentador que era este prestigioso puesto, Aquino optó por unirse a los dominicos, una orden de monjes mendicantes de reciente creación dedicada a la pobreza y la predicación itinerante. Su familia se opuso firmemente a esta decisión e incluso lo encarceló durante un año mientras trataban de disuadirlo de su locura y que aceptara la posición ilustre.
Cuando los hermanos de Santo Tomás de Aquino intentaron corromperlo contratando a una prostituta, la echó del castillo con un atizador que tomó de la chimenea. Firme en su convicción intelectual, Aquino puso sus pasiones al servicio de la mejor opción. Finalmente, la familia cedió y aceptó su decisión. Según todos los relatos, la vida de Aquino fue una de gran felicidad imperfecta y, más tarde, tal vez también de felicidad perfecta: después de todo, hoy ya fue canonizado como Santo Tomás de Aquino.