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Si trabajo más, ¿me amarás?

  • Cómo construir una vida
  • Si trabajo más, ¿me amarás?
  • Arthur C. Brooks

Entre dar clases a estudiantes de MBA y hablar con un numeroso público empresarial, suelo interactuar con personas exitosas que trabajan muchísimas horas. Es común que escuche hablar de jornadas laborales de 13 horas y semanas de siete días, con pocas o nada de vacaciones. Lo que veo entre muchas de las personas con las que me encuentro es un workaholismo (adicción al trabajo), una patología que se caracteriza por seguir trabajando durante el tiempo libre, pensar en el trabajo todo el tiempo y dedicarse a tareas laborales mucho más allá de lo necesario para satisfacer cualquier necesidad. Los adictos al trabajo sienten la compulsión de trabajar incluso cuando ya ganan mucho dinero y a pesar de obtener poco placer al hacerlo.

¿Te suena familiar? Si no haces muchas cosas más además de trabajar -y estás mentalmente ausente cuando no trabajas- es probable que sientas que tu vida carece de gozo, satisfacción y sentido. Lo peor de todo es que el exceso de trabajo compulsivo es incompatible con las relaciones íntimas sanas, que requieren tiempo, energía y esfuerzo.

Al igual que con otras adicciones, no ayuda decirle a un adicto al trabajo que estaría mejor si no tuviera ese comportamiento destructivo, como si el resultado de simplemente sugerirle: “Oye, ¿por qué no trabajas menos?” fuera que la persona llegue a darse una palmada en la frente y decir: “¡Nunca lo había pensado!”. En vez de eso, trato de ver más allá de la patología para descubrir sus orígenes. Normalmente, lo que encuentro en personas muy exitosas es que la adicción al trabajo se basa, de hecho, en la creencia incipiente de que el amor de los demás -incluyendo cónyuges, padres y amigos- solamente se puede ganar mediante el trabajo constante y el mérito excepcional. Si no se controla, esta creencia errónea es catastrófica. Pero comprender las razones detrás de esta ilusión puede conducir a la sanación.

La vida ofrece dos tipos de recompensa, que los sociólogos definen como intrínsecas y extrínsecas. El primer tipo implica cosas inmateriales que no se pueden comprar, como el amor y la felicidad. El segundo tipo se refiere a bienes materiales que se pueden conseguir, como dinero y bienes. Queremos ambos tipos de recompensa, por supuesto, aunque todos sabemos lo que las investigaciones demuestran una y otra vez: que ya que alcanzamos un nivel de vida básico, obtenemos mucha más satisfacción vital gracias a las recompensas intrínsecas. Comparemos la situación de conducir a un restaurante elegante en tu nuevo Ferrari, donde comerás solo porque no tienes amigos ni familia, con la de conducir a un Denny's en un Corolla de 1999 para pasar el rato con personas que realmente te quieren.

Y, sin embargo, millones de personas aparentemente exitosas actúan como si las recompensas extrínsecas fueran lo único que importara. Aunque no estén totalmente desprovistos de seres queridos, viven casi como si lo estuvieran, descuidando a la familia y los amigos en favor del trabajo, ganando mucho más de lo que su hogar necesita para sobrevivir, incluso para prosperar. Se puede pensar en esto como un circuito psicológico cruzado, que resulta en la falsa creencia de que las recompensas intrínsecas se pueden comprar con dinero extrínseco. Si trabajo lo suficiente y tengo suficiente éxito, piensa el adicto al trabajo, aunque inconscientemente, entonces seré digno del amor que tanto anhelo.

¿Por qué alguien podría caer presa de esta creencia errónea? Podría ser la forma en que te criaron. Los padres adictos al trabajo suelen tener hijos adictos al trabajo. Si creces viendo la adultez que modelan personas que trabajan a toda hora y pocas veces están en casa, se te puede perdonar que consideres esto como el comportamiento apropiado para un cónyuge y padre responsable. Este es, al menos en parte, el mismo mecanismo que explica por qué es mucho más probable que te conviertas en alcohólico si fuiste criado por uno.

Los investigadores también llegaron a demostrar que cuando los padres expresan amor a un hijo de forma condicional, con base en su comportamiento, es probable que esa persona crezca sintiendo que solo merece amor mediante su buena conducta y esfuerzo. Aunque esto podría parecer que lo que describo son padres terribles, para nada es mi intención; un niño puede percibir el estímulo paterno bien intencionado como un mensaje de su valía.

En el caso del adicto al trabajo, podría ser así: tus padres querían que tuvieras éxito en la escuela y en la vida, así que te daban el mayor amor y atención cuando sacabas buenas calificaciones, ganabas en los deportes o te convertías en el mejor de la orquesta. Eras un chico brillante, y sumando dos y dos: soy especialmente adorable cuando recibo elogios. En mi experiencia, esto describe la infancia de muchas personas que se esforzaron por ser especiales para ganarse la atención de sus padres, y que mantienen este comportamiento en la edad adulta intentando ganarse el amor de los demás mediante el trabajo compulsivo.

Si tiendes a la adicción al trabajo, es muy posible que estés descubriendo que los beneficios del trabajo son menores que los costos para tu vida. Probablemente estés a la defensiva con tu hábito de trabajar demasiado y te confundas al comprender por qué una virtud tan noble recibe quejas en casa, en lugar de elogios. A continuación presentamos tres pasos que puedes seguir para resolver este problema.

1. Analiza tus orígenes y acepta la realidad.

Recuerda tu infancia: ¿Tenías dificultades, por ejemplo, para obtener la atención y el afecto de tus padres a menos que destacaras en la escuela o en las actividades al aire libre? ¿Ser un niño “especial” o “inteligente” te hacía sentir querido? Si es así, no te enojes con tus padres: probablemente hacían todo lo posible, tal vez intentando darte una vida mejor que la que ellos tuvieron; o es posible que siguieran diligentemente algún consejo parental ahora obsoleto. Pero es muy probable que el resultado sea que tengas un guión en la cabeza que dice: “No eres inherentemente encantador tal como eres, así que mejor ganas el concurso de ortografía”. Sigues intentando ganar una versión adulta del concurso de ortografía, incluso si tus padres fallecieron hace tiempo.

2. Da lo que quieres recibir.

Benjamin Franklin escribió: “Si quieres ser amado, ama y sé amable”. La profunda verdad que respalda esta afirmación es que debes dar lo que quieres recibir. Así que, si quieres más cortesía, empieza por ser cortés con los demás. Y si quieres amor verdadero de tus seres queridos, dales amor verdadero, en la moneda intrínseca que satisface nuestras necesidades más profundas. Eso significa darte a ti mismo, no más dinero ni cosas. Prueba esto: tómate un día libre del trabajo, apaga el teléfono y dale a la persona que amas la atención que anhela, todo el día.

3. Haz planes para cambiar.

Un día no es suficiente para reparar tus relaciones, y los grandes cambios en tus hábitos no se producen de la noche a la mañana. Si fueras dependiente del alcohol, por ejemplo, no sería tan ingenuo como para pensar que no beber un día solucionaría el problema. Romper con cualquier adicción requiere mucha planeación y determinación. Reconoce tu adicción al trabajo, reconoce las raíces del problema y trabaja con tus seres queridos para crear un plan a largo plazo para vivir de forma diferente. Esto podría significar planear un cambio de carrera profesional o de trabajo para dentro de seis meses o un año; programar viajes de fin de semana y vacaciones sin tecnología a partir de hoy hasta ese momento; y pedirle a tu familia que te ayude a rendir cuentas por tus avances.

Permítanme terminar con una de mis muchas conversaciones con personas adictas al trabajo que se esfuerzan, y que tal vez lo explique mejor que cualquier estudio. Un hombre mayor y muy rico me contó cómo se esforzó hasta el cansancio para amasar su fortuna. Mientras trabajaba arduamente para construir su empresa durante décadas, sin apenas hablar con su esposa e hijos, soñaba con lo maravilloso que sería ser rico. Le pregunté cómo imaginaba que sería ser tan rico. Dijo que pensaba en lo obvio, como casas y coches. “Pero sobre todo”, dijo, “pensé que si era rico, mi mujer me amaría”.

“¿Y?”, pregunté, notando que no llevaba anillo.

“No lo hizo”.

Braulio Montes
Collage: Braulio Montes


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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