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Cuántos barriles llegan o dejan de llegar

Durante semanas, el mercado petrolero trató a Venezuela como una historia de flujos graduales, permisos y refinerías. Irán cambió la escala del problema. Cuando la guerra amenaza infraestructura energética en el Golfo y paraliza el tránsito por el estrecho de Ormuz, el petróleo deja de reaccionar a titulares políticos y empieza a reaccionar a algo más concreto: barriles que no salen, cargamentos que no cruzan y gas que no llega. El precio ya no discute narrativa, discute disponibilidad.

Con la pasada operación militar de Estados Unidos en Venezuela, había vuelto a los titulares el crudo Merey-16. Se esperaba que el nuevo involucramiento de Washington en la canalización de las exportaciones de este país sacudiera los precios del commodity; sin embargo, la reacción inmediata fue contenida: no estimuló el drama político, más bien volvió a la historia simple del momento, la oferta generosa y las señales de abundancia. De hecho hubo jornadas con precios bajos porque los operadores interpretaron la situación hacia un mayor número de barriles comercializables. Parte del crudo venezolano comenzaría a moverse por canales formales vinculados con Estados Unidos, sin fricciones.

Lo que hasta hace unas semanas era una discusión sobre barriles marginales, diferenciales y oportunidades tácticas en el Caribe, hoy se ha convertido en una pregunta más seria sobre rutas globales, infraestructura energética y seguridad de suministro. La primera sorpresa fue que la guerra comenzó con un salto importante, pero no desbordado, en el precio del petróleo. El movimiento fue relevante, y aunque no de la magnitud observada al inicio de la guerra en Ucrania, se espera continúe la incertidumbre.

La segunda sorpresa fue la reacción de los precios del gas. En Europa llegaron a subir cerca de 50 por ciento en un día. La razón es clara. La guerra con Irán no solo amenaza la producción iraní, sino también la producción, la infraestructura y, sobre todo, la capacidad de transporte de toda la región del Golfo. Alrededor de 20 por ciento del comercio mundial de petróleo y gas transita por el estrecho de Ormuz, la ruta marítima costera al sur de Irán y que hoy vive bajo amenaza. Asimismo, los ataques iraníes han alcanzado refinerías en Arabia Saudita y Kuwait, instalaciones de gas en Catar y zonas industriales energéticas en Emiratos Árabes Unidos.

Durante meses el mercado había operado bajo la lógica de abundancia. A inicios del año, incluso, se hablaba de una sobreoferta global capaz de empujar el precio hacia 60 o hasta 50 dólares por barril. Ese exceso de oferta explica por qué el mercado pudo absorber, al menos al inicio, el sobresalto de la guerra. Había inventarios. Pero el conflicto con Irán introduce una diferencia fundamental, pues ya no se trata de si unos barriles venezolanos adicionales pueden o no entrar al mercado. Se trata de si una parte sustancial del petróleo y gas del Golfo puede salir.

En los setenta, los shocks petroleros eran “de acero y fuego”, difíciles de revertir: embargos al suministro, huelgas paralizantes de la producción y oleoductos inoperantes. Cuando un cargamento no salía o un campo se apagaba, el mercado se ajustaba a inventarios racionados y recesiones. Hoy con guerras destruyendo la infraestructura, y bajo un riesgo geopolítico relevante, una parte importante de la incertidumbre se ha vuelto administrativa. El punto de quiebre no es si hay o no petróleo en el subsuelo, sino si ese petróleo puede circular con seguridad, licencias, exenciones, cumplimiento, financiamiento y canales de pago adecuados.

Para la economía global un aumento sostenido del precio del petróleo no solo afecta a las compañías energéticas. Se transmite al transporte, a la logística, a los costos de producción y, por último, a la inflación. Cada aumento relevante en el precio del crudo presiona el crecimiento global y hace más compleja la tarea de los bancos centrales, que deben decidir entre combatir la inflación o sostener la actividad económica.

Los expertos hablan de tres trayectorias plausibles. La primera sería una salida política que estabilice la región y permita reabrir con rapidez las rutas energéticas del Golfo. Una segunda posibilidad es más inquietante. El conflicto puede prolongarse mientras Irán mantiene la capacidad de presionar el estrecho de Ormuz y amenazar la infraestructura energética de los países vecinos. En ese escenario los precios del petróleo tenderían a subir y el impacto se trasladaría con rapidez a la gasolina, la inflación y el crecimiento global. Una tercera alternativa se sitúa en un punto intermedio. Irán puede salir debilitado pero inestable, con capacidad para mantener durante años una prima de riesgo persistente en el mercado petrolero. En ese caso los precios podrían mantenerse estructuralmente por encima de los niveles pospandemia, incluso sin una interrupción total del suministro.

La magnitud y duración del impacto dependerán de cuánto tiempo permanezcan bajo presión las rutas energéticas del Golfo y de si los barriles atrapados logran volver al mercado. También pesará la reacción de los grandes productores, como Arabia Saudita y la OPEP, quienes podrían intervenir si los precios escalan demasiado. Por ahora el escenario sigue abierto. En el petróleo, como siempre, los titulares pueden cambiar cada día, pero lo que mueve el mercado de manera consistente es algo más simple: cuántos barriles llegan o dejan de llegar.


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Pilar Madrazo Lemarroy
  • Pilar Madrazo Lemarroy
  • Académica e investigadora en la Facultad de Economía y Negocios de Universidad Anáhuac México, sus líneas de investigación están relacionadas con la industria Fintech, finanzas conductuales e inversión con impacto.
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