Negocios

La fábrica del futuro

“Lo que está aquí, como lo ves ahora, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio y verlo igual”, le dice la Reina Roja a Alicia en A través del espejo en el clásico de Lewis Carroll. Y añade: “Si se quiere llegar a otra parte y verlo diferente, hay que correr por lo menos dos veces más rápido”. En los negocios ese principio se conoce como el efecto de la Reina Roja. Competir no garantiza avanzar, apenas evita desaparecer. En la economía actual ocurre algo similar. Empresas, trabajadores y gobiernos invierten millones, rediseñan procesos y se capacitan en inteligencia artificial (IA). El esfuerzo es enorme. Y, aun así, muchas veces solo alcanza para no quedarse atrás.

En este sentido, la economía global ha demostrado una resiliencia incómoda. Tensiones geopolíticas, aranceles elevados, cadenas de suministro fragmentadas y una política industrial agresiva no han detenido su crecimiento, pero tampoco han logrado revivir el empleo fabril tradicional. Desde 2019 la manufactura pierde peso en casi todos los continentes. Se producen más bienes con menos personas, igual que ocurrió en la agricultura el siglo pasado. No es un fracaso de política pública, es una mutación tecnológica. La automatización que comenzó con robots programados ahora se fusiona con una IA capaz de aprender del entorno físico.

Un robot industrial actual dejó de ser un simple brazo metálico atornillado al piso. Mientras que la industria 4.0 se obsesionó con sensores y datos, la 5.0 integró inteligencia artificial para optimizar procesos junto a humanos. Y ahora comienza a insinuarse la industria 6.0 con agentes autónomos capaces de observar, decidir y ejecutar con mínima supervisión. En 2024 operaban 4.7 millones de robots industriales en el mundo, apenas 177 por cada 10 mil trabajadores. Puede parecer poco, pero 2026 apunta a convertirse en punto de inflexión con más de 600 mil nuevas instalaciones anuales. La razón tiene que ver con el desplome de los costos. Sistemas de visión que hace pocos años costaban 50 mil euros hoy rondan los 200.

Ese giro no empieza en el piso de producción, sino mucho antes. La fábrica del futuro se diseña primero en un gemelo digital, una réplica virtual donde se simula la altura del techo, la trayectoria de los robots y hasta la forma en que una pieza cae dentro de una caja. En ese entorno virtual se prueban errores que en el mundo físico costarían meses y millones de dólares. Luego, en la planta real, la vieja línea rígida pierde protagonismo. Aparecen brazos más ágiles, vehículos y dispositivos autónomos que trasladan materiales sin interrumpir el flujo. En estos detalles se redefine la economía industrial.

Y a lo que se aspira llegar es a la dark factory (fábrica oscura). Una planta que trabaja día y noche con las luces apagadas porque no hay personas dentro, solo máquinas repitiendo con constancia aquello que no se cansa, no se distrae y no falla por rutina. La idea se soñaba desde hace décadas y fracasó porque los robots eran torpes y no entendían el mundo real. Hoy vuelve con mejores máquinas, mejores modelos, poder de cómputo y muchos, muchos datos. La manufactura de microchips que requieren ambientes ultra limpios; los componentes electrónicos de alta precisión; las baterías avanzadas; los dispositivos médicos estandarizados o incluso sistemas de cultivo vertical, requieren una mínima intervención humana por lo que son aspirantes a estas formas extremas de producción.

Todo esto no surge de un capricho tecnológico o de rentabilidad. El envejecimiento poblacional, la escasez de operadores calificados, cadenas de suministro aún frágiles y clientes que exigen entregas personalizadas e inmediatas son algunas presiones que impulsan el nuevo modelo de manufactura. Además, las tendencias nacionalistas encarecen la producción, por lo que la única forma de compensar los altos costos de estar cerca del cliente es más y mejor automatización.

Sin embargo, la transición apenas comienza. Incluso en las plantas más avanzadas, la tecnología que existe va varias generaciones por delante de lo que realmente opera en el piso industrial. Uno de los frenos importantes es financiero. Automatizar exige inversiones iniciales altas y visión de largo plazo. No se trata de comprar un robot, sino de construir la columna vertebral digital de la fábrica. Empresas que han apostado por ello reportan incrementos anuales de productividad cercanos a 7 u 8 por ciento y retornos de inversión en dos o tres años. La clave no es sustituir trabajadores de golpe, sino diseñar plantas capaces de adaptarse a lo que producirán mañana, aunque hoy no se sepa qué será. Flexibilidad, resiliencia y datos como infraestructura básica. En esa lógica, la automatización deja de ser gasto y se convierte en estrategia de supervivencia.

Finalmente, cuando se piensa en una fábrica del futuro, la imagen inmediata es la de robots desplazándose con material de un lado al otro, conectándose solos para recargarse y retomando su tarea sin pausa. Pero siempre se necesitarán personas capacitadas para operar el siguiente nivel de la máquina. Las plantas que antes estaban llenas de operarios con tareas repetitivas tendrán que llenarse de técnicos, ingenieros y especialistas en sistemas. La cuestión no es si habrá personas o no, sino qué tipo de personas estarán dentro. El operario que antes atornillaba piezas deberá convertirse en técnico de robots; el equipo de mantenimiento migrará hacia mantenimiento predictivo; los ingenieros de manufactura pasarán más tiempo entrenando modelos que supervisando líneas rígidas. Y como en cada revolución productiva anterior, el verdadero diferencial no será la máquina, sino la capacidad de las sociedades para preparar a quienes deberán operarla, cuestionarla y mejorarla.

“…Y fueron tan rápido que al final parecía como si estuviesen deslizándose por los aires, sin apenas tocar el suelo con los pies…”.


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Pilar Madrazo Lemarroy
  • Pilar Madrazo Lemarroy
  • Académica e investigadora en la Facultad de Economía y Negocios de Universidad Anáhuac México, sus líneas de investigación están relacionadas con la industria Fintech, finanzas conductuales e inversión con impacto.
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