Negocios

De neuronas a fragmentos de silicio

En biología, la inteligencia es la capacidad de un organismo para absorber información, responder a su entorno y mantenerse en funcionamiento. Pensar es procesar señales. Durante millones de años, ese proceso estuvo limitado a la biología: a neuronas, cerebros, organismos. Hoy, una extensión de esa capacidad ocurre fuera del cuerpo humano, en fragmentos de silicio, invisibles para la mayoría y fabricados a escala industrial y global. Se trata de los llamados semiconductores, materiales que permiten controlar el flujo de electricidad, y de los chips, dispositivos construidos a partir de ellos donde sucede ese procesamiento de información.

Todo comenzó en Silicon Valley a finales de los años cincuenta, cuando empresas como Fairchild Semiconductor y Texas Instruments lograron concentrar en un chip la capacidad de procesar información de manera rápida y eficiente. Durante décadas, estas empresas diseñaban y fabricaban sus propios dispositivos electrónicos dentro de sus fábricas, conocidas como fabs. Sin embargo, entre los años ochenta y noventa apareció el modelo fabless, empresas como Intel, Qualcomm, Nvidia y AMD descubrieron que podían concentrarse en el diseño y delegar la producción.

Con el tiempo, una sola empresa productora se volvió dominante, Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC). Hoy produce cerca de 90 por ciento de los circuitos integrados más avanzados del mundo. TSMC es el principal cliente, y depende para su operación de Advanced Semiconductor Materials Lithography (ASML) empresa holandesa que construye las gigantescas máquinas que fabrican los chips. La pandemia dejó al descubierto la fragilidad de la concentración en la producción. Cuando los confinamientos interrumpieron la producción y, al mismo tiempo, la demanda de dispositivos electrónicos se disparó, la escasez de chips retrasó durante meses la entrega de productos tecnológicos y provocó pérdidas estimadas en 240 mil millones de dólares para la economía global.

Por lo tanto, la economía de estas unidades de procesamiento combina lo peor y lo más poderoso del capitalismo: concentración extrema, ventajas acumulativas y dependencia global. Es un oligopolio dominado por pocos actores como TSMC, Samsung e Intel, apoyados en cuellos de botella críticos como ASML. A esto se suma una dinámica donde el líder se fortalece continuamente gracias a economías de escala y aprendizaje acumulado. Los gobiernos intervienen con subsidios masivos por razones estratégicas, mientras la producción depende de una cadena global fragmentada. El resultado es una industria eficiente, frágil y, sobre todo, geopolítica.

Aunado a esto, los números rozan lo absurdo. Un solo chip avanzado puede concentrar cientos de miles de millones de transistores en un espacio de apenas unos centímetros cuadrados, mientras que las máquinas encargadas de producirlos cuestan más de 150 millones de dólares y operan con precisión atómica. Construir una fábrica puede requerir entre 20 y 30 mil millones. Empresas como TSMC ya superan los 800 mil millones de dólares de valor de mercado, y la demanda impulsada por la inteligencia artificial está provocando inversiones de cientos de miles de millones adicionales. En paralelo, gigantes tecnológicos planean gastar hasta 600 mil millones en infraestructura de cómputo en los próximos años.

Elon Musk sostiene que el verdadero límite está en los requerimientos de energía. A escala terrestre, generar la electricidad necesaria para sostener este crecimiento exige inversiones colosales y una infraestructura difícil de expandir. Su propuesta de llevar los centros de datos al espacio es radical, pero no descabellada cuando la energía solar es abundante, continua y más barata. En ese entorno sideral, la capacidad de cómputo podría escalar en varios órdenes de magnitud. Además, las celdas solares pueden diseñarse de forma más simple y ligera, sin grandes superficies de vidrio, sin baterías ni estructuras pensadas para inclemencias climáticas atmosféricas

Otra explicación de las cifras desproporcionadas tiene que ver con los materiales semiconductores como el silicio, materia prima para la fabricación de chips, convirtiéndose en el recurso estratégico del siglo XXI, aun cuando su cadena de suministro es también su mayor vulnerabilidad. Por un lado, Estados Unidos restringe a China el acceso a tecnologías clave. Y por el otro, gobiernos de todo el mundo compiten por atraer fábricas con subsidios masivos. La eficiencia global histórica es hoy un tablero geopolítico donde cada semiconductor atraviesa múltiples fronteras antes de existir, pero cada frontera puede convertirse en un punto de quiebre.

Como resultado, la economía de los chips resulta incómoda para la teoría económica clásica. Cuando la globalización debiera generar eficiencias a través de la especialización, más bien ha generado vulnerabilidad. El mercado, se supone, premia la competencia, pero aquí la escala no sólo genera ventajas, sino monopolios casi imposibles de desafiar. Y, aunque la dinámica del sector debería permitir a nuevos actores entrar y competir, ni siquiera inversiones de cientos de miles de millones de dólares han logrado cerrar la brecha tecnológica.

Volviendo al silicio como nuevo soporte del procesamiento de información, cuando la inteligencia deja de estar restringida a los procesos biológicos del cuerpo humano y puede producirse, escalarse y distribuirse como infraestructura, se convierte, como la tierra, el trabajo y el capital, en un factor más de producción. Esto quiere decir que su expansión tiene lugar fuera de la biología y, por tanto, entra en la lógica del mercado. La economía ya no regula sólo bienes o trabajo, sino también capacidad cognitiva. Quien controla el cómputo procesa más información, piensa más rápido, decide mejor y acumula una ventaja menos marginal y más estructural.


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Pilar Madrazo Lemarroy
  • Pilar Madrazo Lemarroy
  • Académica e investigadora en la Facultad de Economía y Negocios de Universidad Anáhuac México, sus líneas de investigación están relacionadas con la industria Fintech, finanzas conductuales e inversión con impacto.
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