En su cumpleaños número 70, en 1905, Mark Twain pronunció un discurso sobre el secreto para un buen envejecimiento. (Si 70 años no les suena a viejo, tengan en cuenta que, debido a las altas tasas de mortalidad infantil, la esperanza de vida promedio para alguien nacido antes de 1850 era de menos de 40). “Logré alcanzar mis 70 años de la manera habitual”, declaró, según un artículo de The New York Times, “apegándome estrictamente a un plan de vida que mataría a cualquiera”. Su máxima fue esta: “No podemos llegar a la vejez por el camino de otra persona”.
Típico de Twain, esta era una sabiduría popular sólida envuelta en una broma. El secreto para una vida larga y feliz es claramente no fumar, ni beber ni salir de parranda. Pero tiene razón al afirmar que no existe una fórmula automática que funcione para todos. Dentro de unos parámetros obvios, cada uno de nosotros debería experimentar con diferentes ideas y estilos de vida específicos, una propuesta que ya he comentado. Algunas personas son más saludables con una dieta vegetariana; otras lo serán con una dieta mediterránea. Están los que son más felices viviendo en grandes metrópolis como Nueva York y Los Ángeles; otros disfrutan la vida al máximo en el campo.
Sin embargo, dejando de lado estos detalles, algunos hábitos generales sí importan. No los entretendré con los consejos de salud y bienestar que podrían escuchar de su médico: dejen de fumar y salgan a caminar, por Dios. En su lugar, quiero llamar su atención sobre ciertos patrones de comportamiento que no son tan obvios, pero que ayudan a explicar por qué las personas mayores suelen ser más felices que los adultos jóvenes. Mientras más rápido aprendan y adopten estas reglas para una buena vida, más pronto podrán disfrutar de sus frutos.
Sin duda, se encontrarán con personas mayores malhumoradas e infelices, pero, en promedio, en Estados Unidos, los adultos mayores tienen una calificación significativamente mayor en bienestar que los adultos jóvenes. Las personas mayores experimentan menos angustia psicológica y afecto negativo, y un afecto positivo más frecuente. También ya escribí anteriormente sobre cómo las personas mayores suelen disfrutar de cambios positivos en su personalidad: la amabilidad y la responsabilidad aumentan con la edad; el neuroticismo disminuye. La explicación de este patrón no es evidente a primera vista. Sin duda, la sabiduría adquirida influye: las personas mayores tienen más información vital y cometen menos errores. Pero tres patrones de comportamiento particulares que muestran las personas mayores son muy importantes.
El primero se refiere a las redes sociales. En la infancia, probablemente se les animaba a desarrollar una amplia gama de amistades con diferentes tipos de personas, en aras de la felicidad. Este fue un buen consejo, ya que se aprendieron nuevas formas de pensar y vivir de personas fuera de los círculos sociales habituales. Pero no significa que se deba dedicar un esfuerzo especial a mantener vínculos con muchas personas con las que se tienen relaciones superficiales. Esto solamente llenaría el tiempo libre con interacciones poco gratificantes. Sin embargo, precisamente este tipo de amistades amplias pero escasas caracteriza las redes de muchos adultos jóvenes. Las personas mayores reducen selectivamente sus círculos sociales para enfocarse en las personas con las que comparten pasiones, experimentan emociones positivas y obtienen satisfacción. Las amistades ocasionales que no llegan a la meta se quedan atrás.
Puede parecer egoísta, pero las personas se vuelven más altruistas a medida que envejecen: este es el segundo patrón de comportamiento que aumenta la felicidad de las personas mayores en comparación con la de los jóvenes. En una encuesta de 2021 sobre investigación sobre altruismo autodeclarado y comportamiento caritativo observado, cuatro psicólogos descubrieron que 14 de los 16 estudios que se revisaron revelaban que los adultos mayores se centran más en los demás que los más jóvenes. En una demostración especialmente ingeniosa de este hallazgo, los investigadores pidieron a adultos de diferentes edades que sujetaran un dinamómetro, un dispositivo portátil para medir la fuerza de agarre, y lo apretaran con gran esfuerzo para obtener recompensas para sí mismos o para los demás. Los adultos más jóvenes agarraron con más fuerza que los adultos mayores para obtener recompensas para sí mismos; los adultos mayores agarraron con más fuerza que los jóvenes para obtener recompensas para los demás.
El tercer patrón se refiere a cómo reaccionan las personas mayores ante los acontecimientos difíciles de la vida. A medida que envejecemos, solemos mejorar tanto en la prevención como en el manejo del estrés de la vida. En un estudio longitudinal de 2023, en el que participaron casi 3 mil adultos de entre 25 y 74 años, se encontró que las personas de 70 años sentían estrés un 40 por ciento menos de días que las de 25. Esto se debe, en parte, a que las personas mayores se exponían menos a eventos estresantes, pero también a que reaccionaban menos a situaciones estresantes. Sin duda, parte de esto se debe a las circunstancias de la vida: los jubilados de 70 años ya no tienen trabajos exigentes. Pero otro factor es que, cuando las personas mayores se enfrentan a una situación estresante, simplemente suelen ignorarla. Responder o no a un evento difícil puede parecer algo que no es voluntario, pero de hecho puede serlo, y cuando el estrés es inevitable, las personas mayores simplemente reaccionan menos preocupándose menos.
Mientras escribía este ensayo, me vino a la mente una experiencia que reforzó los puntos anteriores: una reunión de dos días a la que asistí en Roma hace unos 25 años para una gran organización benéfica internacional. La conferencia convocó a un pequeño grupo de especialistas en bienestar, algunos muy jóvenes (como yo en ese momento), otros mucho mayores y más famosos. Entre estos últimos se encontraba una mujer de 60 años de talla mundial en el campo. Sintiéndome honrado de estar en su compañía, presté mucha atención a su comportamiento. En aquel momento, me pareció un poco extraño; ahora ya no.
Ella voló una larga distancia durante toda la noche para asistir a la reunión, sin compensación, y participó plenamente en cada sesión. Pero cuando llegó la lujosa cena de la última noche de la conferencia -algo que para mí fue muy gratificante- entró al bistró y dijo: “Este lugar es demasiado ruidoso” y se fue. Esta mujer extraordinaria exhibía los tres patrones de felicidad: dedicaba tiempo profesionalmente a personas que compartían su pasión por una causa, se esforzaba personalmente y donaba su considerable experiencia, y decía que no a algo que no valía la pena el estrés y el sacrificio que implicaba para ella.
A los 36 años, me sorprendió que rechazara la fiesta. Hoy, a los 61 años, sigo su ejemplo: me esfuerzo mucho para servir a causas que me importan y hablo de temas de profundidad espiritual o importancia científica durante horas. ¿Pero charlar en un bar ruidoso? Ni de chiste.
A continuación, tres reglas generales que aprendí de personas mayores y que me llevan a un mayor bienestar.
1. Profundiza o déjalo.
Intento asegurarme de que mis relaciones sociales -las voluntarias y que requieren tiempo libre- se centren únicamente en las facetas de la vida que importan: el amor, la fe, la filosofía, la virtud, la cultura, la estética. No quiero hablar de mis vacaciones en la playa, ni de las tuyas, a menos que tenga una gran revelación al momento en que llegaba la marea.
2. Servir más.
Un canal único de bienestar es servir a los demás en causas que me importan. Esto puede significar donar dinero y tiempo, por supuesto. Pero también implica someter regularmente mi trabajo a una “prueba de valores”: ¿Cada actividad edifica y eleva principalmente a los demás?
3. Preocuparme menos.
Pienso en las cosas que me quitaban el sueño de joven -este conflicto en el trabajo, la preocupación por el dinero- y niego con la cabeza. Ahora, cuando algo me molesta o amenaza con estresarme, me pregunto si es probable que el asunto me moleste dentro de una semana. Si la respuesta es no, intento empezar desde ese momento a despreocuparme.
Fiel a su oficio de satírico, Twain prefería burlarse de todo el asunto de los ancianos que aconsejan a los jóvenes, como lo hizo en su ensayo de 1882 “Consejos para la juventud”: “Si alguien te ofende y dudas si fue intencional o no, no recurras a medidas extremas; simplemente aprovecha la oportunidad y pégale con un ladrillo”.
Sin embargo, sospecho firmemente que Twain seguía reglas mejores que estas para cuando cumplió 70 años. Al concluir su discurso de cumpleaños, el viejo piloto de embarcación de río dijo que había trazado un rumbo “hacia el sol ocultándose con el corazón contento”, sin duda siguiendo los felices (aunque no tan divertidos) principios mencionados anteriormente.