Adán Augusto López no se fue porque quiso, pero tampoco cuando hubiera querido la Presidenta. Por eso, su salida nos habla, sobre todo, de los márgenes de maniobra, crecientes de la Presidenta, y del deslinde progresivo de las esferas de influencia de ella y del fundador del movimiento, López Obrador.
Pero antes, digamos lo evidente, y es que no estamos ni cerca de lo que sería deseable (ni nunca lo hemos estado): de un país donde señalamientos verosímiles de que un funcionario o político ha incurrido en conductas indebidas —como enriquecimiento inexplicable, o de colusión con grupos involucrados en el crimen organizado— sean razón suficiente para que un gobierno, o un movimiento político, se apresurara a deslindarse, aunque fuera temporalmente y mientras se aclara, de esa persona por las consecuencias y los costos que esa vinculación les traerían a nivel de la opinión y de futuras votaciones.
Tampoco estamos en el mundo de lo que haría la Presidenta en un contexto distinto, y de eso tenemos pruebas: siendo jefa de Gobierno, corrió sin chistar a la que recién había nombrado secretaria de Turismo, Paola Félix Díaz, cuando a esta se le ocurrió que era buena idea subirse a un avión privado para irse de ride a una boda en Guatemala.
Por eso, las salidas recientes de Pablo Gómez de la Unidad de Inteligencia Financiera, de Gertz Manero de la Fiscalía General de la República y de Adán Augusto López de la coordinación del Senado —todos ellos nombrados y muy cercanos del ex presidente— son operaciones que nos hablan de los márgenes relativos de la Presidenta frente a ese poder fáctico real que es hoy López Obrador. Son salidas entonces que no ocurren en el momento deseado o deseable ni de la forma que merecerían. Así, un pésimo fiscal termina de embajador en Gran Bretaña y Adán Augusto se va con fuero y quesque por iniciativa propia a hacer trabajo partidista. Aquí nadie va a enfrentar la justicia, sólo dejarán de estorbar.
En este balance, como ya se ha escrito, la Presidenta gana espacios en la conducción del gobierno. Hay que mencionar que, en esta batalla sutil, y no tan sutil, por los espacios y los márgenes de acción, los nombrados por López Obrador le han hecho un gran favor a la Presidenta (casi habría que agradecerles), porque por su soberbia, su falta de ética, sus excesos y corruptelas acabó resultando muy difícil, hasta para su valedor, seguir sosteniéndolos. Se explica en ese contexto el desafío final de Adán Augusto López a la Presidenta cuando, al explicar su decisión, afirmó: “Yo platiqué con quien tenía que platicar estas cosas...”, y asegurando que se dedicará a recorrer “todo el país”, a pesar de que formalmente se le habría encomendado sólo la zona centro.
En este avance de los márgenes de la Presidenta también ha jugado a su favor (y en contra del movimiento al que ella pertenece y defiende) el bajísimo desempeño de quienes estaban destinados a ser los nuevos liderazgos del movimiento y sus cartas a futuro: los gobernadores morenistas, la jefa de Gobierno y algunos secretarios.
Se empieza a perfilar así un deslinde de áreas de influencia: para la Presidenta el poder del Estado —con algunas cuñas todavía, pero con el control pleno de las áreas de inteligencia y seguridad (que no será tema menor a la hora de definir a los candidatos de Morena)— y al ex presidente, el partido o movimiento.
Entre más nítido sea este deslinde, más claras también serán las responsabilidades respectivas.