M+.- El mentado “humanismo mexicano” de doña 4T pretende instaurar la “igualdad” por encima de todas las cosas, combatiendo de perniciosa manera al experto, en tanto que es obligadamente diferente –o sea, no “igual”— al ignorante, rechazando deliberadamente cualquier pauta de exigencia (pedirle a alguien que cumpla sería también obligarlo a ser diferente –o sea, no “igual”— a quien no acepta, por incapacidad o simple haraganería, los rigores de la selección, ya sea en el ámbito académico o profesional) e implementando entonces –en detrimento de la excelencia personal y el esfuerzo particular— un nefario modelo paternalista, un verdadero veneno para el crecimiento y el desarrollo.
La apuesta, así las cosas, es la mediocridad por decreto. A los estrategas del régimen morenista no parece preocuparles que México se esté desenganchando de la ruta hacia un futuro cada vez mejor que han tomado los países más prósperos del planeta, en los cuales la cultura del esfuerzo viene siendo parte de un orden natural y en manera alguna se asocia a procesos discriminatorios ni a posturas de exclusión.
Lo peor es que la medianía necesita ser subsidiada, miren ustedes. El individuo improductivo es esencialmente una carga, no parte de una riqueza humana a partir de la cual se pueda edificar mayor bienestar para todo un pueblo.
Y el tema es que ese tal “humanismo” ni siquiera es cierto, es una patraña fabricada por los torvos propagandistas del oficialismo. Si en verdad les preocupara a los adalides de la cacareada “transformación” la suerte de nuestros compatriotas más desheredados entonces lo primerísimo que harían es posibilitar, de inicio, la igualdad efectiva de todos los mexicanos desde su más temprana edad. ¿Cómo? Asegurándoles una educación de la mejor calidad en escuelas modernas, bien equipadas y seguras atendidas por maestros con la noble vocación de enseñar en lugar de dejar abandonados a su suerte a los pequeños más pobres del país por atender las espurias e interminables demandas de una turba de vándalos extorsionadores disfrazados de docentes.
Un régimen “humanista” no dilapida los dineros del erario en proyectos improductivos ni dirige sus magros recursos a un barril sin fondo como Pemex sino que cuida generosamente a sus niños, lo más precioso que tiene una nación. Y, de paso, construye, ahí sí, una sociedad igualitaria.