Para el desarrollo de la sociedad es imprescindible la justicia, que consiste en que se dé a cada quien lo que le corresponde. De ahí que toda sociedad necesite del Derecho, pues es a través de las leyes es que se ordenan las actividades y relaciones de las personas y de los grupos que forman, los cuales, respetando la naturaleza del ser humano, son el marco de la libertad y del perfeccionamiento individual y colectivo. Pero la caridad, como virtud por la que amamos a Dios y al prójimo, va más allá de la justicia, ya que, en efecto ¿cómo puede alguien donar de lo suyo a otra persona si no posee nada?
Para llevar a cabo la caridad es necesaria la justicia. Cuando a alguien, persona, grupo o categoría social le corresponden ciertas cosas, todavía no es caridad proporcionárselas, es de justicia que se le den. Por lo mismo afirmaba Benedicto XVI que “quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos”. Añadía: “No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es ‘inseparable de la caridad’, intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su ‘medida mínima’, parte integrante de ese amor ‘con obras y según la verdad’, al que nos exhorta el apóstol Juan”.
La justicia, en este sentido, es presupuesto del amor con caridad. Por lo mismo una sociedad que pretenda regirse por el amor no puede renunciar al Derecho, porque el Derecho es el objeto de la justicia. La importancia del Derecho en una sociedad no es una cosa accesoria o de segunda importancia y no es posible pretender que en un país donde el Derecho y las leyes son violadas sistemáticamente o sean burladas con estratagemas pueda haber justicia ni, mucho menos caridad.
Ciertamente, la caridad -aunque supone la justicia y no va nunca contra ella- también la supera, ya que en la sociedad no solamente existen relaciones de derechos y deberes, sino también relaciones de gratuidad. Esto es manifiesto en la familia, que por algo es llamada célula básica de la sociedad. Aunque puede haber excepciones, lo normal y natural es que, por ejemplo, el amor de los padres sea incondicionado, lo que nos pone en una vía que, suponiéndola, ya supera la justicia.
Benedicto XVI dejó muchas luces a este respecto en su “Caritas in veritate”, de la que he tomado el número seis para este comentario y que finaliza diciendo: La “ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo”.
Pedro Miguel Funes Díaz