Dicen que en gustos se rompen géneros, yo creo que en gustos se rompe todo. He conocido colegas que viajan a Bayreuth para dedicar días enteros a escuchar a Wagner y colegas que simplemente no lo toleran. Pero la realidad es que detrás de cada gusto hay razones de mucho peso, las inclinaciones y gustos de las personas nos hablan de lo que esa persona es.
Si alguien conoció a Wagner y su música, ese fue Nietzsche. Su admiración por el compositor alemán le llevó a tratarlo personalmente y a llevar con él una verdadera amistad, la cual Nietzsche atesoró hasta el final de su vida. Pero su gusto por la música wagneriana cambió después de presenciar la primera puesta en escena de Bayreuth: Nietzsche se retiró asqueado y, a partir de ahí, dejó muy claro que esa música le destrozaba los nervios y le descomponía el estómago.
Y es que no es lo mismo conocer ciertos pasajes sublimes de este compositor alemán que escuchar una ópera completa y verla escenificada como Wagner decidió hacerlo. Alguna ocasión se lo dije a Ruy Pérez Tamayo, wagneriano consumado, y agregué: “Pero lo peor de Wagner es que es terriblemente cursi”. Para mi sorpresa Ruy asintió y me dijo: “Sí, Wagner es cursi”.
Quien conoce los highlights wagnerianos se enamora de ellos, no hay duda. Son de una belleza extraordinaria. Pero sus óperas completas son otra cosa, a Nietzsche le descomponían el estómago y las razones son de corte filosófico. La música de Wagner es pesada, no hay quien lo dude, basta con ver la orquesta que requiere. Es sublime, pero sobre eso sublime se monta en algo aún más sublime, y más sublime hasta llegar a la saciedad de lo sublime que raya en “lo sublime de lo sublime en sí”.
¿Qué puede decir de lo anterior un pensador que alabó la ligereza? Todas las metáforas del pensamiento nietzscheano rondan la ligereza: las alas, los abismos que enferman. Que no construya su nido sobre un abismo quien no tenga alas para volar, decía. Y es que la pesantez es para Nietzsche un peligro mortal para la humanidad: la pesantez oprime, deprime, hunde al individuo que puede perderse en sus propias profundidades.
Nietzsche admira la música que conoce la profundidad, pero emerge ligera, en la misma medida en que admira la cultura griega, que sabía de la profundidad del dolor, pero emergió ligera envuelta en el velo de la belleza.
Mientras escribo esto, la OJUEM se prepara para interpretar la magnífica obertura wagneriana de Rienzi. Contra lo que Nietzsche opinaba, estoy segura de que escucharla no dará un solo dolor de estómago a los asistentes.
Ya escuchar la ópera completa, tendría que vivirlo cada quien, en gustos se rompe todo.