Hubo un tiempo en que el silencio no era un problema; no había que llenarlo, justificarlo, o temerle. El silencio era parte de la vida: acompañaba los trayectos, las comidas, los paseos. No era un vacío, sino una forma de estar.
Hoy pareciera que el silencio es incómodo y hay que prevenirse contra él, llenando el espacio sonoro con música, comerciales, deportes, lo que sea: el silencio incomoda. Peatones con audífonos, restaurantes con pantallas que nadie atiende y, en todas partes, la horrible “música de fondo”. Podría pensarse que esto responde a un avance tecnológico natural: ahora tenemos acceso permanente a la música. Pero lo que está en juego no es el acceso al contenido, sino la incapacidad de sostener la ausencia de él: el silencio ha dejado de ser una experiencia habitable.
Esto es peligroso, porque el silencio no es únicamente la falta de ruido externo, es el espacio en el que algo puede aparecer: pensar, recordar, sentir, requiere cierto grado de silencio. No me refiero a un retiro absoluto, sino a una interrupción del flujo constante de estímulos. Sin esa interrupción, la experiencia se vuelve plana, continua y sin profundidad.
Tanto ruido impuesto evita el aburrimiento y el ocio y ahí está el peligro: ya los griegos consideraban el ocio una experiencia necesaria para la labor creativa. El ocio, scholé, de donde viene la palabra “escuela”, era necesario para aprender, pensar y crear. Pero para vivir el ocio es necesario quedarse en silencio, sin imágenes y sin ruido mental y sí: aburrirse un poco. Heidegger consideró el aburrimiento como algo necesario para ejercer la capacidad de pensar.
Hoy no podemos aburrirnos ni estar en silencio: vivimos saturados. Y me pregunto: ¿a qué le tememos? ¿qué podría ocurrir si todo quedara en silencio? ¿No vaya a ser que de repente cuestionáramos nuestro estilo y ritmo de vida? El silencio es una amenaza a la zona de confort, porque él enfrenta al individuo a sus más hondos pensamientos o, lo que es peor: la carencia de pensamiento. Pero a la vez solo desde el silencio es posible crear pensamientos propios.
El precio de evitar el silencio es alto: una vida sin silencio es una vida sin interioridad. Si todo el tiempo estamos reaccionando a algo externo, ¿en qué momento elaboramos lo que vivimos? ¿En qué momento algo nos afecta realmente? No propongo una idealización del pasado ni un rechazo a la tecnología; nadie querría volver a un mundo sin acceso a información o comunicación. Pero tal vez habría que preguntarse si no estamos perdiendo algo que no es sustituible.
El silencio no es un lujo ni una excentricidad: es una condición para la vida humana. Recuperarlo no implica retirarse del mundo; quizá bastara con, de vez en cuando, caminar sin audífonos, esperar sin mirar el teléfono, permanecer unos minutos sin llenar el tiempo. Porque tal vez el problema no es que haya demasiado ruido, sino que ya no sabemos qué hacer cuando el ruido cesa.
Y es ahí —en ese momento en que no pasa nada— donde podría empezar a pasar algo.