Decía Borges que nadie conoce los gólgotas del vecino. A diario vemos caras, sonrisas, gestos que indican las más variadas emociones, pero desconocemos el fondo del entramado de las psiques que esos rostros esconden. Y es que, en realidad en esta vida nadie se salva de sufrir: la esencia misma de la vida –como diría Nietzsche– es la unión del gran placer de estar vivos y el inevitable dolor de la finitud de la propia voluntad.
¿Qué es la finitud? Por lo general asociamos la finitud con la muerte, esto es: con el hecho de que temporalmente la vida tenga un límite, un fin. Sin embargo, la finitud es mucho más que eso: es la misma forma de la existencia. Aquí y ahora mi voluntad tiene límites, es finita porque hay cosas que simplemente no puedo cambiar, por mucho que lo quiera y que me lo proponga.
Comenzando por lo más elemental, no puedo cambiar mi pasado. La voluntad no puede querer para atrás, no puedo decir: quiero que eso no haya ocurrido. Lo que ocurrió queda como la inamovible piedra del ayer. Puedo, por supuesto, reinterpretar mi pasado de tal manera que, al comprenderlo desde una perspectiva diferente, me lastime menos o incluso se convierta en una fortaleza. Pero no puedo cambiar los hechos.
Todos vivimos la finitud a cada instante como un límite de la propia voluntad. Esos límites conllevan un dolor al que no le permitimos siquiera asomarse a los gestos cotidianos. Y lo mismo ocurre con la señora que nos mienta la madre con el claxon, con el vecino que hace rabietas al primer pretexto o con el estudiante que mantiene todo el semestre la misma actitud retadora: caras vemos, corazones no sabemos.
Tomar conciencia de eso puede conducirnos a ser un poco más tolerantes con los demás. No es una mujer majadera e histérica la que nos insulta con el claxon: es una mujer que sufre. No es solamente un vecino quejumbroso el que se molesta al menor estímulo: es un hombre que sufre. No es un alumno chocante el que da lata todo el semestre: es un joven que sufre.
Esa tolerancia no solo puede amortiguar la pena ajena: es una forma de darle a nuestra existencia un hogar y no un campo de batalla.
De manera que recordémoslo: no conocemos los gólgotas ajenos. Seamos tolerantes.