El gobierno de Claudia Sheinbaum ha cambiado la postura respecto al fracking. Ha iniciado un giro hacia su apertura, insistiendo que no se trataría del fracking “de antes”, sino una versión con “menor” impacto ambiental.
La razón de fondo es la dependencia de México del gas de Estados Unidos: el país importa aproximadamente 75% del gas que consume. Este viraje rompe con la línea de López Obrador y ha provocado incomodidad dentro de Morena y a la vez ha desatado fuertes críticas ambientalistas. Aunque políticamente la puerta ya se abrió, técnicamente el proyecto sería largo, caro y complejo y difícilmente garantizaría la independencia energética del país.
La cuestión de fondo no es solo energética: es una disputa entre soberanía y ecología. Sheinbaum está apostando por un giro pragmático: asume el costo político y ambiental de abrir la discusión sobre el fracking porque considera más grave la vulnerabilidad energética de México.
Filosóficamente esta situación remite al problema entre la autonomía y la responsabilidad ecológica y moral: ¿tiene un Estado derecho a explotar sus recursos para asegurar su autonomía, aun cuando ello implique un daño ambiental? Y lo que es más: ¿podemos hablar de soberanía, cuando esta se construye a costa de las condiciones que hacen posible la vida? Lo que está aquí en juego no es únicamente la política energética de nuestro país, sino el alcance de la responsabilidad política en una época marcada por la crisis ecológica.
El problema no puede evaluarse únicamente en términos de soberanía o necesidad económica inmediata. Vivimos bajo la exigencia urgente de actuar de tal modo que los efectos de nuestras decisiones sean compatibles con la permanencia de la vida en la Tierra.
Hans Jonas fue un filósofo que explicó, entre otras cosas, el principio de responsabilidad necesario para tomar hoy en día cualquier decisión que pueda comprometer un futuro vivible. Con base en su principio de responsabilidad, podemos afirmar que la capacidad técnica de explotar un recurso, no legitima su uso si con ello se comprometen las condiciones futuras para la existencia de una vida sana. Tenemos una responsabilidad para con las generaciones futuras, que son las que sufrirán los daños y las repercusiones de las decisiones que tomemos hoy.
La apuesta por un fracking “sustentable” tiene que tomar en serio la crisis ecológica por la cual atraviesa el mundo y en particular, nuestro país.
Resolver el problema inmediato de la soberanía no debe comprometer el futuro de las generaciones por venir.