Cultura

La ilusión de la posteridad

A principios de mayo, el reconocido escritor y columnista Manuel Vicent publicó, en su columna Las horas paganas, un artículo titulado “La tarea de fabricarse como personaje”. El artículo abre con su tesis central: “Si algún escritor desea pasar a la posteridad tiene que fabricarse previamente como personaje”.

Acto seguido sostiene que “a Azorín le bastó con llegar a Madrid con un paraguas rojo con el que se paseaba a pleno sol por la Gran Vía; y a Unamuno con llevar el cuello de la camisa por fuera del jersey que le llegaba al gaznate como un clérigo protestante, y pasarse el día haciendo figuras de papel”. El problema está en la expresión “le bastó con”: lo que dice Vicent es una barbaridad. Ni a Azorín ni al autor de El sentimiento trágico de la vida “les bastó” con sus peculiaridades. Muchos pueden pasear con un paraguas rojo, muchos pueden llevar el cuello de la camisa por fuera del jersey que le llegaba al gaznate, y no por ello llegarán a ser Azorín o Unamuno.

El problema es que la tesis de Vicent es errónea desde su raíz. Hay escritores que han pasado a la posteridad sin haberse “fabricado un personaje” y casi sin ser leídos en su momento. La lista es tan larga como impactante: William Blake, Stendhal, John Keats, Herman Melville, Emily Dickinson, Friedrich Nietzsche, Franz Kafka, Anna Ajmátova, Sylvia Plath… y muchos más. Y sobre todo, muchas más.

La verdad es lo opuesto de lo que dice este escritor: si alguien quiere ser leído en su momento, independientemente de pasar o no a la posteridad, tiene que fabricarse un personaje. Eso sí que es verdad. Pensemos, por ejemplo, en Edward Bulwer-Lytton: construyó una imagen muy característica del aristócrata intelectual victoriano: refinado, brillante, misterioso y un poco teatral, y pasó de ser uno de los escritores más famosos en lengua inglesa a convertirse casi en una curiosidad histórica. De hecho, existe el célebre Bulwer-Lytton Fiction Contest, un concurso humorístico dedicado a escribir las peores frases iniciales posibles de novela, inspirado precisamente en esa apertura recargada tan clásica de él. Otro caso: Gabriele D’Annunzio, enormemente famoso, convirtió su propia vida en un espectáculo teatral. Hoy casi no es leído y se le recuerda más por su personaje extravagante y su influencia histórica.

Y es que la clave está en que los pensadores que quieren pasar a la posteridad suelen tener la mira puesta en la posteridad más que en su escritura. Siempre me ha parecido absurda la pretensión de pasar a la posteridad. ¿Cuál posteridad? El mundo en que vivimos no es más que una mota de polvo en el universo que será barrida y no quedará nada: absolutamente nada. Ni siquiera polvo enamorado. Ni siquiera polvo.

¿Quién quiere crear un personaje para pasar a la posteridad? El mismo Vicent da la respuesta: “Uno se pregunta si vale la pena tanto sacrificio sólo por conseguir que en vida te salude por tu nombre el pescadero y una vez muerto caigas en manos de un alcalde de tu ideología que te erija una estatua que cagarán las palomas”.

Escribir tiene sentido cuando se hace por placer, porque da sentido a la propia existencia.

Ahora sí que lo demás es silencio.


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Paulina Rivero Weber
  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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