Mariela Gutiérrez Escalante fue alcaldesa de Tecámac; ahora es senadora. En México, al parecer, se premia bien asesinar perros.
Durante su administración como alcaldesa de ese municipio del Estado de México, esta señora mandó matar 10,962 perros. Y ella misma lo dice así, sin el menor prurito. Bonita manera de dar ejemplo y educar a su población. Aplausos, por favor, a las lecciones de un gobierno: eliminar al vulnerable.
Más allá de la legalidad que ella invoca –la cual de ser verdadera, sería una vergüenza– el dato exhibe una política pública que normaliza la violencia y la eliminación masiva de seres sintientes como mecanismo de control. Con ello evidencia la ausencia de estrategias y de campañas educativas orientadas a la adopción y al respeto a la vida animal. Esta funcionaria no asumió la responsabilidad estructural que implicó dicha sobrepoblación: la esterilización que debió impulsar, en lugar del asesinato.
El Premio Nobel, Isaac Bashevis Singer, judío, escribió que para los animales, la vida es “un eterno Treblinka”. Tomada en serio, esa analogía describe lo ocurrido en Tecámac: la creación de una maquinaria de muerte que vuelve prescindibles a seres sintientes y legitima su eliminación. Eso es lo que exhibe esa política pública: Gutiérrez Escalante aparece, en ese horizonte, como calca de la lógica nazi.
Cuando gobernantes con la sensibilidad de una corcholata ejercen una forma de gestión que reduce a seres sintientes a cifras administrables, a vidas sin valor, es necesario hacer un alto. Porque eso, independientemente de su encuadre jurídico, plantea una objeción ética de fondo.
A esta señora habría que empezar por explicarle qué es un ser sintiente. En un texto traducido como El origen del hombre (The Descent of Man), Charles Darwin considera que todo ser humano ético debería empatizar con todos los seres sintientes. Esa –considera– es la virtud más elevada a la que puede aspirar un ser humano: empatizar con los seres capaces de sentir.
De modo que esta señora o no es ser humano o no es una persona ética. Y ya que parece que, a pesar de sus actos, es un ser humano, la única conclusión que nos queda es que se trata de una persona sin ética alguna. Después de saber esto, ¿se va a permitir que continúe como senadora? ¿Es ese el ejemplo que queremos para nuestro pueblo?
Yo pregunto: ¿En qué mente –y en qué sensibilidad– cabe mandar a matar casi 11,000 perros? ¿No acaso deberíamos sospechar que una persona que se comporta de esta manera, aparte de tener una nula sensibilidad ante la vida, es también una psicópata? Claro que intentará justificar sus acciones, como todo psicópata. Pero lo que estas delatan, es una mente enferma.
En la alcaldía de Tlalpan, se encuentra una de las esculturas más fuertes y más tristes de la ciudad: el Monumento al Perro Callejero. Es el bronce de un perro abatido, cojeando cabizbajo con la cola entre las patas. No es un perro heroico: es un animal humillado que nunca tuvo la oportunidad de ser “Frida”. Se llamaba Peluso y fue uno de tantos perros callejeros, como los 10, 962 que esta psicópata mandó asesinar.
¡Aplausos para esta señora!: Hagámosla senadora. Ah, no: ¡ya lo es! Así se forman los ejemplos.
Y luego nos extraña la violencia en nuestro país.