Conforme pasan los días, más se alejan de mi mente los detalles inmediatos. ¿Tomé ya esta medicina? ¿Qué es lo que vine a buscar? Tal fue mi desmemoria que acudí a la especialista con la finalidad de realizar todas las pruebas necesarias para descartar una de las enfermedades más temidas de la vejez: el Alzheimer.
Análisis médicos y horas respondiendo pruebas de memoria arrojaron una lejanía absoluta de tan temida enfermedad. “Usted hace demasiadas cosas a la vez, debe concentrarse en una sola labor” fue el consejo final de la especialista. Pero yo, como mujer que soy, siempre he hecho demasiadas cosas a la vez y mi memoria retenía todas y cada una de ellas. Es la edad, pensé. Y sin duda, es la edad.
Ese fue el inicio de mi reflexión sobre la memoria y el olvido. Como siempre, comencé por mi Corominas, continué con mi Liddell-Scott, mis diccionarios de mitología, y así he iniciado un camino que al final sospecho que me llevará a Nietzsche y a Borges: he comenzado una aventura que quiero compartir. No sé cuántas semanas escribiré sobre este tema, y no porque lo haya olvidado, sino porque la escritura lo decidirá por sí misma. Les cuento, pues, un hermoso cuento.
Dice Corominas: Memorable, memorando, memorándum… V. membrar. Vamos a ver “membrar”. Voy por mis lentes, porque no solo la memoria se afecta: también la vista. Membrar: ‘acordarse’, derivado del latín memor… Me pregunto: ¿memor-ia?… Dice: “memor; el que se acuerda de algo”. Pero eso es latín ¿y los griegos? Después de estudiar en una facultad tan eurocéntrica como lo es la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, siempre considero que todo tiene que tener un origen griego. Encuentro entonces la raíz indoeuropea: “men”: pensar, recordar. De ahí, en efecto, el griego Mnéme, memoria y de ahí, por fin, ¡claro!: Mnemosyne: la Titánide de la memoria, madre de todas las musas. Ahora sí todo tiene sentido y comienza lo divertido.
Todo comenzó cuando del Caos surgió la Tierra (Gea) y de ésta, el Cielo (Urano). Ambos engendraron, entre otros seres, a los Titanes y las Titánides, entre los que se encontraban Mnemosyne, Cronos y Rea: fuerzas originarias de la Naturaleza anteriores a los dioses olímpicos. Pero Urano temía la fuerza de sus hijos e impidió que salieran a la luz, manteniéndolos encerrados en Gea. Entonces ella se rebeló: fabricó una hoz, pidió ayuda a sus hijos, y solo uno de ellos aceptó el reto: Cronos –quien será asociado posteriormente con el tiempo–. El Titán Cronos castró a Urano, separando así el Cielo de la Tierra y, como sucede en muchas mitologías, la separación entre el Cielo y la Tierra fue el comienzo de una nueva era.
Cronos y la Titánide Rea engendraron los futuros dioses olímpicos, pero al igual que su antecesor, el nuevo rey temió el poder de sus hijos y los devoró. Pero al igual que Gea, Rea también se rebeló y salvó a uno de sus hijos: Zeus, quien ya adulto, obligó a su padre a devolver a los hijos que había devorado. Y como Cronos era un Titán, la rebeldía de Zeus atentó contra todos los titanes y dio inicio a una guerra contra toda esa generación: la guerra contra los titanes que hoy conocemos como la Titanomaquia.
La Titánide Mnemosyne sobrevivió al paso de las generaciones: sobrevivió a Urano, al reinado de Cronos, e incluso a la Titanomaquia. Y luego, ya en el período de los Dioses Olímpicos, se unió con Zeus durante nueve noches seguidas, y dio a luz a las nueve musas, patronas de los saberes conocidos en aquellos tiempos: las artes, la historia y la astronomía. Porque todo arte y todo conocimiento requiere de la memoria.
Mnemosyne surgió como una potencia originaria, no humana, pero se transfiguró en lo más humano: la creación de la cultura.
En el próximo artículo continuaremos con este hermoso cuento… si es que no se me olvida.