Cultura

De vacaciones con Sócrates

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Después de casi cuatro décadas enseñando filosofía, sigo convencida de que el diálogo comienza sólo cuando aceptamos la posibilidad de que el otro tenga algo que enseñarnos. Como profesora, esa apertura ha alimentado durante décadas el respeto y el afecto que siento por mis alumnos. He recordado lo anterior durante estas vacaciones al releer con detenimiento el libro de Luri Medrano El proceso de Sócrates.

El juicio de Sócrates suele entenderse como el enfrentamiento entre el padre de la filosofía y una ciudad casi malvada, incapaz de comprenderlo. En esa lectura maniquea se pierde la inmensa riqueza del momento histórico en que se llevó a cabo el juicio a Sócrates. Atenas acababa de salir de la guerra del Peloponeso y de su derrota por Esparta, del régimen de los Treinta Tiranos y de la restauración de una democracia todavía frágil. La polis necesitaba reconstruir la cohesión social –para la cual la religión griega era fundamental– y necesitaba recuperar la confianza en sus instituciones para preservar un orden político que apenas comenzaba a consolidarse.

Sócrates representaba otra exigencia completamente diferente: la convicción de que una comunidad sólo puede aspirar a ser justa cuando examina críticamente sus propias creencias. La filosofía no consiste en ofrecer respuestas definitivas, sino en someter las certezas al escrutinio de la razón. Por eso, no ofrece certezas absolutas y por eso pensar es peligroso para el orden social.

Mientras releía ese libro volví a encontrar la intuición que Hegel desarrolló con enorme claridad: las grandes tragedias no nacen del enfrentamiento entre el bien y el mal. Surgen cuando dos bienes legítimos, dejan de reconocerse mutuamente: esa fue la tragedia ateniense.

La ciudad defendía un bien indispensable: la estabilidad de la polis. Sócrates defendía otro igualmente necesario: la libertad del pensamiento y la búsqueda de la verdad. Ambos protegían valores sin los cuales ninguna comunidad puede florecer. La tragedia comenzó cuando cada parte dejó de comprender el bien que la otra intentaba preservar. Atenas terminó viendo en Sócrates un peligro para su supervivencia. Sócrates jamás aceptó renunciar al examen crítico porque habría renunciado al sentido mismo de su vida. La muerte de Sócrates representa el fracaso de la comprensión del bien del otro.

Dos mil cuatrocientos años después seguimos reproduciendo ese fracaso cada vez que las diferencias dejan de ser una invitación a comprender y se convierten en una invitación a condenar. Entramos a las discusiones con nuestras conclusiones ya decididas y con convicciones inamovibles: escuchamos para responder, no para entender. Clasificamos a quienes discrepan como enemigos antes de intentar reconstruir las razones que sostienen sus convicciones.

Comprender nunca ha significado aprobar, ni conlleva la renuncia a las propias ideas. Comprender es descubrir qué bien intenta proteger a quien piensa diferente. Reconocer el bien que el otro intenta preservar exige un esfuerzo intelectual y moral poco frecuente. Obliga a suspender momentáneamente nuestras propias convicciones para reconstruir honestamente las razones ajenas. Sólo después puede comenzar la crítica. Sin ese esfuerzo, el diálogo desaparece y únicamente queda la confrontación.

Tal vez esta sea una de las lecciones más actuales de Sócrates: las sociedades libres necesitan desacuerdos; de ellos nace el pensamiento. Pero también necesitan una disposición genuina para comprender la preocupación moral que anima a quienes sostienen posiciones distintas. Cuando esa disposición desaparece, el interlocutor deja de existir y en su lugar aparece un adversario al que sólo queda derrotar.

El juicio de Sócrates continúa interpelándonos porque muestra el momento en que una comunidad pierde la capacidad de escuchar. Y cada vez que el juicio sustituye al diálogo, la filosofía vuelve a sentarse en el banquillo de los acusados.

Quizá hoy no haga falta matar al filósofo: basta con dejar de escucharlo.


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Paulina Rivero Weber
  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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