Ha sido la humana capacidad de conocer y transformar el mundo la que nos ha hecho supuestamente superiores al resto de las especies. Y en efecto, ningún otro animal ha desplegado tales capacidades, pero ¿se trata de una virtud?
En la prehistoria, la inhospitalidad de la Naturaleza nos obligó a buscar medios para protegernos del frío, el rayo, el hambre… y sobre todo del hambre del resto de los animales, para quienes éramos un bocado relativamente fácil. Y como dice Ortega y Gasset, comenzamos a transformar nuestro entorno en uno menos peligroso, más cómodo, hasta llegar a la posibilidad de, con solo tocar un botón, eliminar el frío o el calor, o de acabar con una enfermedad mortal al ingerir un par de pastillas, o hacer de la noche un día perpetuo, comunicarnos con quien habita del otro lado del planeta… la lista de logros es impresionante.
Lo que no queda claro es que eso nos haga superiores: ¿de qué trataba la vida? Habíamos dicho que en conocer el mundo nos hacía superiores. Pero eso es una mera apariencia, porque solo conocemos el mundo a través de la estructura humana. No sabemos cómo conoce una ballena, un elefante o un ave: carecemos de un marco referencial para comparar nuestra forma de conocimiento con respecto a los demás animales.
También habíamos dicho que dicha superioridad consistía en la humana capacidad para transformar el entorno. Pues sí, sin duda lo hemos transformado como ninguna otra especie: hoy el planeta es un mundo inhabitable, ninguna otra especie ha sembrado tanto caos y destrucción. Según Yuval Noah, antes de ser homo sapiens representábamos el 4% de la biomasa; hoy ese 4% son los seres no humanos y el resto lo somos nosotros. Hemos invertido la ecuación: adiós a la biodiversidad.
Eso, no es transformar el entorno: es invadirlo. Nos hemos comportado como un cáncer y debemos pensar si existe alguna solución. Para Heidegger era preciso dar un paso atrás, dejar de incidir en el planeta, dejar que la vida surja. Cada vez que hablo de esto, recuerdo a una querida amiga a la que mostré las primeras flores del limonero que sembré. Le dije, orgullosa: ¡huélelas! Ella tomó el par de flores, las estrujó con los dedos y dijo: “mmm… ¡huelen rico!” Yo quedé helada viendo desaparecer ante mis ojos los primeros limones de mi árbol.
Así es el ser humano: no puede dar un paso sin destruir. ¿No sería hora de al menos, comenzar a intentarlo? En todos los ámbitos, se trata de cobijar la vida en lugar de destruirla: esa es la clave. Comencemos por lo más elemental… sea lo que sea: cualquier forma de comenzar a cobijar la vida, es buena.
Paulina Rivero Weber