Cultura

La alameda y más allá...

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Vuelvo a visualizar a mi padre, imagino su entorno y siento seguir sus pasos en los años de juventud. Las voces de la alameda no pueden contarse con los dedos, es un sitio en el que se escuchan cantos, susurros, quejas, llantos, carcajadas, insultos, la algarabía de los niños y muchas palabras de amor.

Sus olmos guardianes mantienen secretos que se asoman entre las sombras desveladas, se oyen espabilarse con el suave viento matutino mientras entre ellos se platican historias, bisbiseos que las personas apenas podemos descifrar. Este parque de Santa María la Ribera es testigo de innumerables relatos. Por lo tanto, es probable que logre entresacar alguno del desdentado cuchicheo de los ahuehuetes, el que más me interesa es el que se cuenta de José Alfredo, pero como se dicen tantas cosas, esperaré para escuchar lo que murmuran.

Dicen que aquí jugaba futbol, que llegaba vestido de negro con un balón de cuero viejo entre las manos, que se paraba frente al arco y le pedía a Rábago que le chutara un sinfín de pelotazos para calentar el cuerpo. Dicen que en aquellos años era delgado, ágil y veloz. Que, por haber sido muy disciplinado con los entrenamientos, lo detectaron los buscadores de atletas para llevárselo al Oviedo, equipo de origen hispánico que participaba en segunda división. Dicen que Fello tiene talento, que puede llegar lejos en esta profesión.

La alameda sigue siendo el espacio en donde la gente de los alrededores vive los acontecimientos. Las comadres se congregan en distintos puntos para hilvanar pespuntes que se relacionen con sus cuitas, pesares, sueños, logros o alegrías. Alrededor de un parque se desdobla el telar que entrelaza a la comunidad.

La alameda es un mundo en sí mismo; sus pobladores, una gama de opuestos que en el sitio menos esperado se han de encontrar para enlazarse en historias cotidianas. Dicen que aquí, quizá en esta misma banca, José Alfredo probó su primer beso y que se emborrachó de amor desde entonces, pues en la alameda se respira más el perfume de los enamorados, que el que esparce el viento entre la variedad forestal y la flora desbordada en las jardineras.

Dicen que ya le echó el ojo a una morenita bien torneada, alegre y pizpireta. Pasa cada día con su esponjosa crinolina ceñida a la cintura y las faldas largas mostrando sólo sus tobillos. Dicen que José Alfredo la observa salir del número 15 de la calle Fresno y está a punto de recibirse de maestra de la Escuela Normal Superior. Dicen también que la conoció casi desde que llegó al Distrito Federal, pues vienen siendo parientes; es su tía en tercero o cuarto grado.

Dicen que aquí jugaba futbol, vestido de negro, con un balón de cuero en las manos. ESPECIAL
Dicen que aquí jugaba futbol, vestido de negro, con un balón de cuero en las manos. ESPECIAL

Ahora que se pone colorete en las mejillas y un carmín en los labios carnosos, Alfredo ha comenzado a verla con otras intenciones; siente que se ruboriza cuando ella va sonriente y le asegura que irá a verlo jugar en el partido de la tarde. Siente que su corazón se mueve diferente, palpita, palpita, palpita con un ritmo inusual.

Son muchas calles las que desembocan en la alameda, pero desde cualquier ángulo se mira majestuoso el Kiosco Morisco. Hay tantos edificios emblemáticos en la colonia, que sus habitantes, inconscientemente, portan un orgullo muy particular. La chica y José Alfredo entran al edificio del Instituto Geológico Nacional para que ella pueda hacer una investigación sobre la mineralogía del país. Se piensa concentrar en el estado de Guanajuato, famoso por sus yacimientos, pues ella también desciende de esa zona.

“Porque soy como soy sin razón me desprecias, porque vivo entre gente que dices que no es de tu altura…”.

Fello sabe que él no es el único pretendiente, hay un pasante de arquitectura que la asedia con frecuencia, lo ha visto llegar con flores a la puerta de la casa de la chica en las calles de Sor Juana. Él no tiene suficiente lana para comprarle un ramo. Ya está harto de andar ofreciendo productos y zapatos de puerta en puerta; se ha puesto a pensar que necesita un trabajo más estable, pues el deporte paga muy poco y se le van los quintos entre el transporte, la ropa para entrenar, el gasto de Cuca, la comida de los pájaros, la de Lencho, una cerveza de vez en cuando… en fin.

“No me dejas cantar en tu reja como otros te cantan ni me dejas gritar que te quiero con honda ternura”.

José Alfredo camina junto a Benja por una de las veredas que desembocan en la avenida; por instinto, Fello patea una piedra que sale disparada hacia las nubes. De pronto, se topan con el Panucho, Jorge Ponce, que los invita a beber una Montejo al restaurante de sus padres. Con pasos desganados se desplazan por San Cosme hasta llegar a La sirena.

Don Mateo, el patrón del restaurante, al verlos entrar, aprovecha para pedirle a su hijo que se haga cargo de la caja y de la atención de los clientes, pues él tendrá que viajar a Mérida por una urgencia y aprovechará para traer ingredientes que necesita Elenita en la cocina. A Jorge nada más le gusta tocar la guitarra, así que mejor le sugiere a su padre que contrate a su amigo Fello que anda buscando una chamba estable. Don Mateo aceptó la sugerencia del hijo. Entonces, con su tono suave de bolero yucateco, le propuso:

—Es casi todo el día, muchacho, desde el almuerzo hasta el cierre. Te gratificaré bien.

—Muchas gracias, don Mateo. Estoy seguro de que será más placentero que andar todo el día en la calle.

—Sin duda, Fello, además podrás comer como los dioses mayas.

Para platicar de sus inquietudes, Panucho se llevó a sus amigos al piso de arriba; quería botanear y proponerle a José Alfredo que formaran un grupo. Será estupendo aprovechar que estarás aquí para ensayar con los Ferrusca, son buenos, lo verás.

A los dos les encanta la música. No te vas a arrepentir, hermano, ganaremos buenos centavos entre mañanitas, serenatas y una que otra cena catrina. El hombre hablaba sin parar, él que era de pocas palabras; la música sí lo entusiasmaba. Tenemos la obligación de buscar y manifestar nuestro ser en aquello que nos apasiona.

Dicen que “Ella” lo aceptó, que “Ella” lo animó, que “Ella” le detonó la vena que lo impulsó a escribir. Todo esto es una verdad a medias como suele suceder. La distancia entre los acontecimientos y tantas voces entremezcladas tergiversan algunos hechos, revuelven otros y, a veces, no sabemos por dónde jalar el hilo de la ficción para separarlo de la realidad, pero tampoco sabemos si esa realidad existe o nada más es producto del perceptor que la interpreta.

Yo quería hacer énfasis en el tema de la composición, pues papá, después de la traición de “Ella”, comenzó a escribir. Y tengo muy claro que de “Me cansé de rogarle” a “Pero sigo siendo el rey” hay una gran historia. Tal vez podemos seguir rastreando algunos hilos.

“Si de veras te vas me lo dices de frente; si me piensas mandar una carta mejor ni la escribas. Este adiós, corazón, te lo exijo mirando tu cara y si ya no hay amor en tus ojos, me voy de tu vida”.


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Paloma Jiménez Gálvez
  • Paloma Jiménez Gálvez
  • paloma28jimenez@hotmail.com
  • Estudió la maestría en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana, y es Doctora en Letras Hispánicas. Desarrolló el proyecto de la Casa Museo José Alfredo Jiménez, en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Publica su columna un sábado al mes.
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