Porque con lo que estamos viviendo es difícil escapar de lo que pasa en el entorno: los personajes como mi padre se vuelven míticos; hecho que no es del todo favorable, pues alrededor de ellos comienzan a surgir leyendas ancladas en narrativas dudosas o tergiversadas. No obstante, desde múltiples ángulos, la épica está vinculada a esta ficción histórica que pretende exaltar a los héroes, desde su desempeño o trascendiendo el ámbito en el que se distinguieron.
De pequeña aprendí el relato sobre la amistad y la relación que mantuvieron José Alfredo y Antonio La Tota Carvajal. A pesar de ser paisanos, se conocieron en la Alameda de la colonia Santa María, en donde ambos jugaban futbol. Se cuenta que mi padre fue su suplente en la portería cuando los dos fueron seleccionados por el equipo Oviedo de segunda división. Sin embargo, el hecho era precisamente al contrario: La Tota, quien había nacido en 1929, era el relevo de papá, que tenía el puesto de titular, por ser tres años mayor.
Cada uno tuvo su lugar en la historia: a Antonio lo contrataron para jugar en el equipo León. Razón por la que regresó a su tierra natal y se desempeñó como el gran arquero que fue; a mi padre lo contrataron para ser guardián del Marte, un equipo que pertenecía al Ejército y era de primera división. Pero se mantuvo en él sólo una breve temporada, porque cada vez se sentía más atraído por ese mundo interior que lo llevaba a expresarse mediante sus canciones.
Mi intención ahora es ir al corazón de esa colonia por haber sido el barrio en el que José Alfredo creció y se desarrolló a partir de los 10 años. Si bien Dolores Hidalgo es la cuna, la gran ciudad, en aquel entonces muy centralizada en esa zona que hoy está cobrando vida, fue el sitio en donde el poeta comenzó a escribir su obra.
Recientemente inauguramos una muestra fotográfica en la casa de cultura de Santa María, justo frente a la Alameda. La hemos llamado El hijo del pueblo, porque este barrio fue el que cobijó a mi padre desde los 10 años. Paseando por sus calles visualicé al pequeño Fello en ese entorno.
La capital del país tenía brazos largos que ofrecían una variedad de atractivos para enamorar al chamaco, más rápido de lo que él mismo podía haberse imaginado. José Alfredo, como cualquier niño de su edad, empezó a entusiasmarse por el futbol. Iba muy bien enfundado en sus pantalones cortos, con su camisa blanca que su tía Cuca planchaba mejor que un tintorero chino; la corbatilla de moño y el saco le daban un aire elegante que lo hacía sentir incómodo, porque en el pueblo él se vestía para jugar tirado por el suelo con sus canicas, ni los domingos estaba obligado a acicalarse de aquel modo. El Colegio Franco Inglés exigía ese atuendo como parte de la disciplina.
Claro que cuando salían al recreo la vestimenta perdía la cordura, correr tras el balón era lo único que permitía a Fellito olvidarse por un rato del terruño, de sus hermanos, de la muerte del padre y del patio de la casa en donde tanto jugaba con su gato, cerca de la fuente y del jazmín que perfumaba sus pensamientos. Sin embargo, el barrio tiene voces que atrapan a sus habitantes de distintas maneras. Entabló relación con Benjamín, su amigo fiel e inseparable. Quizás ya empezaba a tejer en su mente algunos versos que plasmará después.
Benja y Fello pasaban la tarde sentados en la Alameda, viendo las cáscaras que protagonizaban los jóvenes de la zona. Se retaban entre los de la Santa María y la San Rafael; como los dividía San Cosme, entre ellos se llamaban “santitos”. Eran clanes cerrados, su hermetismo los hacía más atractivos y claro que los chiquillos querían pertenecer, ser admitidos. Temían entrar a esas cofradías, pero sentían la inquietud y ese hormigueo en el vientre les dio valor y los impulsó; aunque tuvieran que sufrir los ritos de paso.
Ambos sabían que para ser parte de esa sociedad tendrían que soportar al toquero. Fello observaba al Caimán, le gustaba el porte que le brotaba cuando se colocaba frente a la portería de su equipo. El niño, desde su asiento, parecía imitar los ademanes del arquero, siempre le aplaudía; Benjamín, en cambio, puso los ojos en Ciprés, un chaparrito que se escurría entre los contrarios, librando cualquier obstáculo, se coló, se coló, se coló para anotar, casi invariablemente, por el lado izquierdo. Era el ídolo de los santitos de acá, los de San Rafael no tienen Alameda.
A Caimán se le escapó un balón, José Alfredo se levantó de su sitio, atrapó el esférico en el aire, cayó con la elasticidad de un felino, se levantó y chutó sin dudar directo al ángulo de la portería. Recibió algunos aplausos de la concurrencia que lo inhibieron de inmediato, sintió que le subía el color a la cara, quiso desaparecer; pero Benja lo animó y lo ayudó para volverlo a centrar en el partido. De cualquier manera, Caimán ya le echó el ojo a ese par de chamacos. Los apodos surgieron tan espontáneos como la hierba que crece sin preguntar. El arquero venía del desierto, Ciprés de la calle que habitaba.
José Alfredo estaba nervioso esperando la llegada de la familia, pero no faltó al partido de la tarde. Ganaban los santitos de acá, los que se quedaron en la banca corrían por las cervezas y los cigarros. Caimán les gritó: vengan aquí gabachos. Benjamín y José Alfredo se miraron dudando si es a ellos a quienes llamó el portero, ambos eran muy blancos y de ojos claros.
–No se hagan mensos, ustedes dos. ¿A poco no son gabachos?
–¡Qué gacho, Caimán! Fello y yo somos del mero Bajío.
–Pos vengan, igual. Les tengo noticias. Como cada vez se juntan más chamacos a mirar los partidos, comenzaré a entrenar a los que sean más formales. El sábado por la mañana vamos a seleccionar algunos. ¿Le quieren entrar?
–Yo estoy puesto. ¿Tú, Benja?
–Yo también.
–Pues consíganse unos zapatos y ropa adecuada, aquí nos vemos a las nueve en punto. Ahora, a darle un par de tragos a la chela para sellar el trato.